OPINIÓN

Francisco Mejía

Solo ganando la batalla cultural nos salvamos

Abelardo sí la tiene clara: él no posee ataduras con el establecimiento, por eso trata a la extrema izquierda como lo que es: como enemiga de la sociedad.
12 de abril de 2026 a las 9:15 a. m.

El Centro Democrático surgió para recuperar el legado del gobierno del expresidente Uribe que su sucesor Juan Manual Santos se dedicó a destruir. La prioridad de Uribe siempre fue ocupar los espacios del poder político en corporaciones públicas, alcaldías y gobernaciones, para finalmente recuperar la Presidencia de Colombia. Una estrategia lógica en el marco de la política tradicional, pero equivocada para la amenaza neocomunista que se cernía sobre el país porque se despreció la batalla cultural. Algunos protestamos dentro del partido por el reciclaje de políticos tradicionales en las regiones y el resurgimiento de castas políticas corruptas a través de sus delfines, porque sabíamos que eso significaba renunciar a la batalla cultural, pero fue en vano: esos eran los preferidos, por la sencilla razón de que como antes estaban con Santos, el impacto era doble: ganar un activo a la causa quitándoselo al enemigo. Lo importante era el conteo de curules, sin importar si esos concejales, diputados o congresistas tenían las convicciones y las capacidades para enfrentar las narrativas de la extrema izquierda, o sea para dar la batalla cultural. La estrategia la ilustra muy bien una frase que dijo Pacho Santos en Ibagué en mi presencia cuando fue designado por el partido para armar las listas de cámara en 2017: “Acá necesitamos candidatos con plata y votos”.

El resultado está a la vista: se reencaucharon muchas corruptelas y clientelas políticas, ahora fortalecidas con la buena imagen de Uribe y, en casi todo el país, la extrema izquierda no tuvo quién le plantara cara y confrontara sus narrativas; nadie dio la batalla cultural. Por eso el petrismo ganó las elecciones de Presidencia y Congreso en 2022. O sea que perdimos por no haber comparecido al debate, perdimos por W.

Fue un error estratégico armar un partido político solo para derrotar a Santos reclutando políticos santistas en las regiones, y otros nuevos “políticamente correctos”, que luego permitieron por omisión el advenimiento al poder del neocomunismo. En el Centro Democrático le echan la culpa al presidente Duque, pero se equivocan: Duque hizo un gobierno en realizaciones sobresaliente, pero no se le podía pedir que su gobierno diera una batalla cultural que él intento dar en solitario, cuando ni los ministros ni las estructuras políticas de su propio partido la dieron: difícil pedirle así que revirtiera una tendencia creciente de la extrema izquierda por los últimos 15 años causada por la omisión de la clase política tradicional, incluyendo su propio partido. Más bien, lo que hay que pensar es que, si no es por Duque, Petro hubiera sido presidente en 2018, porque nadie más lo huera podido derrotar, y Petro —de presidente durante el covid— probablemente hubiera aprovechado esa tormenta perfecta para dar un golpe de Estado y hoy no estaríamos hablando de elecciones.

Lo insólito es que ahora se doble la apuesta por la misma fallida estrategia que nos llevó a Petro y se renuncie de manera explícita a librar la batalla cultural trayendo no ya a antiguos operadores regionales del santismo, sino a la propia cúpula que el mismo Duque mantuvo a raya, o sea a Aurelio Iragorri, Mauricio Cárdenas, David Luna, Juan Mesa, Cristina Plazas, etc…, y nos vendan esa claudicación con el eslogan barato de que hay que “construir desde la diferencia”.

Si fuera Paloma quien pasara a según vuelta, votaré por ella y le haré campaña, pero con la honda preocupación de que, si gana, eso solo sea para prolongar la agonía, porque sin un gobierno decidido a dar la batalla cultural, Cepeda será presidente en 2030.

Paloma tiene el ADN del político tradicional que la lleva a hacerle concesiones a la contraparte, y en que se les da un alto grado de elasticidad a las convicciones para abarcar la mayor cantidad de audiencias y potenciales electores. Esas fórmulas de la vieja política servían cuando los actores convergían en un terreno común que era la democracia, y en ese “centro” podían llegar a acuerdos. Esa lógica funcionó para construir el Frente Nacional, por ejemplo.

Pero los tiempos han cambiado. Hoy hay un actor principal cuyo objetivo es la destrucción de la democracia y la libertad, y por eso no existe un centro en el cual se pueda converger con ellos; por eso el centro político hoy es raquítico, así los viejos centristas del establecimiento intenten darle oxígeno otorgándole concesiones al marxismo, como lo hace Paloma (ella misma se reconoce como de centro), o defendiendo la JEP, como hace Oviedo, o la expropiación del ahorro pensional, como Cárdenas. Si ese centro gana las elecciones es porque logra engañar suficientes votos de derecha con esa astucia de estirar las convicciones hasta alcanzar a tocar algunas fibras de la derecha, y por esa inercia del reconocimiento a la seguridad democrática. Pero ese triunfo solo llevará a una gran decepción, probablemente irreversible, porque al renunciar a la batalla cultural, el neocomunismo tendrá un tapete rojo de vuelta al poder.

Abelardo sí la tiene clara: él no tiene ataduras con el establecimiento, por eso trata a la extrema izquierda como lo que es: como enemiga de la sociedad. Ha dicho claramente que extraditaría a Petro, que hará una auditoría para denunciar todo el saqueo que han hecho, que sacará al ejército para caerles con mano de hierro a los que se atrevan a bloquear las vías, que acabará con Fecode y con el Inpec, etc… O sea que no les cederá un solo milímetro, ni les hará concesiones a sus narrativas ni a sus hechos. “No se puede negociar con alguien que ha venido a matarte”, decía Golda Meyer. Eso es una parte fundamental de la batalla cultural. Mientras del lado de Paloma, en vez de batalla cultural, lo que tendremos es la captura del Estado por los de siempre, que apelarán a su ADN politiquero para aferrarse a sus privilegios tendiendo puentes con el marxismo, con el que ya han sido socios en el pasado y en cuyo vientre terminarán todos devorados.