Frente a las reiteradas actuaciones del presidente Petro, que denotan su propósito de demoler las instituciones, es urgente una actuación más enérgica del procurador general.
El principio rector de la ideología de Petro es su concepción de la soberanía del pueblo, al que entiende como el conjunto de quienes por él votaron en la segunda vuelta de 2022. Eso basta para que nuestro caudillo afirme que de ese conjunto de voces, mudas y heterogéneas, surge un mandato que el Parlamento ha infringido.
Nada de lo anterior tiene asidero en la Carta de 1991 que Petro quiere derogar. En el preámbulo de la Constitución que (todavía) nos rige se dice que es el pueblo de Colombia —o sea, todos los ciudadanos— quien expide el Estatuto fundamental, lo cual realiza “representado por sus delegatarios en la Asamblea Nacional Constituyente”. En el artículo 3 se reitera el principio de la soberanía popular, que es (añado) universal e indivisible. Ese pueblo constitucional ejerce sus poderes en forma directa o por medio de sus representantes. Estos, que son los congresistas, “representan al pueblo, y deberán actuar consultando la justicia y el bien común” (artículo 133). O sea que no están atados por lo que Petro cree que tenían en mente cada uno de los ciudadanos que lo hicieron presidente por una estrecha mayoría.
La dimensión directa de la soberanía, no ya para establecer la Constitución, sino para gobernar bajo sus reglas, se materializa en los mecanismos de participación ciudadana, tales como la elección de gobernantes, los referendos y los plebiscitos. Conceptos diferentes son, entonces, el poder constituyente y el constituido. Los populistas de todas las vertientes jamás podrán aceptar esta distinción. El pueblo que invoca el petrismo, al igual que el de cualquier otro caudillo autoritario, es una facción de los ciudadanos, que se alza contra las instituciones, con la pretensión de abolirlas. Para eso es la constituyente que el presidente promueve, frente a la cual Cepeda no dice que sí ni que no.
En este afán de demolición, Petro juega a desprestigiar las instituciones. Primero, al Congreso, cuyos integrantes “no son seres humanos” por un motivo poderoso: se oponen a sus designios. Luego, a las altas cortes, tribunales y jueces a los que corona de insultos. En tercer lugar, busca restar legitimidad al sistema electoral. Una orden judicial le ha prohibido continuar en sus ataques sin que haga públicas pruebas contundentes, prohibición que ya violó la semana pasada en un reportaje en El País de España al denunciar —de nuevo sin evidencia alguna— el riesgo de fraude en los comicios presidenciales.
Recientemente declaró haber roto relaciones con el Banco de la República, una institución de jerarquía constitucional independiente del gobierno. En los días posteriores, ha persistido en la tarea de atacar a su junta directiva. La semana pasada dio instrucciones a los alcaldes con relación al impuesto predial y los amenazó con destitución si no cumplen sus instrucciones. Ambas actuaciones son contrarias a la Constitución. Él lo sabe. Calcula, sin embargo, que puede persistir en esa conducta sin que le pase nada. Lamentablemente, está teniendo razón.
El presidente, al igual que otros caudillos (incluido Cepeda por su sumisa solidaridad), concibe el poder político como una lucha inevitable entre un sector bueno de la sociedad y otro malo. El dilema es claro: o nosotros o ellos. No se trata, pues, de gestionar los conflictos inherentes a la vida social; el propósito es superarlos. “Patria o muerte”, como decía Fidel. Para lograrlo, necesita perpetuarse en el poder, así fuere por medio de un subordinado.
En el intento de bloqueo contra el Banco de la República, ha usado un arma pérfida: pedirles a sus directores que adopten medidas que son contrarias a la Constitución. En su tarimazo del 9 de abril, pidió que “en lugar de que use su poder de emitir dinero nuevo para entregárselo a los banqueros, este recurso sea dirigido directamente a las cuentas de las víctimas”.
