Gustavo Petro decidió que lo más importante de su agenda era salvar a la democracia mundial, una tarea que merecía su atención personal y prolongada. La cumbre progre que se llevó a cabo del 17 al 18 de abril en Barcelona terminó, pero el presidente no tenía prisa por volver: su agenda oficial lo mantuvo lejos de Bogotá hasta esta semana. Cinco días, dos de cumbre y tres de… ¿diplomacia extendida o degustación de café, como diría el excanciller Leyva? Para eso sirve el jet presidencial cuando uno se siente llamado a ser el gran salvador del multilateralismo.
La IV Reunión en Defensa de la Democracia —que coincide con la primera Global Progressive Mobilization—reunió en la Fira de Barcelona donde invitaron a la crème de la crème de la izquierda cool. Se juntaron unos 15 jefes de Estado y de gobierno, más de 3.000 activistas, analistas y militantes, todos dispuestos a plantar cara a la “ola reaccionaria” de la extrema derecha y, por supuesto, al supuesto desorden global que tanto les inquieta. Pero entre tanto líder ilustre, nadie brilló con más intensidad que Petro. O al menos eso pareció desde su llegada. ¡Paradójicamente, mientras Petro daba discursos en la IV Reunión en Defensa de la Democracia, Colombia obtenía la peor calificación de su historia en el Índice Global de la Democracia elaborado por The Economist Inteligence Unit!
El mandatario colombiano no se limitó a saludar y posar. Con su habitual solemnidad profética, sentenció que el encuentro es “un faro hacia la vida” frente al “desorden global peligroso para la humanidad”. En otras palabras, mientras el resto del planeta se equivoca, en Barcelona Petro los ilumina hacia el camino correcto. Y por si alguien pensaba que se trataba de una cumbre anti-Trump, Petro se apresuró a aclarar, con esa falsa modestia que lo caracteriza, que “no es contra” el presidente estadounidense, sino “por una alternativa en el mundo”. Qué generoso.
Junto a él, claro, no podían faltar los habituales de la foto de familia: Pedro Sánchez y Lula da Silva, los coorganizadores que parecen haber convertido estas cumbres en su pasatiempo favorito. No faltó Claudia Sheinbaum, la presidenta mexicana; Cyril Ramaphosa, de Sudáfrica; Yamandú Orsi, de Uruguay; el expresidente chileno Gabriel Boric; António Costa, presidente del Consejo Europeo, y un largo etcétera de líderes de Albania, Cabo Verde y otros rincones del globo que comparten el mismo diagnóstico: el mundo se está cayendo a pedazos en manos de la derecha y sólo ellos tienen el remedio.
El objetivo declarado: coordinar acciones concretas en paz (sobre todo en Oriente Medio), descarbonización, justicia social, igualdad y, cómo no, la reforma de los organismos internacionales. Todo muy válido sobre el papel. En la práctica, parece más bien una terapia de grupo de altos mandatarios que se reúnen en una ciudad europea sabrosa para recordarse mutuamente lo conscientes y responsables que son, mientras el supuesto populismo de derecha les pisa los talones.
Petro, como siempre, no defraudó. Llegó, habló, un sermón sobre el mal del siglo y propuso “pasar de los diagnósticos a las acciones globales coordinadas”. Cinco días de estancia para un evento de dos. Porque cuando se cree faro iluminado, no se apaga con facilidad. Para Petro, Colombia puede esperar…
