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Opinión

  • | 2019/06/03 21:29

    ¿Piensan los animales?

    La pregunta de si los animales también piensan ha estado latente a lo largo de la historia y ha sido abordada en múltiples ocasiones. Las respuestas actuales parecen orientarnos a concluir que algunas formas humanas de pensamiento también podrían estar presentes en los demás animales.

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El psicólogo suizo Jean Piaget, quien es considerado por muchos como el más importante psicólogo en el siglo XX por sus invaluables aportes a la comprensión del desarrollo cognitivo, concluye que la transformación más importante en el desarrollo de un individuo se presenta entre los 18 y los 24 meses de edad al aparecer el pensamiento. A partir de allí cambia la vida humana porque emergen dos realidades: una material y otra simbólica, la de los objetos y la de las ideas. Lo que intentaremos mostrar en estas notas es si, hasta donde sabemos, este proceso es por completo exclusivo de los seres humanos. El problema no está resuelto y no hay consenso sobre la respuesta entre los científicos, pero cada vez aparecen más indicios en una dirección contraria a la que se creía unas décadas atrás.

Siempre hemos escuchado que el pensar es la característica distintiva del ser humano. Fue Aristóteles quien hizo célebre la definición del hombre como un “animal racional”. Tesis que, al ser analizada a partir de los conocimientos actuales, presenta dos graves problemas. El primero es que muchas de las acciones humanas no se entenderían desde una perspectiva exclusivamente racional. Tal como explicó Freud y ratificaron Gardner y Goleman, somos seres menos racionales de lo que creemos. De lo contrario, sería muy difícil de explicar el papel del inconsciente, la intuición, el amor y las emociones. El segundo problema es determinar si es una característica exclusiva o que compartimos parcialmente con otros animales.  

Para leer: Sin ciencia no se garantizará el futuro

Un juego común de los adultos con los niños muy pequeños es ocultarles un objeto por fuera de su visión, para ver si logran retener la imagen mentalmente y si lo buscan una vez desaparece de su campo visual. Este problema no lo podría resolver un niño menor de un año, porque todavía no logra construir representaciones mentales propiamente dichas. Para Piaget es visible la aparición del pensamiento cuando el objeto sigue existiendo en la mente, aunque haya desaparecido del campo perceptivo del menor. Debido a ello, un indicador claro de pensamiento es la imitación diferida y la consecuente aparición de la función simbólica: la capacidad de evocar una acción sin que esté presente en el tiempo y el espacio. Esto demuestra que permanece en la mente; es decir, que sigue existiendo como idea o representación. La pregunta de esta columna, por tanto, es tratar de precisar si esos procesos de representación, de reconstrucción de acciones y de conservación de objetos, están también parcialmente presentes en los demás animales.

Existen múltiples evidencias de lo que podrían ser formas de conservación del objeto y representación en los demás animales. Señalaremos algunas de las más evidentes. Pese a ser una idea atrevida sobre la que no hay consenso, es bueno reflexionar sobre ella; al fin y al cabo, como afirmaba Voltaire, “la ignorancia afirma o niega rotundamente; en tanto la ciencia duda”. Expongamos, por tanto, algunas de las dudas de la ciencia actual al respecto.

El primer argumento lo tomaré de una charla que hace más de una década escuché del neurólogo Rodolfo Llinás. El científico colombiano, especializado en el estudio de la mente, preguntaba que, si los animales no tuvieran niveles de representación y “pensamiento”, ¿cómo diversas especies marinas podían adecuar su textura, intensidad y color al lugar en el que están ubicadas en el mar? Si logran simular el piso y si adoptan su forma y color –decía Llinás– es porque pueden representarlo. Lo más impactante es que minutos después se desplazan a otro lugar y vuelve a suceder una situación análoga y se adaptan en instantes de segundo nuevamente a las condiciones del medio al que han llegado. La pregunta de Llinás es la clave: ¿Qué procesos requieren estos animales marinos para poder modificar su color y textura? ¿Se forman una imagen del mundo que los rodea? ¿Podrían hacerlo sin ningún tipo de pensamiento? En términos de Piaget diríamos, que muy seguramente tienen algunas “representaciones mentales”.

