OPINIÓN

Ariel Ricardo Armel

Palabras secuestradas: el diccionario que escribió el “progresismo”

Y la tarea no es inventar palabras nuevas, es recuperar la interpretación real de las que ya existen.
29 de julio de 2026 a las 10:00 a. m.

Colombia cambia de gobierno, pero ojo, eso no quiere decir que ya ganamos: aún tenemos que seguir dando la batalla cultural y reconquistar el uso correcto de las palabras que usamos para definir los conflictos que tiene Colombia.

La izquierda no tiene mejores argumentos que nosotros, pero han sabido cambiar el lenguaje, inventar definiciones nuevas para cambiar el significado de las palabras con las que discutimos los problemas del país.

La palabra “equidad”, que simplemente es que todos tengamos un piso mínimo de oportunidades para poder competir, no es la equidad de la que ellos hablan. Lograron meternos otra definición en la misma palabra: ya no es mismas oportunidades, sino resultados iguales por decreto, sin importar quién se partió el lomo trabajando; y nosotros, cual coro de prejardín, discutiendo bajo sus parámetros sin saber que ya no significa lo mismo.

Con el famoso “cambio” es igual, porque fue la promesa con la que Petro llegó al poder en 2022, diciendo que iba a sacar gente de la pobreza, gobernar sin corrupción, generar más oportunidades y acabar al ELN en 3 meses.

Pero lo que llegó fue totalmente diferente: más burocracia, más gasto, menos libertad, y el aumento exponencial de los mismos problemas de siempre. Colombia sí necesita un cambio, uno real: menos Estado y más libertad para que la gente pueda resolver su vida sin tener que pedirle permiso al papá Estado.

A la redistribución forzosa o expropiación decidieron llamarle “justicia social”; entonces dejó de significar reglas claras y premio al mérito, y pasó a tener un nombre más romántico y condescendiente.

¿Qué es diversidad e inclusión? Lo normal es aceptar, como ya pasa hoy, que todos somos iguales ante la ley y que nadie debe sufrir ningún tipo de discriminación por ser hombre o mujer, color de piel o sexualidad; pero ellos decidieron redefinir su significado, y ya no es suficiente que la ley sea igual para todos, sin importar tu vida privada, color o sexo. Ahora hay que garantizar un resultado sin importar el mérito, asegurar un puesto como cuota por pertenecer a ese grupo, lo que en últimas termina siendo tratarte como inferior por ser “diferente”.

Pasa lo mismo en todos los casos: eliminan el significado original de la palabra y le inyectan una dosis de moralidad tan pesada que ni siquiera puedes cuestionarla sin quedar como el malo del cuento. Y ni hablemos de la famosa “deuda histórica”, que supuestamente nosotros debemos pagar por algo que pasó hace años y no fue culpa nuestra.

Si criticamos la “equidad de género” o la “justicia social” con argumentos serios y fundamentados, la respuesta ya viene lista y empacada de fábrica: “discriminación”, y se muere el debate, porque lograron acabar la discusión de ideas y solamente señalar, agregándole el componente “ético y moral”.

Y no pelear esta batalla sale caro, porque cada vez que aceptamos discutir con las palabras de ellos, ya perdimos antes de empezar. Decir “nosotros también queremos equidad, solo que a nuestra manera” no es diplomacia, es arrodillársele al enemigo.

Podemos bajar impuestos, achicar el Estado, recuperar la seguridad, y aun así perder, si culturalmente la gente sigue creyendo que el Estado es el que arregla todo. Ganar la presidencia no alcanza; también hay que rescatar la naturaleza del lenguaje.

Y la tarea no es inventar palabras nuevas, es recuperar la interpretación real de las que ya existen: libertad como que no te metan la mano al bolsillo ni a tu vida; mérito como reconocer el esfuerzo; propiedad como algo que tú te ganaste y no un regalo del Estado; y justicia como igualdad jurídica para todos.

La batalla cultural se gana frase por frase, y Colombia tiene, por primera vez, un gobierno que puso la lupa. Por eso debemos liberar las palabras, volver al origen, hacer que las cosas sean lo que son y no eufemismos que le hacen un daño inmenso a nuestra sociedad.