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Opinión

  • | 2019/05/29 12:21

    Dilema

    Los medios de comunicación suelen ser espacios donde se estimula la pluralidad de opiniones y hay tolerancia con el disenso.

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La historia y las estadísticas lo confirman: el listado de columnistas “renunciados” en el país es más bien corto, aunque igualmente inaceptable: apenas un puñado. Precisamente por esto llaman la atención y reclaman nuestra solidaridad casos como el de Daniel Coronell. Más aun tratándose del periodista más reconocido y respetado actualmente en Colombia por su rigor investigativo, la honestidad en la escritura y su valentía al tocar callos sensibles.

Lo que acaba de suceder es muy grave para la libertad de prensa en cualquier momento, pero mucho más en el que vivimos. Las fakes news son hoy el mayor riesgo de la democracia. Colombia está inmersa en una muy profunda crisis, no sólo institucional como aseguran algunos, sino sobre todo ética. De ella hacen parte las ejecuciones extrajudiciales, mal llamados falsos positivos, que es en realidad el fondo de la incomodidad de Coronell con la revista.

Semana aún no explica al país las razones por las que no publicó la investigación que sí publicó el New York Times. Este silencio sólo ha servido para dejar en el aire una estela de desconfianza y ausencia de credibilidad. Peor, incluso: de desesperanza y desasosiego. Más que indignación y rabia, hay dolor y tristeza.

No hay en qué o en quién creer. Ni en las instituciones gubernamentales, ni en los entes de control, ni en los líderes políticos, ni en los gremios, ni en los medios de comunicación en general, bien sea porque olvidaron por completo que el periodismo no es la caja de resonancia -de lambonería- del poder político, o porque en estos últimos tiempos sólo ventilan odio, polarización y mucha más sangre de la que ha corrido por el río Cauca o simplemente porque se han vuelto empresas comerciales y han hecho a un lado la razón de ser de esta profesión.

 Es claro que cada medio tiene su propia agenda, sus propios intereses. ¿Qué hacer? ¿Cómo vencer el miedo, proteger al tiempo la dignidad personal y defender la libertad de expresión? La semana pasada, no ahora que ha sucedido lo de Coronell, enfrenté el dilema de renunciar o no a este espacio. Puesto en la disyuntiva, en ese momento preferí continuar denunciando el dolor de las madres de las víctimas de los falsos positivos.

 Pero la piquiña quedó ahí y de nuevo ayer y hoy me ha revolcado hasta la médula. ¿Renunciar a esta columna, que escribo ad honorem? Si lo hago, ¿le darán este espacio a alguien con ideas progresistas, alguien que luche también por las causas que a mi me inquietan? ¿O sucederá justo lo contrario? Todavía no lo tengo claro.

 Lo que sí sé es que mi pluma nunca estará hipotecada o vendida a los intereses del poder político o económico y que seguiré escribiendo sobre las preocupaciones que suelen habitarme: la corrupción, el odio de género, la intolerancia, la violencia, el conflicto nacional, el racismo, las masacres y los asesinatos de líderes sociales que, por desgracia, siguen sucediendo.

 

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