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| 6/18/1984 12:00:00 AM

COCA

En 100 años esta droga dejó de ser el "elixir de la vida" y se convirtió en uno de los flagelos de la sociedad contemporánea. SEMANA publica una versión del informe que la revista LIFE realizó sobre el tema.

COCA COCA
No hay duda. La cocaína es una palabra cuyas tres vocales se pronuncian actualmente con frecuencia inusitada. Su consumo se ha convertido en uno de los flagelos modernos y su tráfico en uno de los más graves problemas que enfrentan países tan disímiles como Estados Unidos y Pakistán, Perú y Malasia Bolivia y Turquia, Colombia e Irán, Burma y Gran Bretaña, España y Tailandia, para no citar sino algunos ejemplos a mano. Pero el problema es viejo y su uso ha hecho correr tinta desde hace 100 años. Recientemente la revista LIFE publicó un artículo "Cocaína: 100 años de euforia y desesperación de América", que resulta no sólo interesante y actual, sino también curioso. SEMANA presenta una versión del mismo por considerar que ilustra la forma como el uso de la cocaína, en occidente llegó a convertirse en uno de los más peligrosos hábitos.
"Usé por primera vez 0.05 gr. de cocaína... Pocos minutos más tarde experimenté una repentina hilaridad y una sensación de bienestar". Hace 100 años, desde que Sigmund Freud a los 28 años registró estas observaciones, los norteamericanos entraron en una carrera cada vez más rápida de abuso de la droga. Actualmente, después de siete décadas de una espeluznante procesión de vidas arruinadas, los cerca de 4.5 millones de consumidores de coca en los Estados Unidos confirman el axioma de Santayana según el cual "aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo".
El debut de la cocaína fue eufórico. Freud realizó una especie de panegírico a esa "magnífica sustancia" y aún le pidió a su mujer que la ensayara. Luego, en 1884, un compañero suyo el médico vienés Karl Koller, descubrió que la cocaína hacía prácticamente indolora la cirugía de los ojos. Informes sobre esta nueva anestesia atravesaron el Atlántico. Por ese entonces, Freud le había prescrito cocaína a su amigo Ernst von Fleischl-Marxow, después de la amputación de un dedo infectado. Fleischl se volvió adicto a la morfina. Bajo el cuidado de Freud se alejó de la morfina, sólo para caer víctima de la cocaína. Tenía alucinaciones con "culebras blancas" que se deslizaban sobre su cuerpo y a su muerte en 1891 era un adicto irredimible.