Para profundizar: “El problema es que no nos enseñan a hacer preguntas, nos enseñan a dar respuestas a preguntas tontas”

Un segundo argumento aparece registrado en un documental de la BBC titulado ¿Son inteligentes los animales? Se trata del Casanueces, un ave que vive en América del Norte y se alimenta de “piñones”, con la mala suerte de que solo dan su fruto durante tres semanas en septiembre. Ante esta situación, el ave decide enterrar las semillas en un espacio que cubre hasta 20 kilómetros. “Siembra” cerca de 30.000 “piñones” durante el tiempo que dura la cosecha para ir a buscarlos durante el año, muy posiblemente incorporando a sus “representaciones”, las imágenes que encuentra en el camino, de manera similar a lo que haríamos nosotros al recorrer una nueva ciudad, para no perdernos al regresar. Los entierra uno a uno y con frecuencia marca el lugar con una piedra como referente, tal como también haríamos nosotros para posteriormente poder asociar la señal al recuerdo (el pensamiento funciona por asociaciones). Lo más excepcional es que, cuando retornan en invierno, los lugares han cambiado por completo debido a la nieve; por tanto, su labor es mucho más compleja de lo que parece. Aun así, encuentra el 90% del alimento que guardó. Piaget posiblemente nos diría que estas aves tienen algo muy similar a un mapa mental, lo cual les permite conservar el objeto independientemente de su campo visual; es decir que estas aves, en cierto sentido, “piensan”.

Múltiples experimentos realizados con chimpancés llegan a una conclusión similar. Es así como al colocárseles un racimo de bananos en su campo visual, pero el cual no puede ser alcanzado porque está muy alto, los chimpancés son capaces de ubicar objetos para acercarse al alimento e, incluso, utilizar un palo para bajarlos. Al hacerlo, lo que nos parecen evidenciar es que construyen una representación mental previa para poder ejecutar posteriormente la acción. Esa característica, en términos de Rodolfo Llinás, es la esencial de la mente: la capacidad de predecir un evento futuro. Por lo menos en el caso de los chimpancés, esto parece cumplirse. Lo mismo, cuando recogen piedras que más tarde usarán para partir cascanueces.

Otros experimentos con animales han descubierto algo asombroso y especialmente interesante: la capacidad para construir herramientas no es –como se pensaba– exclusiva de los seres humanos. Particularmente los chimpancés y algunas aves cortan ramas y las limpian, para posteriormente utilizarlas para obtener su alimento introduciéndolas por orificios en los árboles. También es visible en cuervos que hacen ganchos para obtener comida y en pulpos que cargan cáscaras de coco para esconderse cuando se sienten amenazados. La pregunta es obvia: Al hacerlo, ¿están previendo una acción futura? Todo parece indicar que sí.

Estudios realizados con cuervos en Escandinavia parecen concluir algo similar. Se ha encontrado que éstos le roban la pesca nocturna a los habitantes, quienes dejan sus anzuelos a la intemperie durante la noche para que se acerquen los peces. Durante mucho tiempo fue un misterio saber por qué era muy frecuente que al día siguiente apareciera todo el nylon recogido, pero sin la comida. Hasta que, finalmente, con el uso de cámaras se pudo concluir que eran los cuervos quienes observaban dónde ponían el cebo los pescadores para recogerlo con cuidado y de esta manera apropiarse de la pesca. De alguna manera la pregunta es la misma: ¿Cómo pueden preverlo? ¿Qué representación hacen para concluir que el nylon los conduce a la presa? Nuevamente estamos, al parecer, ante la posible construcción de representaciones y de mapas mentales. Esta hipótesis está siendo parcialmente validada con experimentos posteriores en los que a los mismos cuervos se les pone alimento colgando de hilos. Lo que se ha encontrado es que, incluso si están mezclados con otros hilos que no conducen a la comida, los cuervos no se equivocan al recogerla ¿Por qué será?

Para leer: No vinimos al mundo solo a trabajar

Quedan pendientes cientos de preguntas sobre las que se sigue investigando en la actualidad: ¿Cómo hacen las abejas para reconocer de qué flores ya extrajeron el polen y de cuáles no, para ir directamente a las segundas? ¿Es el juego otro argumento que nos demostraría el pensamiento animal? ¿Es la comunicación animal una expresión de representaciones mentales? ¿Asocian el sonido del carro los animales domésticos con la llegada de su amo? ¿Son esas también formas de representación? Una pregunta para cada historia, una historia para cada pregunta, como diría Brecht.

Es probable que los ejemplos señalados y otros más nos indiquen algunas formas de representación mental en los animales.

Lo triste de esta historia es que el cerebro humano se hizo para cosas muchísimo más importantes de las que exige la escuela. El cerebro se hizo para imaginar, pensar, amar, crear, argumentar, encontrar regularidades, formular y jugar con hipótesis o soñar. Por ello, resulta particularmente absurdo que el principal uso que le damos en la escuela sea el de recordar informaciones impertinentes, fragmentadas y para dar respuestas a preguntas que nadie sabe quién ni cuándo fueron formuladas. Otra escuela puede ser posible, como parecen enseñarnos otras especies animales. Al fin y al cabo, como dice Sherrington, pionero de la neurocirugía, "el hombre prefiere considerarse como el más bajo de los ángeles y no el más alto de los animales”. Pero estamos equivocados, al fin y al cabo, también somos animales; lo que pasa es que, por lo general, se nos suele olvidar.

*Director del Instituto Alberto Merani y consultor en educación

(@juliandezubiria)

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