El álbum de láminas del Mundial nos enseña, casi sin darnos cuenta, cómo está armado un país; las selecciones que lo llenan se parecen mucho a los partidos y movimientos políticos; son grupos distintos, cada uno con sus colores, su gente y su forma de ver el mundo, que compiten en el mismo torneo y bajo las mismas reglas; eso es el pluralismo que la Constitución abraza desde su primer artículo, esa idea sencilla de que cabemos todos; y la lección llega sola: la política se gana con legitimidad cuando se juega dentro del marco que la Carta dibujó para todos, porque a nadie le sienta bien ganar haciendo trampa.
Las láminas individuales son los rostros, los líderes y quienes ocupan los cargos públicos; nos recuerdan dos verdades de fondo: el poder nace del pueblo y quien gobierna lo hace en su nombre; el elegido recibe algo prestado, una confianza con fecha y con límites; la conserva mientras respeta la Constitución; por eso, cuando el ciudadano evalúa a cada figura, hace lo mismo que el coleccionista frente a su álbum: mira con cuidado, compara y valora a cada quien por lo que aporta al conjunto y por la lealtad con que defiende la camiseta común.
El álbum completo es la imagen viva de la Constitución; ella es la norma que está por encima de todas, la que pone orden en la casa que compartimos; su gracia consiste en darle a cada poder y a cada sector su lugar, repartiendo el mando para que ninguno se quede con todo; en eso consisten la separación de poderes y los pesos y contrapesos, ese arte tan sabio de que unos cuiden a los otros; y el intercambio de láminas en la calle, con su ‘esta la tengo, esta la busco’, retrata la otra cara de la democracia, la conversación; es el momento en que el diálogo, la participación y los acuerdos nos permiten juntar miradas distintas en un mismo proyecto, llenando entre todos los vacíos que cada quien arrastra.
La lámina ausente en el álbum, la del árbitro, toca un punto que todos reconocemos: en cualquier juego, alguien tiene que velar por que las reglas se cumplan, y ese alguien casi siempre queda fuera de la foto; así ocurre con el control judicial y con la guarda de la Constitución; los jueces y, de manera especial, el juez constitucional, son quienes cuidan que la cancha sea pareja, que el partido se juegue con imparcialidad y que ninguna jugada quede por encima de las normas; cumplen una tarea que vale la pena nombrar con sencillez, la función contramayoritaria; significa, en el fondo, algo muy humano: cuidar a los que tienen menos fuerza, amparar los derechos de las minorías cuando la mayoría aprieta, sostener la palabra empeñada en la Constitución y mantener el poder a la vista de todos; por eso esa figura, tantas veces olvidada, resulta tan querida como necesaria. Al final, una democracia se mide por algo tan cotidiano como confiar en que habrá quien haga respetar las reglas, y por su capacidad de poner el poder al servicio del derecho y de la gente.
