Es buena señal ir a cine y quedar sumido a la vez en la oscuridad y el desconcierto de la existencia. Luego de ver lo divino y lo brutal, lo imaginable y lo incontestable en las maneras humanas y sus destinos, es necesario dejarse procesar unos minutos lo que se acaba de recibir mientras los créditos suben (y en este caso, ofrecen información pertinente en forma de ilustraciones).
El testimonio de Ann Lee tuvo ese efecto en esta tribuna. La sensación no es triunfal, es trascendente, con algo de vacío. Exigió una pausa. Una quietud. Al final, se reconoce un arte, y en él, personajes difíciles de encasillar, que se admiran, que se temen, que se cuestionan. No es una experiencia “fácil”, pero vale la pena, como vale la pena una pintura que muele el alma y confunde a la vez, y obviamente se agradece haber visto.
Cuestiona, esta película, reta lo que vemos como audiencia, lo que aplaudimos y juzgamos de estos personajes devotos de la fe propia, en contra de la establecida (y, por eso, tarde o temprano, perseguidos). Todos, desde nuestra balanza particular, juzgamos a su protagonista Ann Lee y a su séquito: ¿a quién? Anne Lee una luchadora de su propia causa, convencida, apaleada, fustigada desde niña, incansable, imparable en su fe y su método. Vivió entre 1736 y 1784, alcanzando los 48 años que se sintieron como tres vidas.
Hoy, dos siglos y medio después, en este planeta abundan predicadores tocados por Dios, en su mayoría charlatanes, mercaderes de la fe. En su mayoría, siempre lo fueron, muchos, pero Ann Lee lo vivió como su llamado. Y lo hizo en un momento en el que la sociedad se preguntaba, ¿puede ser predicadora una mujer?, ¿debe?, ¿cómo se atreve? Hacer daño no fue lo suyo, dice la leyenda, así haya sido categórica en sus preceptos...
Inquietante e intensa, esas palabras encapsulan la experiencia de esta película (que agradece a cuatro libros como fuente de inspiración e información). Predicadora, precursora, tocada por Dios según ella y los seguidores de su particular culto religioso, en la segunda mitad del Siglo XVIII, en los dos lados del océano Atlántico, Ann Lee dejó huella con sus prédicas y prácticas religiosas. Y una directora sin temor a moverle el piso, la noruega Mona Fastvold, la hace cine.
El cuento se relata a modo de leyenda... hay lugar para los designios divinos, pero también para enormes dolores y demasiadas injusticias y persecuciones humanas (que solo han cambiado de estadio). Tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos, en tiempos de guerra de independencia, Ann Lee fue encarcelada, perseguida, pero no desfalleció hasta hacer de su congregación una realidad impensada. ¿Dios es mujer? Cómo se atreve. Y ahí, la línea entre divina y bruja también es fácil de trazar... Perseguida, perseguidas siempre.
En un rol que le merece aplausos, en el que vuelve a demostrar que la actuación es lo suyo, y si implica canto, aun mejor, Amanda Seyfried es Ann Lee, la impulsora de los Shakers, una congregación con una particular forma de devoción: cantos y danzas rítmicas. Para el ojo desnudo, un acto de locura, casi de posesión. Esto, además de otra condición clave: un celibato sin concesiones (al que su marido cede, cuanto puede). Desde niña, Ann Lee sintió que el acto carnal iba en contra de la pureza. La vida adulta y sus dolorosos intentos por tratar de ser madre solo le probaron lo que siempre supo y siempre predicó. No se queda atrás Thomasin McKenzie en el rol de la escudera fiel de Ann Lee, Mary, que también relata el cuento.
El rodaje, y esto se siente en cada minuto de sus más de dos horas, fue ambicioso para grandes efectos. Ann Lee se filmó en 35mm y aprovechó una impecable selección de locaciones y recreación de entornos, entre Hungría y Suecia, en lo acaudalado y lo rústico. La dirección de arte está a la altura en cada paso.
Por otra parte, una muy importante que a muchos puede ahuyentar y a otros tantos atraer, recreó y capturó coreografías extáticas, registrando la vibración misma del culto, la percusión de la expiación, la repetición ritual de decibeles a la redonda, la respiración casi tribal. Y la canción, porque hay canciones. No se sienten muchas, no son pocas, pero tienen sentido y las voces suman a la emoción que carga cada una.
Y sí, las visiones que se vuelven realidad y validan los hechos y decisiones son claves en este mundo de Ann Lee y sus allegados. Su hermano (gran rol de Lewis Pullman, hijo de Bill), su sobrina, Mary, su benefactor y más seres cercanos visualizan lo que viene en sus sueños que se suelen materializar... en este tiempo menos científico pero algo más conectado con lo inexplicable que nos gobierna de todas formas. Para bien y para mal. “Todo en su lugar, y un lugar para cada cosa”, como dice Ann Lee...
La leyenda cuenta que, entre varios hechos milagrosos, sobrevivieron el viaje en alta mar de Mánchester al nuevo mundo (Nueva Inglaterra), esquivando la muerte por designio de ángeles protectores. Así, la Madre Ann Lee logró compartir el evangelio con otras personas, al continente donde terminaría su vida y, a la fecha, unos cuántos todavía cargan su legado...
Mona Fastvold y su marido Brady Corbet coescribieron The Brutalist, una película que dirigió él y fácilmente pudo haberse llevado el Óscar a mejor película en 2025 (le tocó perder en “el año de la cinta independiente”, con Anora).
Mona Fastvold y su marido Brady Corbet también coescriben El testimonio de Ann Lee, y se siente la huella de esta pareja creativa que no teme nadar en aguas densas. Son su campo de exploración. La noruega Fastvold imprime sello desde varios aspectos, incluido componente feminista y precursor de la vida misma de Ann Lee como esposa retirada a la fuerza del destino y su posterior lucha como líder religiosa. Y sí, también se siente su dirección desde el ángulo musical y performativo que este culto practica(ba).
Así, Fastvold y su equipo comprometido conjugan una obra de arte difícil de definir, que agita sensaciones encontradas y preguntas internas sobre la vocación, sobre la fe, los lazos y sus límites, y sobre los tardíos años 1700, antepuestos al presente... Este maldito y bendito presente en el que no cae mal un poquito de fe.