Hay batallas silenciosas que se libran por dentro, mientras el mundo sigue girando como si nada ocurriera a nuestro alrededor.
La depresión tiene esa capacidad devastadora: desfigura la realidad, apaga los colores de la vida y convence a quien la padece de que el dolor no tiene fin. Es una lucha agotadora contra la propia mente, una en la que a veces se gana con un instante de esperanza o una mano amiga, pero en la que otras veces las fuerzas simplemente se agotan.
La semana pasada, un querido amigo perdió esa batalla.
No es la primera vez que el suicidio se lleva a alguien cercano. Cuando era adolescente, tuve que despedir a alguien a quien quise con todo mi corazón. Su partida me enfrentó demasiado pronto a ese doloroso vacío, a las preguntas sin respuesta y a la impotencia de no haber podido descifrar lo que pasaba en su interior.
Al salir de visitar a la familia, me quedé con el corazón arrugado, pensando en cuántas personas caminan hoy entre nosotros sonriendo, respondiendo mensajes o cumpliendo con sus rutinas, mientras libran una guerra invisible frente a una ventana.
Esa es la crueldad de esta enfermedad: no siempre se ve. Y frente a ella, como sociedad, seguimos llegando tarde. Tarde al diagnóstico, tarde a la red de apoyo, tarde a la comprensión.
Las cifras deberían sacudirnos las entrañas, sabiendo, además, que el subregistro es gigante y que la realidad siempre supera con creces lo que alcanzan a reportar los datos oficiales. En el mundo, más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año. En nuestro país, la Defensoría del Pueblo ha alertado que cerca de 2,5 millones de personas viven con depresión, pero apenas dos de cada diez reciben la atención adecuada. Solo durante el primer semestre de este año, Medicina Legal documentó 1.326 muertes por suicidio en Colombia: 1.041 hombres, 285 mujeres y, de manera dolorosa, 139 niños, niñas y adolescentes. Detrás de cada uno de esos números hay una historia rota y una familia deshecha.
La depresión es una patología médica, no una debilidad de carácter ni un estado de ánimo pasajero que se supera con discursos de buena voluntad. Requiere un abordaje clínico riguroso que hoy el sistema de salud no está garantizando.
Una persona en crisis no puede seguir enfrentándose a un tortuoso laberinto de autorizaciones, meses de espera para ver a un especialista o saltos al vacío cada vez que le cambian de médico. Se necesita un modelo que asegure continuidad: psicoterapia frecuente, psiquiatría oportuna, fármacos cuando correspondan y un seguimiento real.
Por eso, quiero hacerle una propuesta al presidente Abelardo De La Espriella: convierta la salud mental en una gran causa nacional y haga de Colombia un referente mundial en su atención.
No necesitamos más campañas que simplemente digan “pida ayuda”. Necesitamos un sistema que responda: atención primaria preparada para detectar la depresión, acceso oportuno a psicología y psiquiatría, telemedicina donde no haya especialistas, atención inmediata ante una crisis y continuidad en los tratamientos.
Y haría una gran apuesta por la prevención. Todos los colegios y universidades deberían contar con equipos de psicología que, además de atender, desarrollen programas permanentes de prevención y detección temprana. Sería una de las inversiones más importantes que podría hacer el país en sus niños, niñas y jóvenes.
No siempre es posible saber qué batalla está librando otra persona, ni tampoco podemos dejar sobre las familias y los amigos la terrible carga de preguntarse si habrían podido evitar una tragedia. Lo que sí podemos exigir es que la salud mental se convierta en una verdadera prioridad nacional y que Colombia se proponga ser un ejemplo para el mundo.
