Hace unos años, en 2022, escribí en este mismo portal un artículo titulado “La audiencia de la JEP sobre el secuestro es historia desgarradora, sanadora y necesaria de ver”; así que ya saben por dónde irá el cauce de este río.
En ese entonces, no me pudo conmover más lo que estaba sucediendo, transmitido en vivo por YouTube al país, como un espejo de transparencia en una tierra que por décadas hizo deporte nacional darle la espalda a la verdad. Se hizo obligatorio mencionarlo, exaltarlo, valorarlo, por la capacidad de proyectar un país que procesa sus páginas más oscuras sin pretender que se puede sepultar el dolor de cientos de miles y avanzar. Porque es claro que así no se puede avanzar.
Sí, se la critica a la JEP por demorada, por desbalanceada, por que las penas no corresponden a lo que cada lado quisiera. Y cada caso admitirá, sin dudas, debates válidos. Pero el hecho de que se la ataque con constancia y se la amenace incluso en su NECESARIA existencia, prueba su inmenso valor. No es perfecta pero existe, y hay que mantenerla.
Ha pasado algo de tiempo desde que escribí sobre esa audiencia que abordó el secuestro perpetrado por las Farc-EP. Desde entonces, han tenido cientos de audiencias (de varios tipos), y para muchos como yo se normalizó el hecho de que tuvieran lugar. Pero esto no es paisaje. Jamás lo es.
Es lo contrario, de hecho, para las víctimas de crímenes, ya sea perpetrados por guerrilleros, paramilitares, o fuerzas del Estado. Cada vez que escuchan lo que sucedió con sus familiares, hijos, padres, madres, hermanas, lloran, claro, pero SABEN, al fin saben qué pasó con ellos. Después de días, meses, años, décadas de angustia, pueden pasar la página. El no saber representa un peso enormemente cruel que todavía cargan demasiados colombianos.
Lo que no me había quedado totalmente claro, hasta ahora, o quizá no en su justa dimensión, es que estas audiencias también representan un ritual catártico para los victimarios; aquellos que aceptan sus crímenes y logran dejar atrás el peso de la culpa, pueden también proyectarse distinto.
¿Por qué hasta ahora? La culpa la tiene un video hermoso, de una Audiencia que tuvo lugar el 26 de marzo de este año. Registra el momento en el que Rosalba Angélica Quintero de Giraldo y Yésica Natalia Giraldo Marín, madre e hija de John Darío Giraldo Quintero, le proponen un abrazo de perdón al victimario de su padre y de su hijo, Andrés Mauricio Rosero Bravo.
“Yo sé que no es fácil para usted”, le dice Yésica Natalia a Rosero, con su abuela al lado. “Pero aquí estamos. Ustedes asumiendo su responsabilidad y nosotros aquí enfrentando este dolor. De parte de mi abuela y de parte mía, como muestra de nuestro perdón real y sincero, queremos brindarle un abrazo, si lo permite, si lo desea”.
El teniente retirado ordenó el asesinato en septiembre de 2003, en la vereda El Jordán de Cocorná, Antioquia, presentándolo falsamente como baja en combate, haciendo de John Darío uno de los casi 8.000 mal llamados Falsos Positivos. Se les llame como se les llame, cada uno le pesa profundamente a sus familias y, también, a algunos de los hombres con algo de consciencia que ordenaron ultimarlos.
Ante el gesto de las dos mujeres, que por 23 años años sufrieron el limbo de la ausencia de su familiar, Rosero Bravo cae de rodillas y estalla en lágrimas. Rosalba y Yésica van entonces a su encuentro, lo abrazan mientras él llora. Lo cobijan con sus brazos y él les pide perdón entre sollozos. Les asegura que es hoy otro hombre.
“Este es un momento que necesitábamos, para poder sanar y dejar salir este dolor”, le dice Yésica Natalia. Le agradece estar ahí, darles la cara, y expresa el deseo de que muchas más familias puedan sentir algo parecido. Andrés Mauricio Rosero Bravo también necesitaba ese momento, y muchos como él. De eso no queda duda.
Quizá Colombia sí se divide en dos. Entre aquellos que en estos gestos ven la prueba innegable de que este es el único camino hacia un país en paz, y quienes, quizá por temor a lo que significa confrontar la verdad y las consecuencias que traiga, rechazan que esto suceda.
Esa propuesta de abrazo, esas lágrimas catárticas del oficial retirado, ese abrazo que ellas propician y dan, también me llevaron a mí a las lágrimas. Y menos mal. En días de contenidos virales diseñados para adormecernos y un bombardeo por parte de la IA que servirá para engañarnos, este encuentro en esta audiencia representó un acto de fe en la humanidad vibrante de los colombianos y las colombianas. Porque podrían propagar odio y exigir venganza, y nadie los culparía, pero optan por el amor y el perdón para seguir adelante con sus vidas. Esto trasciende incluso a la JEP. Es enorme. Es todo.
Por eso se hizo necesario consignarlo aquí, por escrito, en medio de torbellinos electorales que vuelven a agitar la amenaza de cerrar la JEP, de atacarla “por desbalanceada, por calumniadora, por laxa”. No es perfecta, pero es casi un milagro que exista y permita sanar.
Tras ver este abrazo y llorar con un victimario que ya puede dejar de serlo, se pregunta uno, ¿quién en sus cabales puede ir en contra de algo así?