LA EDAD DE ORO DE LOS TONICOS DE COCA
A finales de la década de 1880, una farmacología basada en la planta de coca y sus derivados se aplicaba a todo, desde dolores de cabeza hasta ataques de histeria. Polvos para el catarro y para problemas de la nariz y dolores de cabeza -unos eran practicamente cocaína pura- introdujeron el concepto de aspirar por la nariz. En 1896 apareció en el New York Herald una historia titulada "Toda la ciudad está loca por la cocaína". Un droguista de Connecticut se quejaba de que los desesperados asmáticos crónicos a quienes se les había acabado su remedio favorito, lo visitaban a media noche en su casa.
Pero ningún producto derivado de la cocaína encontró más adoradores que el vino de coca, que ganó reputación como tratamiento -un vaso tres veces al día- para el insomnio, la anemia, la impotencia, la gripa y esa enfermedad de finales de siglo, la melancolía. Sin embargo, el vino de coca no se convirtió en un best-seller hasta que el avisado corso, Angelo Francois Mariani, no hizo considerables esfuerzos para mercadearlo. En 1891, Mariani refinó el arte de adquirir apoyos célebres. Mandaba cajas del Vin Mariani (dos onzas de hojas frescas de coca por cada pinta de vino Bordeaux a luminarias de la época y les pedía su concepto. Mientras los comentarios sobre el bouquet y el refinamiento brillaban por su ausencia el vino era considerado, por lo menos psicológicamente, como algo verdaderamente vigorizante. Diez años después de empezar a exportar su vino de coca desde Francia, Mariani comisionó a Jules Cheret el más popular artista del afiche de la bella época, para que le diseñara uno destacando las características del vino. Durante 23 años de publicar testimonios, Mariani acopió elogios de tres Papas, 16 jefes de Estado y 8 mil médicos. "El Vin Mariani siempre me ha dado fuerza", dijo en una oportunidad la famosa actriz Sarah Bernhardt. "Honor al Vin Mariani" entonó el compositor Charles Gounod. El novelista Emile Zola lo llamaba el "elixir de la vida" y John Philip Sousa lo recomendaba para "los trabajadores del cerebro". "Si una sola botella del extraordinario vino de coca Mariani garantiza una larga vida de 100 años, me veré obligado a vivir hasta el año 2700", afirmaba Julio Verne. El éxito de Mariani atrajo docenas de competidores. Uno fue el "Vino peruano de coco" (el error de escritura fue corregido más tarde), que se ofrecía por un dólar la botella en el catálogo de Sears Roebuck en 1902.
Después vino la línea de la colas. Para los primeros bebedores de Coca-Cola, ésta era una especie de narcótico. Mientras su poder estimulante podía haber sido parte del folclor, lo cierto es que la bebida no alcohólica que preferían los norteamericanos fue una vez "the real thing". Cuando el invento de John Styth Pemberton fue vendido por primera vez en una fuente de soda en Atlanta el 8 de mayo de 1886, era una mezcla de agua y almíbar con coca (el gas vino más tarde). El tónico para el cerebro de Coca-Cola fue embotellado por primera vez en 1894, pero la cocaína no se volvió a utilizar como ingrediente de la mezcla desde 1903, después de que una comisión presidencial llamó la atención sobre "el efecto nocivo de las drogas que tienen poder de crear hábito" en muchas bebidas no alcohólicas. Dentro de éstas se hallaban algunas que competían con la Coca-Cola como la Koca Nola, la Celery Cola y la Wiseola.

