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Opinión

  • | 2019/02/20 14:20

    Violencia en Medellín: Fico, es la desigualdad

    He sido feroz en mi crítica a la política de “seguridad” de la actual administración, y que pretende ser continuada por el Centro Democrático si gana la Alcaldía este año. Haber reducido el presupuesto de las Secretarías de Inclusión Social, Cultura, y Deporte para incrementar el presupuesto “seguridad” no sólo es un contrasentido histórico, sino que ha probado no dar resultados.

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Dicen que quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Eso pareciera estar pasando en Medellín, lo grave es que a la historia que podemos revivir no es aquella en la que éramos la capital industrial de Colombia, sino aquella en la que éramos un infierno.

Para mediados del siglo XX Medellín era una ciudad orgullosa de sí misma. Una ciudad casi idílica, planeada y con sentido social, con un gobierno eficiente y ordenado, líder en educación, industria y servicios públicos. Decía Daniel Samper Ortega en 1937, “Es la ciudad donde se vive con mayores comodidades y la que va a la cabeza del desarrollo industrial. Ella representa en Colombia, con relación a Bogotá, un papel semejante al de Nueva York con respecto a Washington. Las mejores fábricas del país son las de Medellín… Su Sociedad de Mejoras Públicas ha enseñado civismo a las restantes ciudades de la nación. Su escuela de minas ha preparado los mejores ingenieros. Y, por último, sus hombres manejan todos los grandes negocios y sus escritores han creado una fuerte y excelente literatura autócrata”.

El desarrollo de Medellín no fue sin embargo un algo milagroso, sino el resultado de una intervención educativa sin precedente impulsada por Pedro Justo Berrío hacia finales del siglo XIX y que implicó traer una delegación alemana para realizar una transformación curricular y un enfoque de cobertura que hizo énfasis en mujeres, niños y pobres.

Los resultados pronto se hicieron evidentes: Medellín se puso a la cabeza de cobertura educativa a nivel nacional. Los alumnos de la Escuela de Minas escribían sus tesis de los planos del ferrocarril, el tranvía y el alcantarillado, nacían las Empresas Municipales de Medellín, se inauguraron hidroeléctricas y cientos de empresas que convirtieron a Medellín en la Capital Industrial de Colombia.

El 9 de abril de 1948 marcó el fin de ese periodo de crecimiento. El asesinato de Gaitán desató un periodo de violencia que causó la muerte 300.000 colombianos y el desplazamiento de la quinta parte de la población nacional en tan sólo 10 años. En ese periodo Medellín pasó de tener 350.000 a 772.000 habitantes.

Esta migración fue mal gestionada por decir lo menos. Grupos de exaltados ciudadanos se reunían en la plaza de Cisneros para hostigar a los emigrantes a quienes acusaban del incremento de la violencia y la falta de empleo. La policía hacía batidas en los inquilinatos y hoteles de Guayaquil. Los jóvenes menores de 20 años eran los más perseguidos, las cárceles se desbordaron y las condiciones carcelarias empeoraron de tal modo que Gonzalo Arango, preso en varias ocasiones por faltas a la moral escribiría al respecto: “Quiero significar que un preso después de sufrir los estigmas de la experiencia carcelaria, sale convertido en un criminal para quien las posibilidades de delinquir se han multiplicado al infinito, y con una ferocidad más despiadada. Ni la justicia ni la sociedad han ganado nada al condenar a ese hombre. Tampoco han cobrado nada. Todo lo han perdido al degradarlo”.

Algunos de los planeadores siguientes acentuaron la segregación encareciendo las tierras del sur y separando así a los nuevos pobladores de la población tradicional de la ciudad. La ciudad se partió en dos, una crecía por laderas infértiles al norte, y la otra corría al sur. Una se sumía en la pobreza, carecía de oportunidades, de trabajo, de estudio, de parques, de ciudad. La otra intentó seguir como si nada pasara. La inestabilidad política tampoco permitió hacer mucho, Medellín tuvo 25 alcaldes en 25 años.

En ese contexto llegó el narcotráfico a Colombia, la chispa que faltaba para que se desatase la violencia urbana, y si bien el narcotráfico llegó a todo el país, fue aquí, en la ciudad más desigual del planeta, donde encontró el combustible propicio para reclutar ejércitos que defendieran el dinero que no podían llevar a los bancos, y dirimieran las disputas que no podían llevar a juzgados. Para ser justos, no fueron los campesinos que migraron, sino sus hijos: los hijos de la desigualdad, quienes engrosarían las filas de esos ejércitos. Siglos de trabajo duro, austeridad, honradez y valor por la vida habían establecido principios inquebrantables en nuestros abuelos, quienes aceptaron la exclusión con una humildad que inquieta; sus hijos, en cambio, crecieron en ambientes hostiles muy diferentes a los de sus padres. Bastaron unos centavos y un poco de importancia para que le entregaran sus vidas a los capos de la mafia.

En 1978 la tasa de homicidios de Medellín superó por primera vez en su historia al promedio nacional y para 1991 alcanzaba los 371 homicidios por cada 100.000 habitantes. En su camino se perdieron más de 100.000 vidas, la mayoría de jóvenes, la mayoría de pobres, la mayoría de hijos de campesinos que migraron por la violencia.

Es por eso que preocupa el aumento ya por tercer año consecutivo de las cifras de homicidios. Medellín no puede dar por sentado que el problema está superado. Los índices de desigualdad todavía nos ubican como la ciudad más desigual sólo superada en el último año por Quibdó. Como diría Hannah Arendt en relación al Holocausto Nazi, “Hemos vivido el infierno y podemos vivirlo de nuevo”. Las condiciones de desigualdad y segregación que dieron origen a la violencia están latentes. Es por eso que he sido feroz en mi crítica a la política de “seguridad” de la actual administración, y que pretende ser continuada por el Centro Democrático si gana la Alcaldía este año. Haber reducido el presupuesto de las Secretarías de Inclusión Social, Cultura, y Deporte para incrementar el presupuesto “seguridad” no sólo es un contrasentido histórico, sino que ha probado no dar resultados.

Estoy convencido de que la paz urbana es posible, hay un pasado de valores y virtudes que aguarda en nuestro ADN un llamado a la cordura. Eso no significa renunciar a la autoridad, por el contrario, hay que hacer ajustes en la forma en que esta se ejerce: privilegiar la inteligencia sobre la fuerza, invertir en tecnología de punta, Inteligencia Artificial y IoT para controlar el territorio, luchar contra la corrupción e implementar estrategias novedosas de gobernanza; Sin embargo, es sólo con inversión social, en especial en educación, empleo y cultura que se puede equilibrar la cancha y ganarle la batalla a la desigualdad y a los violentos. Este es un cambio que no da espera.

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