El nombre de Darío Pavajeau quedó ligado para siempre a una etapa fundamental de la historia del Festival de la Leyenda Vallenata y, más allá de ese acontecimiento, a la promoción, defensa y preservación de una de las expresiones culturales más poderosas del Caribe colombiano.
Pavajeau fue mucho más que un gestor cultural. Fue, como muchos lo recuerdan, un verdadero canciller: un hombre que dedicó buena parte de su vida a abrirle caminos al folclor, a reivindicar a sus juglares y a defender una tradición que encontró en él a uno de sus grandes voceros. Este trabajo, muchas veces silencioso, fue decisivo. Su historia, sin embargo, no puede contarse únicamente desde los escenarios institucionales. También está hecha de amistades, encuentros y vínculos con algunos de los grandes nombres de la cultura colombiana.
Antes del Festival
Hay un episodio de 1967 que resulta fundamental para entender esta historia. Ese año, Gabriel García Márquez le envió un marconi a Pavajeau con motivo del festival vallenato realizado en Aracataca, un acontecimiento que antecedió al nacimiento del Festival de la Leyenda Vallenata.
Aquel encuentro formó parte de la prehistoria del gran festival que posteriormente tendría a Valledupar como su epicentro. Pavajeau estuvo allí, en ese momento en el que el vallenato mudaba de expresión regional a empezar a ocupar un lugar central dentro de la cultura colombiana.
Los amigos de Pavajeau
Darío Pavajeau fue amigo de Daniel Samper Pizano, periodista y escritor con quien compartió la pasión por el Barça, el vallenato y las historias de sus protagonistas. De esa amistad quedó incluso una pieza que terminó incorporándose al imaginario musical: Los gallos de Pavajeau, vallenato compuesto por Samper Pizano y al que Adolfo Pacheco le puso la melodía. La letra lleva el sello del humor de Samper Pizano.
Pavajeau terminó convertido en personaje de múltiples canciones, una de las formas de entrar a la inmortalidad en el universo vallenato. Basta recordar El caballero noble, de Adolfo Pacheco; Aquella guitarra, de Gustavo Gutiérrez; El abrazo guajiro, de Carlos Huertas; Segundo festival, de Alejo Durán, y Mi canto sentimental, de Poncho Zuleta.
Darío Pavajeau tuvo una estrecha amistad con Gonzalo Arango. En una carta, Arango le expresó el honor que significaría para él ser su “compadre honoris causa”. Era 1969 y el poeta nadaísta retrataba este mundo macondiano para la revista Cromos. Y en el calor de una parranda, los contertulios le ofrecieron a Gonzalo Arango que se quedara a vivir en Valledupar. Al ofrecimiento de unas hectáreas de algodón que prometió Lácides Daza, Darío Pavajeau le sumó, entre risas, unas cabras, dos alcaravanes, una hamaca y gallos de pelea. En su columna ‘Cien años después de Macondo,’ Arango, refiriéndose a esa noche, escribió: “… No es el pensamiento, sino la amistad lo que da valor a la condición humana del vallenato”.
Y estuvo Consuelo Araújo Noguera, con quien Pavajeau entabló una amistad entrañable. Juntos impulsaron la creación y consolidación del Festival de la Leyenda Vallenata. Desde sus inicios, Pavajeau fue su escudero y cómplice de esta gesta cultural.
Un hombre entre la historia y la memoria
Las parrandas de Darío Pavajeau no fueron solo parrandas. Eran escenografías que trascendían la sombra de un palo de mango, donde el huésped ingresaba a un universo cifrado por acordeones. Tanto fue así que muchas veces la gente no era invitada; la gente llegaba ahí.
Hoy la música vallenata ocupa el lugar que merece dentro de la cultura colombiana, en buena medida, gracias al esfuerzo incansable de Pavajeau y de tantos hombres y mujeres que trabajaron para que las historias de sus juglares no desaparecieran más allá de las fronteras vecinales.
Por eso su muerte deja un vacío que va más allá de la ausencia de un nombre. Se va uno de los últimos testigos de los inicios del vallenato. Porque Darío Pavajeau fue un hombre que entendió que el vallenato era una manera de narrar el Caribe. Y quizá por eso su mejor legado no esté en los cargos que ocupó, ni en los festivales que dirigió como miembro fundador del festival vallenato, ni siquiera en los reconocimientos que recibió. Está en algo más difícil de medir: haber contribuido a que una música que nació entre caminos, patios y parrandas terminara siendo reconocida como esencia de la identidad cultural de Colombia.