SI EL BULLERENNGUE, los alabaos del Pacífico y tantos otros sonidos de las regiones ahora suenan por el país y el mundo recibiendo el respeto y la apreciación que merecen, es en gran parte por una pionera que tuvo que estallar por fuera (gracias al disco La Candela Viva, producido por Richard Blair y lanzado en 1993, que la hizo un fenómeno del world music) para ser reconocida en Colombia. El país hoy se regocija por cuenta de un folclor al que le dio la espalda por décadas, pero es mejor tarde que nunca (y falta mucho por exaltar). ¿Es la única? No, representa a miles de voces, músicas y músicos. ¿Fue única? Sin duda.
Totó la Momposina, nacida Sonia Bazanta Vides en 1940 en Talaigua Nuevo, Bolívar, hija de tamborero zapatero y cantaora en tierra de campesinos, se propuso seguir el camino de sus padres y antepasados propagando comunidad y sentimiento. Lo logró forjando un camino monumental desde una voz a través de la cual fluye Colombia. En sus cantos, Totó transmite no solo un genuino gozo (en “Adiós, fulana”, por ejemplo), sino también un profundo clamor de justicia, una exaltación por los territorios, su memoria y el arte que de ellos emana, que hacen de este el hermoso país que es. “Adiós, morenita. Adiós, Mulata…”.
Bullerengue, cumbias, mapalés, bailes cantados y otros más fueron sus vehículos de expresión desde finales de los sesenta, con una agrupación a la que dio vida en Bogotá, una ciudad que las recibió a ella y a su familia, pero también les exigió resistencia. Los ritmos que asumió en las décadas de música le permitieron expresarse desde una versatilidad transversal, pero Totó hacía muy suyo todo lo que interpretaba. Se puede decir, incluso, que hizo suya una ceremonia en 1982, en Suecia, cuando Gabo recibió su premio Nobel y la incluyó entre su comitiva (la reina le pidió seguir cantando por siempre, y eso hizo mientras pudo).
El alma de la maestra se elevó a otro plano el 17 de mayo de 2026; su voz física ya se había apagado años atrás, pero esto no marca “La acabación”, porque su legado jamás dejará de definir esta tierra, de la cual representó lo mejor, combatiendo lo peor con su arte vehemente, una causa de vida con la que aún inspira a miles y toca a millones.
En su honor, la maestra Nidia Góngora conjuró, junto con María Celia Zúñiga y Yuly Magaly Castro, las cantoras de Canalón de Timbiquí, una hermosa versión de “El pescador”, una canción que emocionaba a Totó en cada interpretación (y así a su público, pone la piel de gallina). Al respecto de la huella de Totó, la nativa de Timbiquí le dijo a Arcadia: “Como cantora, siento una gratitud infinita hacia ella y su legado. Siempre he admirado a las mujeres que asumen el riesgo de luchar por mantenerse en este mundo del arte y la industria musical, que es hermoso, pero bastante difícil. Un alabao para ella. Todo el honor y los homenajes para quien en vida le dio tanto a este país, dentro y fuera”. Para Góngora, Totó no es solo un ícono importantísimo del folklore colombiano que logró penetrar la industria, promoviendo, circulando con estos cantos que forman parte del folklore, “es un referente para todas las cantoras y cantadoras que dedican su vida y esfuerzos al camino de difusión, visibilidad y salvaguarda de nuestras músicas tradicionales”.
Tocó al Pacífico, al Caribe que la parió, a Colombia entera, y eso incluye a Bogotá, donde sus semillas performativas alimentaron la curiosidad de músicas fantásticas. Una de ellas es Roberta Léone, una percusionista que desde agrupaciones como La Perla, La Sonora Mazurén y La Rueda suma al legado de la mujer creadora, creativa, transformadora. Léone (su nombre real es Giovanna Mogollón) comparte que vio a Totó varias veces en el Teatro Colsubsidio. “Siempre me llamó mucho la atención su puesta en escena y su espectacular manejo del escenario. Lo hacía suyo. Miraba al horizonte y llenaba todo el espacio, se movía, bailaba, con una gracia muy linda”. Y el que Totó hubiera estudiado Historia de la Danza, Coreografía, Ritmo y Organización de Espectáculos en la Sorbona de París se reflejaba en su entrega. “Su majestuosidad era notoria. Realmente se veía muy grande en el escenario”, explica.