POLVO DE ESTRELLAS
A comienzos de este siglo, el aura de inocencia de la cocaína había desaparecido. La droga había adquirido una nueva y grotesca imaginería: larguísimas uñas para llevar la cocaína a las narices, duchas nasales para aliviar los tejidos desintegrados, agujas hipodérmicas. Inclusive la firma Parke-Davis sacó al mercado un estuche de jeringa y medicamentos para emergencias que se podia encontrar en cualquier botiquín casero. La Asociación Farmacéutica Americana anotó que las importaciones aumentaron un 40 por ciento entre 1898 y 1902, mientras que el crecimiento de la población sólo alcanzó el 10 por ciento. El uso de la droga continuó extendiéndose, a pesar de un decreto de 1906 que regulaba su uso, y de que había perdido su buena reputación. En 1902, una mujer llamada Annie Meyers, describió minuciosamente en una crónica titulada "Ocho años en el infierno de la cocaína" su experiencia con la droga. Fue la primera mujer que tuvo el valor de desenmascarar su problema.
Posteriormente, revistas y periódicos adelantaron una campaña contra el consumo de cocaína con dramáticos relatos de jóvenes que, con el señuelo de la droga, fueron víctimas también de la trata de blancas, y de hombres tan narcotizados que se mostraban como anestesiados, aunque presentaban graves heridas de bala. El péndulo de la cocaína estaba moviéndose hacia el otro extremo. Los titulares de los periódicos lanzaban advertencias y el decreto Harrison sobre narcóticos de 1914, que limitaba la distribución de la droga, hizo subir los precios. Sin embargo, nada impidió que el mundo del espectáculo usara cocaína.
La droga ingresó en el campo de la música en los años 20 y alli se quedó por más de dos décadas. Apareció en canciones como la popular Cocaine Lil ("Ella vivía en la ciudad de la cocaína, arriba en la colina de la cocaína") y fue materia prima de los blues como el que dice: "Caminando por Ellum y bajando por Maintratando de mendigar una moneda, sí, para comprar cocaínaHo, ho, baby, dame un pasesito". También aparece en la letra de una canción de la Memphis Jug Band: "el hábito de la cocaína es muy maloes el peor de todos los hábitos que he tenido".
El cine también vio llegar el tema: el viejo Douglas Fairbanks desempeñó el papel del detective Coke Ennyday, que dejaba tendidos en el terreno a los traficantes con inyecciones de su jeringa extra-rápida, en una comedia de 1916 que se llamaba "El misterio del pez que salta". La cocaína dotaba de una fuerza sobrehumana a Charlie Chaplin en "Tiempos modernos" (1936), mientras la adicción arrastraba a la heroína de "Las fieras de la cocaína" (1939) a la prostitución y otros horrores. Según un artículo de 1923 publicado en la revista de la Asociación Médica Americana, esas soñadoras miradas perdidas que destacaban los close ups de las películas de los años 20 eran frecuentemente producidas por el consumo de coca. Fuera de escena, la cocaína se ganó el nombre de "polvo de estrellas". En 1922 Vanity Fair publicó una nota social sobre un "baile de la nieve" que ofreció una actriz, Little Lulu Leonore, de la Cuckcoo Comedy Co., en el cual los invitados recibieron "exquisitas agujas hipodermicas en cajitas de fantansía". Entrados los años 30, Cole Porter escribió: "No consigo ningún estímulo de la cocaína estoy seguro de que aun si me diera un pase me aburriría terriblemente Pero obtengo estímulo de tí". Parecía pensar que su audiencia ya tenía suficiente.
La Segunda Guerra Mundial puso fin a la fiesta "No se necesitó sino que dos generaciones perdieran la memoria de la cocaína, para que resurgiera su consumo", afirma el doctor David Musto, un historiador y psiquiatra de Yale cuya especialidad son las drogas en América. Un ítem menor en las farmacopeas de los años 60, la cocaína, se volvió a poner de moda con la película Easy Rider ("Busco mi destino", 1969), cuya pareja de antihéroes aficionados a la coca sentaron un precedente para la década siguiente. En los años 70, el rock and roll siguió el compás y muchas letras de canciones que fueron famosas entonces recogieron el tema: "Guiando ese tren transportado por la cocaína" o "Dijo que quería el cielo pero rezar era muy lento. Por eso compró tiquete de una sola vía en una aerolínea hecha de nieve". Los Rolling Stones dieron muchas veces en el clavo con canciones sobre la cocaína y no faltaron películas donde la coca figuraba: Superfly (1972), Annie Hall (1977), de Woody Allen, se burlaba del tema. En una escena, bajo el tutelaje de Annie (Diana Keaton), Allen se agacha para aspirar una línea, pero lo que hace es estornudar.
Los adminículos del ritual empezaron a aparecer en forma masiva en el mercado: cucharitas, cuchillas, pequeñas aspiradoras placas, cajitas etc. McDonald's, la famosa firma que vende hamburguesas descontinuó cucharitas plásticas para revolver el café, cuando se dio cuenta de que eran utilizadas para consumir coca. Pero se descubrió que el modelo fue copiado en plata. En 1973, camisetas que tenían el letrero "Cocaína" con los caracteres de Coca-Cola se convirtieron en el último grito de la moda en playas y lugares de vacaciones y un charol que tenía como adorno la figura de una jovencita con una cucharita para aspirar coca, se convirtió en objeto coleccionable. El año pasado, en películas como Scarface, la cocaína reasumió su papel oscuro de ángel destructor. La moda se convirtió en flagelo.
La siniestra patología comenzó a emerger. Primero fueron tejidos nasales destruidos, después vinieron dramáticas hospitalizaciones de emergencia, desfiguraciones y muerte. Muchos han perecido por sobredosis, las cárceles están llenas de traficantes, las autoridades no dan a basto con los delitos cometidos por todos aquellos involucrados en el consumo y mercadeo de la droga. La droga, que parecía formar parte de las costumbres de una generación empeñada en seguir una vida con altos grados de octanaje, literalmente explotó en su cara.

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