Pregunta: Al principio tenía cierta prevención porque sabía que eran relatos cómicos y siempre he pensado que es muy difícil de plasmar. Pero me encontré con dos cosas que me impresionaron especialmente: el registro del humor y el de la oralidad. La oralidad paisa es muy rica y desafiante a la hora de llevarla a la literatura.

¿El humor ha sido siempre un territorio en el que se mueve como autor o Bebestiario representa una exploración particular?

David Betancourt: Me gusta que hayas usado la palabra “comedia”, porque creo que hay que diferenciarla del humor.

La comedia puede ser un humor más sencillo, más inmediato. El humor, en cambio, tiene otras capas: la ironía, la crítica, el sarcasmo, el humor negro. Y eso es lo que está en Bebestiario.

No se trata de reírse por reír. Hay un código con el lector. A veces uno se ríe porque los personajes pierden, ya que hay una crítica escondida o porque se molesta a ciertos escritores que todo el mundo considera estrellas de la literatura colombiana.

Por eso digo que en este libro hay humor, no comedia.

Además, la etiqueta de “literatura de humor” puede perjudicar una obra. Hay muchos prejuicios porque gran parte de lo que se vende como humor es muy pobre: humor blanco, reírse por una caída o por comentarios homofóbicos, racistas o misóginos.

Pero si uno mira la gran literatura, encuentra muchísimo humor. El Quijote está lleno de él. Jorge Ibargüengoitia es un escritor de humor. Entonces, quizá habría que dejar de etiquetarlo tanto: es literatura que, además, nos hace reír.

Y el lenguaje es fundamental para mí. Yo creo que el lenguaje en mis libros es un personaje. Tiene la trascendencia de un personaje y, a veces, puede estar incluso por encima de la trama.

Me interesa que la literatura se sienta hablada, pero que no sea una simple transcripción de alguien hablando. Que tenga oralidad y, al mismo tiempo, elementos estéticos.

Es mucho de lo que en Medellín llamamos parlache: lenguaje popular contado con soltura, sin miedo a las vulgaridades ni a las palabras que realmente usamos.

Esa es una apuesta estética muy importante para mí.

Y se siente muy trabajada. No hay un exceso de groserías: cuando aparecen, están bien puestas. Uno siente que está leyendo algo muy oral, pero también elaborado. ¿Le fluye naturalmente o hay mucho trabajo de carpintería?

David Betancourt: Hay un término que me gusta mucho: la secreta complejidad.

Cuando uno lee algo que fluye y parece sencillo, mucha gente piensa: “Eso lo escribo yo”. Pero es todo lo contrario. Para que un texto fluya de esa manera se necesita muchísimo trabajo.

En mis libros puede parecer que uno está escuchando a unas personas conversar en una sala o entre amigos. Pero hay demasiada carpintería detrás.

Yo hago estructuras, escribo, reescribo, vuelvo a leer, vuelvo a corregir. Es un trabajo de arquitectura.

Durante mucho tiempo tuvimos la idea de que la literatura tenía que ser complicada, ladrilluda, difícil de atravesar. Yo creo todo lo contrario: la buena literatura puede complicarnos los pensamientos, pero no necesariamente la manera en que se entrega.

La prosa debería fluir como si estuviera montada en patín.

En Beber para contarla hay una reflexión sobre la literatura. Hay homenajes, juegos con escritores y una presencia muy fuerte de México.

¿Cómo se cruzan ahí su relación con la tradición literaria, el alcohol y México?

David Betancourt: México es muy importante en el libro porque yo lo escribí allá. Me fui a vivir en 2014 y estuve más de diez años. Bebestiario fue el primer libro que escribí en México.

Llegué con la idea del mexicano como gran bebedor de tequila y mezcal, y descubrí que nosotros, los paisas, somos mucho más compulsivos para beber.

Además, yo llegué con problemas de alcohol. Era difícil sentarme a escribir un libro sobre el trago mientras yo mismo estaba atravesando ciertas cosas.

Pero Bebestiario no es un libro moralizante. No dice “no tomen” ni “tomen”. Lo que hace es trabajar con los lugares comunes del alcohol: la infidelidad, la violencia, el que regala todo cuando está borracho, el que se pone sentimental y no deja de decirte que te quiere.

Y también está el absurdo.

