Solo en una coyuntura en la que Warner Bros., un estudio legendario que en los Óscar 2026 recibió más reconocimiento que cualquiera, busca fusionarse con el conglomerado Paramount para gusto de los accionistas y terror de la comunidad creativa, una película como Coyote vs. ACME podía correr con una suerte tan inusual...
La producción, escrita por Samy Burch y dirigida por Dave Green, se filmó, se animó, se proyectó, recibió reacciones muy positivas y luego fue archivada por el estudio. Sabemos que no la archivaron por “hueso”. Se trata de una inteligente y pertinente sucesora de lo que Roger Rabbit generó en 1988, cuando se convirtió en la primera producción en mezclar caricaturas con actores de carne y hueso (que la primera Space Jam supo recapturar, en menor pero entretenida medida, en 1996). El estudio, y esto lo reveló sin reparo, la archivó para buscar deducciones impositivas. ¡Gracias, capitalismo!
WB fue irrespetuoso con su propio patrimonio de caricaturas inolvidables y personajes eternos como Bugs Bunny, el Pato Lucas, el Gallo Claudio, Silvestre y Piolín, Marvin el marciano, entre otros más, incluyendo el Coyote y el Correcaminos, protagonistas centrales de esta vieja-nueva película terminada en 2023. El estudio infló una expectativa y luego cortó el chorro. Pero millones de seguidores en el mundo, educados por Looney Tunes a lo largo de su infancia y juventud, expresaron lo insultados que se sentían. Esto dio pie a una notoria acción colectiva que amenazó boicots globales y empujó a WB a venderla a otra distribuidora. Por eso, tres años después de terminada, se vio en su país de origen y ahora se ve en Colombia. (En los créditos finales, los realizadores agradecen a ese público que no la dejó engavetar).
No sorprende el hecho de que el universo Looney Tunes sea asi de amado, porque estos personajes y estas caricaturas (que desencadenan su propia fanfarria sonora asociada al letrero de That’s All Folks) acercaron a generaciones enteras a la creatividad, a la sagacidad, al ingenio, al humor y a la irreverencia, y también a artes inesperadas como la música clásica y la ópera (con episodios memorables como El conejo de Sevilla, en una barbería).
El estudio que los creó ignoró el valor sentimental de sus personajes, especialmente del que durante toda su carrera ha navegado el fracaso: Wile E. Coyote. En su búsqueda por atrapar al Correcaminos en el vasto desierto de Nuevo México, el coyote dejó por décadas una inesperada lección de perseverancia. Humillado, sí, pero jamás dejó de levantarse y seguir intentándolo. Y bien es sabido que, en medio de sus infructuosos intentos, la bestia confió siempre en una corporación que la llenaba de promesas falsas y productos fallidos: ACME.
El giro inesperado de la película viene precisamente de su “adultez”. Sin querer queriendo, como víctima recurrente de una corporación gigante que le falla, la trama lleva al Coyote y su patológica obsesión al centro de un proceso legal. En ese sentido, su camino se hace paralelo al de Kevin Avery (Will Forte), un abogado de poca monta (conformista quizá lo describe mejor) que en su bufete suele conciliar casos de otras víctimas de ACME por poco dinero.
Por accidente y por impulso de una joven abogada con ideales aún vivos (Paige, interpretada por Lana Condor), este se ve obligado a enfrentar a la gran bestia ACME representando al Coyote. Es una demanda gigantesca. La corporación se muestra prepotente desde la acción de su abogado Buddy Crane (John Cena) y su cabeza, un Gallo Claudio cancherísimo y vendehumos, como siempre.
Detrás de los muchos chistes de situación y de guion, y de apariciones de personajes icónicos de este universo, la película deja mensajes importantes. Eleva conceptos de amistad, de valor propio y de unión ante las grandes compañías y sus deseos (denunciando valiente y metafóricamente el testeo animal). Y vale anotar que en sus casi dos horas consigue un gran balance al ofrecer acción y ocurrencias capaces de entretener a chicos y desarrollar temas dirigidos a los adultos de la sala que crecieron con estos personajes. Esos mismos que hoy navegan el caótico siglo XXI y saben que la vida no se trata de no caerse, sino de cómo levantarse.