La industria tecnológica a veces castiga a quienes se adelantan a su tiempo. Del Apple Newton a las Google Glass, las vitrinas de ofertas están llenas de ejemplos. Sin embargo, de cuando en cuando, una nueva tecnología y una gran idea se combinan en una innovación que es acogida por las masas.
El lanzamiento, en 2013, de las Google Glass se convirtió en una lección pública sobre los riesgos de introducir hardware invasivo en la vida cotidiana. A pesar de su tecnología, el dispositivo de 1.500 dólares, con su cámara evidente y su pantalla periférica, fracasó debido a problemas de autonomía, un precio prohibitivo y un rechazo social inmediato por cuestiones de privacidad.
Trece años después, Alphabet lo va a volver a intentar. Bajo el incuestionable descriptor Intelligent Eyewear, la firma de Mountain View lanzará un nuevo approach al concepto de las gafas inteligentes en alianza con Samsung, Gentle Monster y Warby Parker. El dispositivo utiliza el sistema operativo Android XR y lleva la inteligencia artificial directamente al rostro del usuario mediante Gemini.
A diferencia de las glasses originales, que provocaron tal rechazo que a quienes usaban se les empezó a llamar ‘glass-holes’, el enfoque actual prioriza la integración estética y la utilidad práctica sobre el look futurista y la innovación puramente técnica.
El momento no podría ser más propicio, con el mercado de la tecnología vestible en una franca aceleración. Datos de la consultora IDC estiman que los envíos globales de gafas inteligentes, que se cuadruplicaron entre 2022 y 2026, se cuadruplicarán de nuevo para finales de esta década y alcanzarán los 40 millones de unidades. Es, es verdad, una cifra discreta si se compara con los 1.500 millones de smartphones que se comercializan anualmente en el mundo, pero son un testimonio de que el concepto ha salido ya del renglón de lo experimental.
Mucho de ese éxito se le debe a Meta, que rompió el estigma y consolidó una posición dominante en este sector tras su alianza con el grupo EssilorLuxottica. Google y Samsung articularon su respuesta conjunta para no ceder el control de la computación ambiental.
La propuesta técnica de Google operará, en un principio, exclusivamente mediante señales de audio y comandos de voz. El usuario interactúa sin necesidad de una interfaz gráfica, utilizando micrófonos y altavoces integrados. Una segunda variante incorporará pantallas ópticas transparentes para proyectar datos directamente sobre el campo visual.
El as bajo la manga, que nunca tuvieron las Google Glasses, es la incorporación de Gemini. Las gafas ejecutan funciones de navegación paso a paso con lenguaje natural, traducción de voz en tiempo real y resúmenes automáticos de notificaciones pendientes en el teléfono. La capacidad de procesamiento visual permite que la inteligencia artificial reconozca monumentos, traduzca letreros físicos o identifique objetos extraviados dentro del espacio doméstico. Y ciertamente no hace daño disponer de un ecosistema de aplicaciones móviles como el de Google.
Otro acierto es haber delegado el diseño del hardware a expertos en estética de consumo. Al delegar la manufactura en firmas como Warby Parker, enfocada en estilos clásicos, y Gentle Monster, orientada a tendencias contemporáneas, Google busca que el dispositivo pase desapercibido como un accesorio óptico convencional, en lugar de agredir a todos con un look sacado de Star Trek. De paso, los nuevos modelos mitigan los riesgos regulatorios mediante indicadores led de grabación más visibles y sistemas de procesamiento local que restringen el envío de datos biométricos a servidores externos, un requisito indispensable ante las estrictas normativas de privacidad vigentes en la Unión Europea.
El dispositivo mantiene compatibilidad tanto con terminales Android como con el sistema iOS de Apple. Esta apertura contrasta con la rigidez habitual de los ecosistemas cerrados y busca capturar un volumen crítico de usuarios desde el día de su lanzamiento. Google opera en esta ocasión como un proveedor de plataforma de software y servicios de IA, mientras que Samsung asume la responsabilidad del ensamblaje del hardware móvil y los componentes de conectividad.
Con todo, es indudable que se acerca un momento de verdad. La viabilidad comercial de esta segunda incursión de Google en el terreno de las gafas inteligentes dependerá de tres áreas específicas: el peso total de la montura, la retención de energía de la batería bajo un uso continuo de sensores y la precisión del modelo lingüístico al interpretar imágenes en movimiento. La competencia directa con los productos de Meta introduce una presión de precios que obligará a Google y sus socios a ajustar los márgenes de ganancia si pretenden masificar la adopción del producto más allá de los sectores corporativos o los early-adopters.
Mientras llega el momento de probarlas, yo elijo ver, además, una prueba de que Google aprendió la lección y hoy demuestra un entendimiento maduro del mercado de consumo. El éxito de este —sin duda— interesante concepto no se medirá por la capacidad de reemplazar por completo al celular, sino por la eficiencia con la que logre trasladar la asistencia digital de la pantalla del bolsillo directamente a la línea de visión de los usuarios. Si tiene éxito en eso, podría inaugurar una nueva era de la computación personal.