Yo venía de Medellín, donde podía salir caminando con un trago en la mano, y en México eso no se puede. Entonces empecé a jugar con esa diferencia. Por ejemplo, los poetas meten el alcohol en teteros para que la policía no los pare.

Son juegos humorísticos muy cercanos al absurdo.

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El primer cuento ganó el Premio La Cueva. Yo pensaba que quizás había escrito primero ese relato y después reunido otros sobre el alcohol. Pero el libro parece tener una unidad muy fuerte. ¿Cómo fue su construcción?

David Betancourt: Bebestiario se publicó por primera vez en 2016 con la Universidad de Antioquia.

Esta nueva edición salió diez años después. Quité dos cuentos que ya no me gustaban, entraron tres nuevos y, además, se reescribió mucho. Para mí es prácticamente otro libro.

Pero desde el principio no pensé en cuentos aislados que luego iba a reunir. Mi proyecto era escribir un libro sobre el trago. Lo pensé completo, casi como si fuera una novela.

Tenía distintas historias: un muchacho que intenta escribir una novela y el alcohol lo obliga a interrumpirla; unos personajes que descubren un trago que no solo sirve para beber, sino también como loción, para quitar el guayabo o hasta para curar la cirrosis.

Primero existió el proyecto y después fui escribiendo los cuentos.

Volver diez años después, quitar cuentos y reescribir otros debe ser conflictivo. Muchos autores consideran que un libro publicado ya no se toca.

David Betancourt asume la ficción como un territorio en el que caben el humor, la grosería, el absurdo, la crítica y el parlache. Foto: Laura Morales - Penguin Random House

David Betancourt: Si el libro me da una oportunidad de mejorarlo, lo mejoro.

Aunque tampoco uno sabe si realmente lo está mejorando o empeorando. Las primeras versiones tienen una espontaneidad que puede perderse cuando uno quiere perfeccionar demasiado.

Pero yo estoy mucho más contento con esta versión.

Se dice que escribir es reescribir, y estoy de acuerdo. Uno termina una primera versión y ahí empieza el verdadero trabajo: pulir, podar, recortar.

Y también hay que luchar contra el ego. Decir: “Esto lo voy a quitar”, “esto no funciona”. Eso cuesta mucho.

Leyendo los cuentos, pensé inevitablemente en Fernando Vallejo. No como una imitación, sino como una presencia muy clara. ¿Qué lugar ocupa en su literatura?

David Betancourt: La influencia de Fernando Vallejo en mi literatura es innegable.

Para mí es el escritor vivo más importante de Colombia. Y hay algo que me hizo replantearme la literatura: no siempre lo más importante de un libro tiene que ser la trama.

Uno no lee a Vallejo por la trama. Lo lee porque tiene un estilo único. Es una marca.

Vos podés leer una página de Fernando Vallejo sin saber quién la escribió y sabes inmediatamente que es de él.

Eso es fundamental para mí: el estilo, una voz propia.

Y yo también busco eso. Está bien contar historias, pero no solamente contar historias. Me interesa que haya algo que distinga al escritor.

Que la literatura no sea tan doméstica. Que esté bien molestar, incomodar, echar pullas y asumir riesgos.

Fernando Vallejo es un escritor del que hay que aprender muchísimo.

Justamente estaba leyendo Chapolas negras cuando me llegó su libro. Y esa otra faceta de Vallejo, la de las biografías, me parece extraordinaria.

David Betancourt: Sí. Y ahí aparecen figuras que también son importantes para mí: Fernando Vallejo, García Márquez, Porfirio Barba Jacob. Todos tienen, de una u otra manera, una relación con México.

Y hay algo que también heredé de Vallejo: la primera persona.

Yo ya me siento prácticamente incapaz de escribir en tercera persona. La primera persona crea una cercanía mayor y está muy ligada a mi personalidad. Me permite que los narradores fluyan.

Eso también es muy vallejiado.

Otra presencia fundamental es Medellín. Yo estuve allí por última vez en 2014 y siento que en tus cuentos aparece una ciudad distinta de la que uno consume a través de los medios o del turismo.

Hay una Medellín urbana, viva, contradictoria, que dentro de veinte años puede ser fascinante leer como retrato de una época.

