OPINIÓN

Paula López

Renacer de las cenizas

Todos llevamos un ave fénix en nuestras entrañas y su nido es nuestra alma.
3 de agosto de 2021, 11:18 a. m.

El hombre que se levanta es aún más fuerte que aquel que no ha caído.

Viktor Frankl

La vida y la muerte para Jung es un fuego que contiene tanto la creación como la destrucción, una expresión de este pensamiento es el mito que ha nutrido prácticamente todas las doctrinas, culturas y raíces legendarias: el mito del ave fénix.

Se decía del ave fénix que sus lágrimas eran bálsamo de sanación, que tenía una gran resistencia física y emocional y una sabiduría infinita.

El ser humano y el ave fénix tienen muchas similitudes, esa emblemática criatura de fuego capaz de renacer para elevarse majestuosamente desde las cenizas de su propia destrucción, simboliza el poder de la resiliencia, esa capacidad inigualable de renovarnos para convertirnos en seres mucho más fuertes, valientes y luminosos, cuando somos capaces de salir de nuestra aniquilación física y emocional, en búsqueda de la resurrección.

Cuenta la leyenda que un ave de fuego atraviesa el umbral de la muerte y luego alcanza la inmortalidad, la resurrección para alcanzar el firmamento, en China lleva el nombre de fe, nombre que abraza aquella fe que nace de nuestro interior de poder algún día brillar como luz perpetua…

En la India se cuenta que esta ave después de haber vivido 500 años se inmola en un altar preparado por un sacerdote, luego de entre las cenizas renace una nueva ave, atravesando el renacimiento a través del fuego.

Para los primeros cristianos simboliza la muerte de Cristo y su resurrección.

Todos llevamos un ave fénix en nuestras entrañas y su nido es nuestra alma.

Todos en esta generación presente, hemos estado acariciando la muerte y añorando la resurrección, la muerte ha tocado nuestra puerta de diferentes maneras, algunos hemos atravesado el umbral del dolor, por la muerte de un ser querido, dejándonos un vacío que nos desgarra la existencia, otros han experimentado la muerte de sus expectativas en su relación de pareja, pues no lograron resistir los embates de la convivencia, que en ocasiones se tornaba asfixiante y como le sucede a una bella flor sin aire, se marchita, se seca y se muere.

Algunos vivieron la muerte de sus sueños, sus planes, sus ilusiones, que tuvieron que ser sepultadas por la impotencia de no poder cumplirlas, como las habían soñado, esta dura experiencia la vivieron más que todo los jóvenes, quienes, desde el encierro, pasaban horas, días y meses aplazando sus vidas, sus metas y sus ambiciones.

Hoy estamos todos comenzando a aletear como el ave fénix, intentando renacer de nuestras cenizas, como si nuestro motor interior se encendiera con el fuego que nos mantiene vivos por dentro.

Cansados, ya sin fuerzas y en soledad, vamos cargando bajo nuestras alas un sinfín de experiencias devastadoras, que nos han aportado crecimiento y transformación en esa metamorfosis del alma, tan dolorosa como la del pichón que solo rompe el huevo que lo envuelve para así lograr salir hacia la luz, hacia la vida.

Cada uno de nosotros ha sido triturado en algún área de su existencia, la humanidad entera ha sido pasada por el fuego hasta quedar en cenizas, no ha quedado ni uno solo, de los habitantes del planeta sin ser tocado, vulnerado, probado o confrontado.

Sin embargo, no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista y nunca está más oscuro que antes de amanecer, llegará ese amanecer de luz tan anhelado por todos, nos levantaremos como raza de nuestra propia aniquilación y resucitaremos a un nuevo estado de consciencia, nadie seguirá siendo el mismo, todos sentiremos que hemos ascendido un peldaño hacia nuestra maestría espiritual, pues eso que más peso en nuestra alma, ese dolor que tanto nos ardió en nuestro interior, fue exactamente lo que necesitábamos para ejercitar el músculo del alma y así lograr nuestra evolución, porque nada se transforma en la zona de confort, ni en la comodidad del bienestar de la abundancia material, física y emocional.

Llegamos a tener tantas falsas seguridades, llegamos a sentir que no éramos vulnerables, si teníamos un buen trabajo, si teníamos ahorros, si nos sentíamos fuertes, si éramos jóvenes, si teníamos una relación estable, si creíamos que nuestros hijos eran fuertes física y emocionalmente, que nuestros padres nos acompañarían siempre…

De repente hasta los más poderosos, los más ricos, los más cultos, los habitantes de las potencias mundiales, los médicos, los psicólogos, los mandatarios, los líderes políticos, los creyentes, los ateos, los más fuertes y los más débiles, todos quedamos encerrados en nuestra propia fragilidad humana, desde donde nació la grandiosa oportunidad de reinventarnos, de recrearnos, de sanarnos y repotenciarlos, por eso es más fuerte quien ha sido capaz de levantarse que quien nunca ha caído.

Estamos siendo testigos de miles de milagros en nuestras vidas y en las vidas de quienes nos acompañan en el camino, algunos ya no están a nuestro lado y emprendieron su último vuelo hacia la eternidad como mi padre, quien, como muchos padres, recibieron ese último beso en la frente, de quienes con dolor profundo los vimos partir de regreso al hogar celestial.

Quienes nos quedamos para continuar con la peregrinación de la vida, tenemos la ardua tarea espiritual de renacer de nuestras cenizas como el ave fénix, después de secarnos nuestras lágrimas y de dar los últimos suspiros de cansancio y desolación. La vida nos invita a abrir de nuevo nuestras alas para levantar un nuevo vuelo.

Dios no nos eligió para partir con quienes nos dejaron ya, en cambio nos regaló una nueva oportunidad para nacer de nuevo, para encender de nuevo la llama de la fortaleza y así hacernos responsables de construir una nueva vida, una nueva historia, un nuevo camino y eso depende solo de nosotros, de la poderosa fuerza espiritual que no se enferma, ni se debilita jamás, a pesar de todo, basta con excavar en las profundidades de nuestro ser para encontrarla, fuerte y luminosa como un diamante.

Mi píldora para el alma de esta semana

El sufrimiento es tu mejor maestro, es la maestría espiritual que, al encontrarle sentido, te libera del dolor emocional, cuando descubres aquello que vino a enseñarte.



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