El pasado domingo quedará grabado como un día histórico para la democracia de nuestro hermoso país. Se respiraba un profundo nerviosismo en todos los sectores: de un lado, algunos pretendían mantener la división que se inició con la presidencia de Gustavo Petro; del otro, quienes anhelaban recuperar la esencia de nuestra democracia tradicional, aceptando sus errores y las complejidades del día a día en un país como Colombia, pero buscando siempre la unión por el bien común.
Por eso, lo ocurrido el pasado 21 de junio no puede catalogarse como una simple elección presidencial en la que el pueblo colombiano, con sabiduría, eligió el camino de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo. Lo que vivimos el domingo fue, en esencia, un plebiscito. Así lo anticipé y lo escribí a lo largo de la contienda, no solo desde esta columna, sino en cada una de mis intervenciones en el programa de opinión Nos cogió la noche, de Cosmovisión, así como en otros medios y charlas a las que asistí durante este año de difícil campaña.
Hoy debo reafirmarlo con crudeza: el domingo pasado los colombianos no solo salimos a las urnas a elegir a un presidente; salimos a pronunciarnos de forma clara y contundente, casi gritando cuál era el modelo de país que queríamos. Por fortuna, ganó la opción de respaldar y defender la democracia y, lo más importante, la de fortalecer y sostener nuestra Constitución de 1991, tal como lo manifestó el presidente electo Abelardo De La Espriella en su discurso desde Barranquilla.
No me canso de repetir lo que advertí durante meses: esta contienda trascendía a los propios candidatos presidenciales; no se trataba únicamente de Abelardo De La Espriella frente a Iván Cepeda. Esta segunda vuelta fue, en realidad, un referendo sobre la continuidad del petrismo y su paz total, la cual terminó convirtiéndose en impunidad para los delincuentes y en un severo debilitamiento institucional, impulsada por el afán desmedido y casi obsesivo del presidente de la República.
Esa agenda fue seguida al pie de la letra por el señor Iván Cepeda, quien de forma silenciosa intentó camuflar su verdadero fin: consolidar un “gran acuerdo nacional” con sus aliados de la paz total (en su mayoría narcoguerrilleros) para forzar una asamblea constituyente y cambiar radicalmente el rumbo de nuestra patria.
Sin embargo, ese intento desesperado por destruir la Constitución del 91 fracasó. Su estrategia se derrumbó debido al desespero, la persecución y el maltrato con el que Gustavo Petro y sus sectores radicales pretendieron refundar la República. Si algo quedó claro en estos cuatro años, es que Petro solo gobernó para sus militantes, buscando por todos los medios aniquilar políticamente a ese 50 % de la población que no compartía su visión.
Hoy, bajo el liderazgo de Abelardo De La Espriella y José Manuel Restrepo, ese país ignorado ha enviado un mensaje contundente: a partir de hoy se volverá a gobernar para el 100 % de los colombianos.
No podemos olvidar que el gobierno saliente fragmentó los territorios, dividió a las familias y fracturó a la nación con ese discurso de odio repetido en cada intervención: el de ‘ellos contra nosotros’, dividiendo al país entre supuestos ‘oprimidos y opresores’. Ese fue el gran error de un mandato que, por fortuna para todos, termina el próximo 7 de agosto. La nefasta práctica de convertir la política en una guerra civil permanente llega a su fin gracias al mensaje de unidad del nuevo presidente, quien ha sido enfático al asegurar que exigirá el respeto absoluto a la Constitución del 91 y a las leyes de la República.
El mapa electoral del territorio colombiano ratifica una realidad innegable: tal como ocurrió en el plebiscito de 2016, el país está profundamente fracturado. Es evidente que Iván Cepeda se impuso en las regiones históricamente más golpeadas por la violencia; zonas rurales sumidas en la pobreza y gobernadas en la sombra por grupos narcoguerrilleros y narcotraficantes que manipulan e influyen a la fuerza en las decisiones democráticas. Sería un gran acto de transparencia que los señores Petro y Cepeda reconocieran ante el país que fueron esos actores criminales quienes obligaron a los habitantes de dichos territorios a votar por su proyecto político, ya fuera por las buenas o por las malas.
El panorama fue diametralmente opuesto para Abelardo De La Espriella y José Manuel Restrepo. El centro del país, los cascos urbanos y las zonas más integradas a la economía nacional, donde las mayorías siempre han rechazado ese falso proceso bautizado como paz total, votaron contundentemente por la coherencia y por un nuevo rumbo.
Esas dos Colombias se enfrentaron en las urnas, pero el mensaje final, tanto de ganadores como de perdedores, debe interpretarse bajo una sola premisa: no queremos más división. No queremos dos países; queremos uno solo, y esa tiene que ser nuestra meta.
Los resultados de esta segunda vuelta se definieron por menos de un punto porcentual, en medio de una participación histórica. Esto no es otra cosa que el reflejo de un pueblo hastiado. Miles de ciudadanos que antes se abstenían salieron a las urnas a gritar: ‘¡No más!’ a la inseguridad, al estancamiento económico, a la polarización fomentada desde el poder y al intento de beneficiar a una mitad del país a costa de la otra.
Lo vivido el domingo no fue una elección cualquiera; fue, sin lugar a dudas, un plebiscito de facto sobre si permitíamos que el proyecto de Petro nos siguiera dividiendo o si lo rechazábamos para recuperar la unidad nacional. Así lo entendió la mayoría de los colombianos y así lo ratificó el presidente electo Abelardo De La Espriella en su discurso de victoria.
No puedo dejar de recordarles que en mi columna del pasado 31 de mayo ya lo había anticipado: aunque jurídicamente lo del domingo no era un plebiscito, las circunstancias políticas le otorgaron esa condición. La mayoría de los colombianos, por un margen estrecho pero legítimo, nos opusimos al modelo que el petrismo pretendía implantar. El triunfo de De La Espriella y Restrepo ratifica el sentir nacional: esta no es una victoria cualquiera, es la derrota definitiva al continuismo de quienes pretendían entregarle el país a la criminalidad, dándole una sepultura de primer grado a nuestra Constitución de 1991 bajo el ropaje de una transformación que solo trajo más violencia y división para todos.
Hoy, en cabeza de este nuevo Gobierno, el eje principal será defender la Constitución de 1991. Le corresponderá gobernar con firmeza, cumplir con los mandatos ciudadanos y reconstruir lo destruido. Como lo manifestó el propio presidente electo: la oposición, que ahora tendrá que reconocer el veredicto de las urnas, debe actuar con responsabilidad, buscando que, entre todos, fortalezcamos nuestra patria para que vuelva a ser la patria de todos los colombianos.
Viva Colombia.
