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| 8/1/2020 2:37:00 AM

"Sueño que mis papás son los que están ahí en las camas y no los puedo salvar"

Las marcas en la piel de Andrea Rosa Santana, enfermera jefe de la Fundación Cardioinfantil, evidencian el efecto físico y mental de trabajar en la UCI durante la pandemia. Ha bajado de peso, no duerme bien y a veces está tan estresada que no siente el hambre.

Coronavirus: enfermera de la Cardioinfantil cuenta su experiencia con el covid Andrea Rosa Santana, tiene 32 años y es enfermera jefe de la Fundación Cardioinfantil Foto: SEMANA/Esteban Vega La-Rotta

Desde hace seis años trabajo como enfermera jefe y, sin duda, este periodo ha sido uno de los más complicados y estresantes de mi vida. No por la carga laboral, porque en la UCI el trabajo siempre es complejo, sino por el miedo que vino con la pandemia. Eso nos cambió la vida por completo a todos. Como trabajadores de la salud sabemos que estamos expuestos al riesgo, pero ahora la angustia de pensar que podemos contagiar a nuestros papás o hijos es demasiada. En mi caso, mis papás son adultos mayores y tengo un hijo de diez años al que no puedo acercarme la mayoría del tiempo, no como quisiera. Al ver todos los casos graves en la UCI uno empieza a ser muy exagerado con las medidas. Es preferible evitar cien por ciento el contacto que poner en riesgo la vida de la familia.

  

El susto es tan constante que a veces me despierto pensando que todo esto es una pesadilla, pero no. Otras veces sueño que mis papás son los que están ahí en las camillas y no los puedo salvar. Es horrible. La sensación empeoró cuando empezamos a recibir muchos pacientes y vimos que la UCI se estaba llenando. También luego de que uno de nosotros, un enfermero, se contagió, se agravó y nosotros mismos tuvimos que atenderlo, entubarlo y hacer todo lo posible para que no muriera. Eso es algo que impacta demasiado: ver en una cama a alguien con el que compartes el día a día. 

El impacto físico también es brutal. Ponerse los elementos de protección todo el día, que es por nuestro bien, no es fácil. Yo no tengo marcas, a diferencia de algunos compañeros, pero sí un brote de acné provocado el sudor constante de estar ocho horas con el tapabocas puesto. Eso también lo afecta a uno a nivel personal. Además, he bajado de peso, no duermo bien y uno a veces está tan estresado allá adentro que no siente el hambre. La frustración es mucha. Estamos acostumbrados a atender casos complejos, pero últimamente la mortalidad ha incrementado y tenemos que ver cómo fallecen personas por las que llevamos luchando semanas. 

También impacta ver que cada vez llegan pacientes más jóvenes. Todos los estudios muestran que los mayores de 65 son quienes tienen mayor riesgo, pero hoy en la UCI tenemos pacientes de 38 o 40 años intubados, complicados. Eso hace pensar que uno tampoco está a salvo. Esto es una ruleta rusa. Aún así, lo que nos motiva a seguir es que podemos aportar a que algunas personas sanen. Esa es nuestra vocación y ahora es cuando más se necesita de nuestras habilidades y conocimientos. En la televisión se habla mucho de ventiladores, tubos, medicamentos, pero nadie piensa que las máquinas no son suficientes. No todos saben manejar los medicamentos, ni los catéteres. Hasta poner un paciente boca abajo tiene su ciencia. 

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