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Opinión

  • | 1994/10/24 00:00

    PROHIBIDO RENUNCIAR

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SI USTED TIENE EN MENTE FORMULAR una denuncia pública, de cualquier naturaleza, tenga mucho cuidado. Ese tipo de actitudes ameritan, de por sí, un grado avanzado de prudencia o cautela, pues además de que a quien le pisan los callos chilla, una denuncia mal fundamentada puede culminar en un oso colosal.

Pero si lo anterior fuera poco, el problema ahora es que se ha puesto de moda un sistema muy particular de debates públicos en Colombia, que consiste en que el que denuncia pierde, sin importar de qué clase de denuncia se trata o si lo que se está revelando es verdadero o falso. Tres episodios recientes en tres campos distintos son una pequeña muestra de este nuevo y singular deporte nacional, que consiste en convertir a los denunciantes en los trompos de poner, y que demuestran que en Colombia es mucho más grave denunciar que ser culpable.

El primero fue el caso de Andrés Pastrana. Con un esfuerzo digno de un estibador de puerto, el candidato conservador a la Presidencia había logrado una votación de dimensiones históricas que puso a sudar frío a las legendarias huestes liberales. Sin embargo, en una mala jugada política, de las dimensiones de su éxito, a Pastrana se le ocurrió empañar el triunfo de Samper con las denuncias de los narcocasetes. Se le vino el mundo encima por dos flancos: quienes le reclamaron por la ingenuidad de su postura y quienes lo censuraron por dañar la imagen del país.

Pero lo curioso del caso es que, ingenuo o no, lo que hizo Pastrana fue hacer público un hecho cuya investigación, por supuesto, no le correspondía a él. Hoy en día Andrés Pastrana está sepultado (temporalmente) bajo un alud de insultos, como si el resultado de la investigación lo hubiera comprometido a él en materia grave. Esto -para no herir tantas susceptibilidades- es independiente de que Samper tampoco estuviera comprometido en lo que los narcocasetes insinuaban.

El segundo episodio fue aquel en el que el anterior director de Impuestos y Aduanas, Pedro Nel Ospina, fue sacado a cachuchazos por haber denunciado la intervención indebida de un parlamentario en un operativo policial relacionado con el contrabando.

En este caso, un funcionario acucioso hizo pública una denuncia contra el presidente del Senado, Juan Guillermo Angel, por haber intercedido en favor de unos personajes vinculados con uno de los Sanandresitos o -según como se le mire- en contra de una operación oficial de lucha contra el contrabando. El resultado de esta gestión fue que Ospina acabó crucificado, escupido y con una corona de espinas, y nunca se supo cuál era el grado de certeza de unas acusaciones bastante delicadas.

Otra vez, insisto, sin ánimo de presumir la culpabilidad del senador Angel, es absurdo que el funcionario encargado de controlar el contrabando termine en la picota pública, mansalveado y ridiculizado en el Congreso (mediante citación del acusado, curiosa figura), por haber formulado una denuncia en cumplimiento de sus funciones.

El más reciente, pero seguramente no el último de los casos, fue el de los Mosqueteros que se embarcaron en la que se conocerá como La Gran Batalla de los Galil.

Estos mosqueteros (también cuatro, como los Tres de Dumas) no pudieron terminar peor. María Paulina Espinosa acabó descalificada por haber sido la mujer de Byron López; Carlos Alonso Lucio por su pasada relación con el M-19, e Ingrid Betancur, la D'Artagnan del grupo, por ser la mujer de Germán Leongómez y por su cercanía con el hombre de la Colt.

Nunca hubo debate. El gran show fue verlos defenderse de las insinuaciones de tener intereses personales en la pelea, pero nos quedamos sin saber si era bueno o malo que hubiera fábrica de fusiles en Colombia. Sin querer insinuar que hubo algo irregular en el contrato (hoy estoy prudentísimo), siempre me pareció normal que alguien considerara interesante discutir la conveniencia de que una industria como Indumil fabricara fusiles Galil. Es como si carrocerías El Sol resolviera fabricar automóviles Mercedes Benz y nadie se sorprendiera por eso. Pero los pobres mosqueteros murieron en el intento.
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