¿Cómo construyó esa relación entre su literatura y la ciudad? ¿La distancia de México le ayudó a verla de otra manera?

David Betancourt: Toda mi literatura está centrada en Medellín. Vive ahí.

Todos mis cuentos y novelas transcurren en Medellín, con algunas excepciones. Los hijueputas, por ejemplo, está entre Medellín y México.

Es una ciudad que uno adora, pero también odia. Tiene todo lo bueno y todo lo malo.

Hay lugares que no se pueden caminar, sectores muy difíciles, zonas marcadas por la prostitución. Pero también está el Parque del Periodista, que es un referente de la cultura, del arte y de los bares.

Es una ciudad profundamente contradictoria. Y la Medellín de mis libros también es una Medellín literaria. Un personaje puede hacer un recorrido que, en términos reales, sería imposible. Pero en literatura puede llegar volando si yo quiero.

Lo que me interesa es la ciudad y también la forma de ser de la gente que la habita.

Medellín es una ciudad muy conservadora, pero culturalmente muy fuerte. Por eso es una ciudad para querer, pero también una ciudad que se deja odiar.

Sus cuentos, además, no son efectistas. No hay un giro puesto simplemente para sorprender al lector.

David Betancourt: Esa palabra, “efectista”, me parece muy importante.

Mucha literatura colombiana es demasiado efectista. Son libros construidos para que uno se quede únicamente con la trama y con una sorpresa final.

A mí me interesa otra cosa. Me gusta la literatura que asume riesgos, incluso el riesgo de que no te lean o de que un lector abandone el libro.

Hay autores que van por ese camino. Enrique Vila-Matas, por ejemplo. Sus libros no son para todo el mundo: están llenos de juegos, humor y riesgos.

Y escribir así implica poner en juego también a los lectores. Yo, por lo menos, no escribo pensando en un lector específico.

Eso también se relaciona con su estética. ¿Cambia cada vez que empieza un proyecto?

David Betancourt: Yo creo que todos los autores se repiten. Por más que uno intente hacer algo diferente, siempre vuelven ciertos temas, obsesiones y formas de escribir.

Mis primeros libros estaban más cerca del cuento clásico, de Poe o Quiroga, donde uno mantiene la tensión y al final hay un golpe.

Pero los escritores se hacen de acuerdo con sus lecturas.

Yo soy más lector que escritor y siempre me ha interesado leer lo que no necesariamente lee todo el mundo.

Me gustan Saer, Roberto Arlt, Felisberto Hernández. También tengo una inclinación muy fuerte hacia el ensayo literario, hacia esa tradición de Montaigne: escribir sobre cualquier cosa y dejar que el pensamiento divague.

Todo eso termina entrando en la escritura.

Mi voz se repite en todos mis libros, pero intento hacer algo diferente cada vez.

La conjura de los vicios, por ejemplo, tiene narradores completamente desbordados y lleva el absurdo al máximo.

El fracasador, en cambio, es mucho más contenido. Es un libro de escritores para escritores, lleno de crítica literaria, juegos y metaliteratura.

La conjura de los vicios también parece jugar desde el título con La conjura de los necios.

David Betancourt: Es un juego, incluso aparece Ignatius caminando por ahí. Hay referencias y guiños a la novela, que para mí es una de las grandes obras de la literatura.

Y es, además, una gran novela de humor.

Como asume tantos riesgos, imaginé que tal vez escribe mucho material que después termina desechando.

David Betancourt: Curiosamente, no. Uno podría pensar que soy de esos escritores que escriben una página, la arrugan y la botan. Pero soy muy psicorrígido cuando estoy escribiendo.

Para mí escribir es dificilísimo. Yo pienso el libro completo. Ni siquiera pienso primero un cuento: pienso un libro de cuentos. Hago estructuras, bocetos, mapas. Puedo pasar años trabajando en eso antes de empezar a escribir.

Cuando ya tengo todo el recorrido, entonces empiezo. Es como si primero dibujara todo y después me pusiera a colorear.

El problema viene después de publicar. Ahí empiezo a arrepentirme.

Uno termina creyendo que escribió una maravilla, pero pasan los años, se relee y piensa: “¿Pero qué fue esta mierda?“.

¿Y por eso vuelve sobre los libros y los modifica?

