En estos días, mientras miraba de reojo la agónica realidad del país, mis manos buscaron un volumen delgado pero incendiario: Desobediencia civil (1849), de Henry David Thoreau. Lo abrí y sentí ese escalofrío que solo produce la literatura cuando deja de ser tinta para transformarse en un espejo incómodo.

'Desobediencia civil y otros textos', de Henry David Thoreau. Foto: Fontana
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Para entender este ensayo, debemos desvestir al mito. Henry David Thoreau (1817-1862) no era un salvaje huraño, sino un graduado de Harvard de finísima sensibilidad que se ganaba la vida fabricando los mejores lápices de Massachusetts en la empresa familiar. Introdujo la arcilla para hacer las minas más resistentes, una genialidad técnica que delata su obsesión por la estructura.

Pocos saben que su célebre noche en prisión en 1846, por negarse a pagar impuestos que financiaban la guerra contra México y la esclavitud, tuvo un final cómico. Thoreau anhelaba la pureza del martirio, pero a mitad de la noche, su tía Maria pagó la fianza a escondidas. Al ser liberado a la mañana siguiente, el escritor estaba furioso: el sistema lo expulsaba de su propio sacrificio. De esa frustración nació este ensayo imperecedero.

En Desobediencia civil encontramos el fluir de una conciencia ética insurreccional y su único personaje real es el Individuo frente al Leviatán. A grandes rasgos, el texto se articula en tres grandes momentos: la crítica a la mayoría autómata que sirve al Estado mecánicamente, la supremacía de la conciencia sobre la ley escrita y la cárcel como el único hogar digno bajo un gobierno injusto.

La Colombia actual asiste a un escenario de tensiones institucionales extremas. Por un lado, la alarmante postura del presidente Gustavo Petro al no reconocer plenamente ciertos dictámenes y resultados electorales adversos, argumentando una supuesta legitimidad popular superior. Por el otro, la ruidosa declaración en “desobediencia civil” del candidato vencido Iván Cepeda, utilizando el concepto como trinchera política.

Aquí, el análisis se vuelve imperativo. Existe una distancia sideral entre la desobediencia moral de Thoreau y la conveniencia política contemporánea.

Thoreau no desobedecía para capturar o destruir el sistema; lo hacía para purificarlo desde los márgenes, aceptando con estoicismo el castigo legal.

Retrato del autor, poeta y naturalista estadounidense Henry David Thoreau. Foto: Getty Images
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Psicológicamente, lo que vemos en la arena nacional no es la objeción de conciencia de un alma libre, sino el alebrestamiento de dos narcisismos y narcisos políticos. Cuando el gobernante debilita las reglas del juego, incurre en una soberbia estatal que Thoreau habría despedazado. Y cuando la oposición recurre a la desobediencia no como un acto sacrificial, sino como estrategia para no aceptar la derrota, la hermosa teoría de Thoreau se devalúa en mera retórica partidista.

Sociológicamente, el peligro es la anomia. Si el líder desconoce los resultados y el perdedor desconoce la autoridad, el contrato social se disuelve. Thoreau nos enseñó que la desobediencia es un acto pedagógico y pacífico para apelar a la conciencia colectiva, jamás un arma para sembrar el caos o aferrarse al poder.

Cierro el libro y miro por la ventana. Qué falta nos hace Thoreau: no para incendiar las calles, sino para encender la dignidad silenciosa de nuestras almas.

Desobediencia civil y otros textos; Editorial Booktrade; 126 páginas; 2024.

*Magíster en Literatura y librera.