OPINIÓN

Juan Manuel Charry Urueña

Colombia: dos siglos de tensiones

De la estratificación racial a la igualdad formal, más allá de ricos y pobres, afectados por el narcotráfico, está en construcción la gran clase media.
23 de abril de 2026 a las 10:50 a. m.

Fracturas históricas: no somos el resultado de una elección azarosa ni de candidaturas ocasionales, sino de un proceso de siglos donde las tensiones sociales han sido el motor —y a veces el freno— de una identidad nacional en gestación.

La herencia colonial y la paradoja indígena: la Colonia, con su paz imperial de cerca de tres siglos, nos legó una estructura de estratificación racial (españoles, criollos, mestizos, indígenas, mulatos, zambos, negros esclavizados) donde el origen determinaba el poder. Curiosamente, durante la Independencia, muchas comunidades indígenas apoyaron a la Monarquía española, pues la Corona garantizaba la propiedad de sus tierras (resguardos) frente a la ambición de los criollos.

Hoy, los pueblos indígenas poseen más de 6 millones de hectáreas en tierras de resguardo, lo que los convierte en actores territoriales. No obstante, persiste la paradoja de que sectores de estas comunidades, buscando una reivindicación que supuestamente el Estado republicano les ha negado, terminen alineándose con movimientos de izquierda o conviviendo en territorios bajo control de guerrillas.

El siglo XIX, ideas en conflicto e industrialización: tras la victoria militar, el país no solo adoptó una igualdad formal, que aún hoy apenas se intenta y se materializa, sino que se sumergió en un debate entre Centralismo y Federalismo, y entre el libre cambio y proteccionismo. A pesar de las constantes guerras civiles, a finales del XIX y principios del XX, Colombia inició una firme industrialización. La economía cafetera permitió el surgimiento de una burguesía nacional y los cimientos de una infraestructura que empezó a conectar un país de geografías imposibles.

El narcotráfico, la gasolina del conflicto: A mediados del siglo XX, la violencia bipartidista dio paso a las guerrillas socialistas. Sin embargo, la mutación más fatal ocurrió con la llegada del narcotráfico. Este fenómeno no solo financió la guerra, sino que corrompió la moral pública, degradó el conflicto y creó una economía subterránea que hoy sigue siendo el mayor obstáculo para la paz. El narcotráfico dinamitó la institucionalidad y transformó las luchas sociales en negocios de criminalidad trasnacional.

Avances sociales y la clase media: pese al conflicto, Colombia logró hitos notables. En las últimas tres décadas, el país experimentó una reducción sostenida de la pobreza monetaria y un robusto crecimiento de la clase media. La Constitución de 1991, que nace de la guerra contra el narcotráfico, fue el pacto que buscó incluir estas nuevas realidades, reconociendo la pluralidad étnica y modernizando el Estado para proteger los derechos ciudadanos.

El presente, entre la tensión y la esperanza: hoy, la llegada a la Presidencia de un exguerrillero del M-19 representa para algunos un hito de la apertura democrática; para otros, una gestión que exacerba el odio de clases, las fracturas históricas y un nuevo campo para la corrupción. La retórica de confrontación promovida desde el Estado amenaza con desandar el camino de confianza y estabilidad que permitió el progreso de millones de colombianos.

El riesgo actual: el progreso no florece en la división. El populismo que busca culpables en lugar de soluciones arriesga los avances de industrialización y reducción de pobreza logrados con décadas de esfuerzo.

El camino hacia la unión: más allá de las figuras presidenciales, el desarrollo de Colombia depende de superar la dialéctica del ‘enemigo interno’, dentro de una democracia vigorosa. Los populismos y la dictadura de clases históricamente fallida son el abismo.

El verdadero avance: combatir el narcotráfico, el cáncer que alimenta la corrupción y la violencia. Seguridad jurídica y propiedad privada, de manera que se integren productivamente los millones de hectáreas en manos de comunidades para que generen bienestar y no solo control territorial. Y fortalecer la institucionalidad protegiendo la industria y la iniciativa privada que son los motores reales contra la pobreza.

La paz real: no es solo la ausencia de balas; es la presencia de un propósito común. Solo cuando el bienestar colectivo y la ley superen al resentimiento histórico de discriminación racial y pobreza, Colombia podrá reclamar su destino de grandeza.

Cita de la semana: “… mientras en Colombia se litiga, en Venezuela se perfora”. (Embajador Lane al Secretario de Estado de los Estados Unidos, 1943), David Bushnell, Colombia una nación a pesar de sí misma (1996).