Léone cuenta también que, en el proceso de hacer su tesis sobre el consumo cultural de gaitas en Bogotá, conversó con ella en 2005. “Hablamos de cuando llegó a Bogotá, a vivir en El Restrepo”. Toda su familia cantaba: su abuela, su mamá, su hijo, y ellos hacían sus fiestas los fines de semana; hacían sancocho y tocaban, y los vecinos los trataban muy mal. Les gritaban: ‘Negros, ¡dejen esa bulla, cállense!’. Desde ese momento, Totó ya hacía resistencia contra el racismo y la exclusión en las ciudades”. A Léone le resulta diciente el hecho de que esa música que no es del interior haya cogido tanta fuerza: “En este momento hay demasiada gente joven en Bogotá tocando tambores, sea gaita, sea bullerengue. Gente de 17 a 20 años haciendo colectivos. Y los ve uno aprendiendo, tocando, viajando a la región”, y eso es obra de pioneras como Totó. Ella fue un punto de entrada, de interés, de sentimiento y de investigación.
EMPEZÓ EN LOS SESENTA, PERO LA SUYA JAMÁS FUE MÚSICA DE UNA GENERACIÓN ANTERIOR. TOTÓ FUE Y SEGUIRÁ SIENDO INTEMPORAL.
Acordeonista, compositora y cantante de Santander que viene escribiendo un nuevo capítulo del vallenato junto con una generación de mujeres de Valledupar y otras regiones del resto del país, Diana Burco exalta el impacto liberador de la música y las maneras de Totó. “En esa ausencia de referentes para mí dentro del acordeón y dentro del vallenato, decidí ampliar mis búsquedas para tomar algo que me diera y me emanara la fuerza que necesitaba”, explica, “y ahí estaban las cantaoras de bullerengue, y ahí estaba Totó”. Burco, juglara que viene presentando un bello trabajo de homenajes, exalta además que, nadando la obra de la bolivarense, descubrió su tarea intrépida y muy profunda en la interpretación en muchos géneros. “Tengo muy presente una canción que ella grabó que se llama Sueño español, que realmente es un merengue que escribió Luis Enrique Martínez. Y para mí era profundamente revelador ver cómo ella asumía todas estas obras desde muchos ritmos que acompañan el Caribe, y sentirme capaz a través de ella de asumir las cosas como yo quisiera”.
“¡Que viva Totó y que viva su legado! ¡Que viva el ritmo afrocolombiano, que viva la cumbia, el garabato, que viva todo eso, que viva!”, expresa Luis Miguel Caraballo, cantante de la agrupación Bullenrap, que pone a dialogar el rap con la tradición musical de los Montes de María y los legendarios cantadores, cantadoras y percusionistas de Sucre y Bolívar. Para él, “Totó reivindica lo que somos. Agarra nuestra tradición, la catapulta al mundo, transforma ideas y vidas, llena los corazones de alegría, lleva nuestra herencia, representa la resistencia, la resiliencia, el valor de poder ser americano, colombiano; de conocer las raíces de dónde venimos y también ese deseo de impulsarnos hacia dónde vamos, hacia dónde queremos ir, hacia dónde nos soñamos como territorios, como individuos que habitan territorios colectivos”.
El camino la vio actuar por décadas, hasta 2022, en el primer Festival Cordillera, donde se despidió de las masas que tanto inspiró. Consciente de que su voz y su cuerpo ya eran muy frágiles, le dio al público lo máximo que podía, su enorme presencia. En el fondo, se trataba de que ella recibiera el amor de la gente, y eso sucedió por medio de carteles preparados, llenos de cariño y devoción.
“Ella llegó con su familia, con sus hijas, con los músicos que la han acompañado, muy lista y preparada. Había ensayado mucho y se había cuidado para ese día”, cuenta Miguel Santacoloma, de Páramo Presenta, sobre un espectáculo que le significó encontrarse con audiencias más jóvenes, que mantuvieron su legado vivo. “Totó fue una artista clásica y legendaria, pero nunca dejó de ser contemporánea y actual”, explica. “Y justo en ”Aguacero de mayo", una llovizna acompañó el momento”. No fue coincidencia. Ya había pasado en 2017, cuando se presentó en el FEP. “Totó tenía ese poder. Su voz podía invocar las fuerzas de la naturaleza”.