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Opinión

  • | 2006/05/27 00:00

    Peligros de la ironía

    Como las patrañas contra Gaviria provienen de los seguidores de Uribe, conviene recordarles que éste, cuando era senador, fue quien recomendó a su profesor para que fuera magistrado de la Corte

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Hace como 20 años traduje un divertimento literario de Umberto Eco en el que el genial escritor italiano hacía una parodia de Lolita de Nabokov. La pieza se llamaba Nonita, lo que suena a "abuelita" en italiano, y se refería a un tal Umberto Umberto (en la novela el enamorado de la niña se llama Humbert Humbert) a quien sexualmente le atraían tan solo las ancianas.

Después de su publicación no faltó el ingenuo que dijera, serísimo, que Eco era evidentemente un pervertido sexual, con inclinaciones a la gerontofilia, una especie de violador de octogenarias.

En el prólogo de su Diario mínimo, donde precisamente apareció Nonita, Eco tuvo la inteligencia de prever que lo más paradójico que podía ocurrirles a las ironías era que más adelante fueran repetidas en serio, y por eso advertía que "la parodia nunca debe temerle a la exageración. Si da en el blanco, no estará haciendo otra cosa que anticipar aquello que otros harán sin reír -y sin sonrojarse- con firme y viril seriedad."

Pues bien, eso mismo fue lo que me ocurrió con la parodia que escribí la semana pasada. Mi artículo surgió a raíz de los escritos de uno de los personajes más repelentes de la política colombiana. A pesar de haber sido condenado varias veces por la justicia (él mismo ha tenido que reconocer que es un calumniador), sus columnas son publicadas por los dos diarios que más periódicos venden en Colombia, El Tiempo y El Colombiano. El personaje es irritante (cuánto lo será que no se lo aguanta ni Fabio Echeverri Correa) porque engarza -con un estilo vargasvilesco que a él le parece elegante- una mentira tras otra, sin inmutarse, y reparte insultos como quien mete perlas, o más bien pepas de guama, en un hilo de nylon.

Pues bien, para burlarme de sus burradas evidentemente falsas -y para reírme un rato con los lectores-, quise parodiarlo. Y muchos se rieron. Pero mi mal cálculo fue que en esos mismos días, con el furor calumnioso del cierre de la campaña electoral, los absurdos que yo escribí empezaron a parecer caricias comparados con la campaña de anónimos mentirosos y difamadores que salieron contra Carlos Gaviria esta semana. Los discípulos de Londoño Hoyos, que lo aventajan incluso a él en injurias y difamaciones, resolvieron difundir infamias en la última semana de campaña, de modo que no hubiera siquiera tiempo para desmentirlos y desenmascararlos. No exageré lo suficiente en la parodia, como aconsejaba Eco, y otros dijeron en serio cosas mucho peores que las que yo había dicho en broma. Y así, lo que era y es obviamente falso, comparado con el tamaño de las calumnias, ya no les sonaba tan absurdo a los oídos acostumbrados a la infamia.

La ignorancia crasa, no digamos del pueblo colombiano, sino la de la misma burguesía que compone su clase dirigente, es capaz de tragarse como si fueran ciertas las más absurdas patrañas. Esta semana he leído cartas en las que se acusa a Carlos Gaviria (una de las personas más íntegras que yo conozca) de delitos como acoso sexual, violación, robo, interés personal, adicción a las drogas, enriquecimiento ilícito, connivencia con la mafia, comunismo salvaje, y concubinato con Chávez. Mentiras grandes como dinosaurios que se lanzan en una campaña de embustes para tratar de impedir que saque la gran votación que sacará este domingo.

Como estas patrañas, evidentemente, provienen de los simpatizantes de Álvaro Uribe, que están ansiosos de que el candidato Presidente gane en la primera vuelta, tendré que refrescarles la memoria sobre algo que, indirectamente, les demostrará lo mentirosas que son sus mentiras. Se sabe que Uribe fue alumno de Carlos Gaviria en la Universidad de Antioquia. Las cosas infames de que se lo acusa (maoísta incendiario, acosador de mujeres, marihuanero impenitente) se cometieron supuestamente cuando él era profesor. Pues bien, su alumno, Álvaro Uribe, cuando era senador, fue quien recomendó a su viejo profesor para que fuera magistrado a la Corte Constitucional. No lo habrá hecho porque era acosador, comunista incendiario y marihuanero. Votó por él y Carlos Gaviria fue elegido, en cierta medida, gracias a la campaña que Uribe le hizo.
 
Después, en 1996, cuando ya Gaviria era magistrado, y Álvaro Uribe gobernador de Antioquia, este último le hizo un homenaje y lo condecoró con el Escudo de Oro de la Gobernación. Ese humanista y juez incorruptible galardonado es el mismo hombre que ahora los simpatizantes de Uribe pretenden ensuciar con porquerías politiqueras de campaña sucia. El gobernador Uribe Vélez no sólo le impuso su condecoración, sino que participó en la fiesta que luego se celebró en su honor. Lo recuerdo muy bien por dos detalles: primero, porque en las dos horas que Uribe estuvo en la fiesta tomó solamente soda; y segundo, porque esa fiesta se celebró en mi casa.
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