David Betancourt: Siempre pongo el ejemplo de Manuel Mejía Vallejo. Durante mucho tiempo no quería reeditar Tierra de nadie porque decía que le daba vergüenza.

Y después explicó algo muy bonito: “El que escribió ese libro no soy yo. Era un man que se llamaba Manuel Mejía Vallejo hace cuarenta o cincuenta años”.

Eso pasa. Por eso trato de no releerme demasiado. Porque termino cambiando cosas.

Bebestiario perdió dos cuentos y ganó tres.

Y Ataques de risa, que tuvo dieciséis cuentos y ganó varios premios nacionales, terminó quedándose en diez.

Yo me tomo ese atrevimiento: quitar, sacar, meter.

Ahí aparece inevitablemente la figura del editor. ¿Qué tanto caso hace de sus sugerencias?

David Betancourt: El ego del escritor a veces ni siquiera permite escuchar.

Si le entregas un texto a un amigo esperando que te diga que escribiste una obra maestra, mejor no se lo entregues.

Uno necesita lectores que encuentren problemas.

Por ahí dicen que, si necesitas un buen editor, nada mejor que un enemigo. Porque el enemigo va a entrar con todo a buscar los errores.

Yo siempre estoy dispuesto a escuchar a los editores. Hay cosas con las que uno está de acuerdo y otras que no. Algunas ni siquiera se negocian.

Pero otras veces un editor te hace ver algo que no habías visto. Por eso son necesarios los lectores y los editores. Hay que bajarle un poquito al ego.

Las resurrecciones de Federico García Lorca

También me interesan mucho los títulos de los relatos. Beber para contarla, La religión de las rascas… En Bebestiario hay muchos homenajes. ¿Primero aparece el título o el cuento?

David Betancourt: En Bebestiario, prácticamente todos los títulos son parodias, menos uno.

Hay juegos con obras literarias, sucesos históricos y distintos autores.

“Beber para contarla”, por ejemplo, juega con Vivir para contarla, de García Márquez. El libro originalmente iba a llamarse así, pero descubrimos que ya existía una antología de cuentos de borrachos con ese título.

Entonces apareció Bebestiario.

Es un juego con los bestiarios literarios. Pensé: los míos son animales porque son personas bebiendo como animales. «Deja de ser animal”, decimos.

Entonces: un bestiario de bebedores. Y los títulos siempre vienen después.

Para mí, a veces es más difícil ponerle título a un libro que escribirlo.

En sus cuentos hay mucho diálogo, pero no se siente teatral. Las voces son muy precisas. ¿Cómo trabaja eso?

David Betancourt: Yo siento que en mucha literatura colombiana todos los personajes hablan igual. El narrador habla como los personajes y los personajes hablan como el escritor.

Para mí eso es un error. Cuando escribo, yo no hago personajes: hago gente. Y la gente tiene que hablar como la gente.

Un niño habla distinto de una profesora. Una profesora habla distinto de una prostituta. Cada voz tiene que diferenciarse.

Mi trabajo de campo para la ficción es andar por la calle con el oído atento y escuchar cómo habla la gente.

Si alguien dice una grosería, tiene que decirla. Si dice “haiga”, tiene que decir “haiga”.

Hay escritores que evitan esas cosas porque creen que les quitan literatura al texto.

Pero la gente habla como habla. Y los diálogos son eso.

¿Vive actualmente en Medellín?

David Betancourt: Vivo en Marinilla, cerca de Medellín, en una finquita en la montaña. Viví diez años en México y cuando regresé decidí vivir allá.

Uno imagina una rutina muy disciplinada de escritor.

David Betancourt: Soy disciplinado cuando estoy metido en un proyecto, pero no escribo todos los días. Leo todo el tiempo. Eso sí no lo abandono.

Pero puedo pasar años sin escribir una sola línea. De hecho, acabo de retomar la escritura después de casi tres años.

Y no me mortifico. No quiero convertir la escritura en un trabajo obligatorio porque no quiero cansarme de ella.

Escribo cuando tengo algo que escribir, cuando siento la necesidad y tengo ganas. Si un día no quiero escribir, no escribo.

Hay un libro muy bacano de Vila-Matas, Bartleby y compañía, sobre escritores que dejaron de escribir por distintas razones.