Petro finge ignorar que (1) el banco central no ha sido diseñado para repartir dinero gratis a ciertos sectores de la sociedad, por nobles que sean los objetivos. 2) Que su cometido primordial es luchar contra la inflación; imprimir dinero con cualquier objetivo distinto a ese, y a suministrar al aparato económico la liquidez que requiere, podría arrasar con el valor de la moneda. 3) Que, para evitar que la emisión monetaria se use como recurso del gobierno, al Banco le está prohibido otorgarle préstamos, salvo por la unanimidad de sus directores. 4) Que todos los bancos centrales del mundo emiten dinero mediante operaciones de crédito con los bancos.
Esta es la base monetaria, la cual los bancos multiplican en sus operaciones de préstamo y depósito con sus clientes. Así surge el dinero secundario. La diferencia entre estos dos conceptos es tan sencilla como la que existe entre la masa madre y el pan. O entre la gallina y el huevo. El resultado inmediato de cerrar el canal bancario sería una severa contracción de la economía por escasez de circulante y el encarecimiento del crédito ante la falta de acceso de los bancos a la liquidez primaria. A mediano plazo, el resultado probable sería el colapso de la moneda nacional y su sustitución por el dólar.
Por supuesto, el presidente sabe que su propuesta no es factible. La propone para generar la rabia y el menosprecio de sus seguidores contra el Emisor y los bancos. Y, por supuesto, para movilizarlos hacia las urnas (o hacia las barricadas, si pierde los comicios).
Ahora me dirijo al procurador Eljach, a quien pido, con la urgencia que el asunto merece:
1) Recordar al ministro de Hacienda esta regla constitucional: “En caso de infracción manifiesta de un precepto constitucional en detrimento de alguna persona, el mandato superior no exime de responsabilidad al agente que lo ejecuta”. Por consiguiente, abstenerse de concurrir a la Junta Directiva del Banco de la República, que es una obligación que proviene de la Carta Política, configura una falta disciplinaria grave. Como se trata de actuar antes de que el daño sea gigantesco, si no acata la instrucción, debería suspenderlo antes de avanzar en el proceso disciplinario. Así se hizo con el excanciller Leyva.
2) Amonestar al presidente para que cese de perturbar el proceso electoral, bien sea por la vía de un gasto público dirigido a los colectivos que lo apoyan, mediante peticiones contrarias al orden jurídico, como las que ha dirigido a los directores del Emisor y los alcaldes, o a través del evidente respaldo en sus discursos al candidato oficial.
No puedo aquí exponer una argumentación minuciosa para demostrar que el Procurador puede amonestar al presidente. Sin embargo, anoto:
- Al procurador corresponde “defender los intereses generales de la sociedad”, un concepto novedoso en nuestra historia constitucional que cabe entender como un poder moral, carente de implicaciones jurídicas.
- De manera precisa, la Constitución le manda “Ejercer vigilancia superior de la conducta oficial de quienes desempeñan funciones públicas, inclusive los de elección popular”. Que el presidente goce de un fuero amplio para diversos tipos de procesos no es un factor que inhiba la amonestación, precisamente por la razón ya señalada: ella no implica sanción alguna, no se materializa en una decisión con la que culmine un proceso y contra ella no procede recurso alguno.
- Por último, manda la Carta que “El Presidente de la República simboliza la unidad nacional y, al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, se obliga a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos”. Este mandato constitucional le obliga a comportarse con neutralidad en la contienda electoral.
Recuerdo un antecedente valioso. En 1970, el Procurador General de esa época —Mario Aramburo— era subalterno del presidente, no autónomo como ahora. Sin embargo, amonestó al presidente Carlos Lleras por actuar indebidamente en el proceso electoral. Su actuación fue exitosa y ha sido reconocida como un gran aporte hacia el fortalecimiento del Estado de derecho.
Briznas poéticas. Darío Jaramillo recién ha publicado “Liturgia de los bosques”, un libro bellísimo:
Soy vegetal.
Broté de una semilla,
voy echando raíces
y el amor me hizo florecer por una vez.
Sé cantar cuando pasan los vientos
Y quisiera abrazar el nido de algún pájaro.