Y a mí me gusta poder permitirme eso. Porque, cuando uno convierte la escritura en una fábrica, puede terminar cansándose de ella.

Harold Bloom hablaba mucho de la excelencia estética. ¿Piensa en eso cuando escribe?

David Betancourt: Yo creo que la excelencia es imposible de alcanzar.

Y, paradójicamente, para mí las grandes obras suelen ser profundamente imperfectas.

El Quijote es la gran novela, y está lleno de imperfecciones.

Hay escritores cuya prosa parece perfecta. Todo está construido como por un ingeniero: la estructura, la arquitectura, la redacción.

Pero uno termina el libro y siente que no entró en ninguna parte. Faltan las voces. Falta un alma. Por eso, muchas veces una obra de excelencia es precisamente una obra imperfecta.

Pensá en Roberto Arlt. Durante mucho tiempo dijeron que no sabía escribir. Pero su fuerza está justamente en esa escritura deschavetada, en esa apuesta distinta.

Yo no me siento a escribir pensando que voy a alcanzar la excelencia. Me siento creyendo que voy a hacer algo muy bacano.

¿Qué escritores colombianos, quizá por fuera del canon más visible, le interesan?

David Betancourt: Hay muchos. A mí suelen interesarme escritores que no necesariamente están en la cúspide.

David Hiler, por ejemplo, tiene una novela llamada Colección de tragedias y una mujer. También están Luis Miguel Rivas, Gilmer Mesa, Esteban Roldán.

Está Néstor Vivas, que escribe poesía, novela, cuento y ensayo.

Santiago Andrés Gómez es tremendamente prolífico y versátil: además canta, es crítico de cine y cineasta.

En Bogotá están Andrés Mauricio Muñoz y Paul Brito.

También Daniel Ángel, que acaba de escribir una novela muy distinta de esas novelas excesivamente políticas o sociales.

Y está Pablo Rolando, que para mí tiene una genialidad especial.

Hay escritores que se han hecho a pulso, desde abajo, y eso me interesa mucho.

Y varios de ellos comparten algo: el humor como una forma seria de hacer literatura.

David Betancourt: Exactamente. Hay que desetiquetarnos. Es literatura. Y si nos reímos, nos reímos.

Muchos de esos escritores tienen cercanía con Jorge Ibargüengoitia, que es un autor que a mí me encanta. Es un escritor de una soltura impresionante y uno de los grandes maestros del humor mexicano.

Luego de Bebestiario y quiero seguir con el resto de su obra. ¿Por dónde me recomienda continuar?

David Betancourt: Me parece bacano que la entrevista sea una conversación seria sobre literatura. Se nota cuando alguien tiene formación literaria porque se puede conversar mejor.

Para seguir, te recomiendo La conjura de los vicios y El fracasador.

Y si quieres más cuentos, busca Ataques de risa.

Los otros libros están entrando en un proceso de rescate porque muchos dejaron de conseguirse y ahora se están reeditando.

¿Y las reediciones permiten vivir de la literatura?

David Betancourt: No necesariamente.

Los escritores que realmente ganan buena plata en Colombia son muy pocos. El porcentaje de regalías es mínimo. Entonces uno primero construye un nombre y después puede trabajar en otras cosas.

Yo soy jurado de premios, leo novelas y libros de cuentos, edito. Por ahí entra realmente el dinero. Escribir, en mi caso, es por amor al arte.

También quiero leer El fracasador. Me interesa esa mezcla de autoficción y metaliteratura.

David Betancourt: Es un libro muy literario. Tiene fotografías, juega con la autoficción y el personaje se llama David Betancourt. Es una mamadera de gallo con la literatura.

Está lleno de metaliteratura.

Y esa metaliteratura también puede generar molestias.

David Betancourt: Claro. Yo nombro escritores, hago juegos, los meto en mis libros y algunos se enojan. Eso es uno de los riesgos de escribir como yo escribo.

Pero a mí me parece muy bacano que otro escritor te nombre. Ese es el artefacto de la literatura: un juego, una conversación sobre la propia literatura.

Es como el rap. Unos le tiran a otros, hay una batalla y, de alguna manera, todo se complementa.

Si alguien aparece mencionado en un libro y se enoja, pues ya es problema de él. Eso también hace parte de cierta inmadurez de la literatura colombiana.

De verdad fue un gusto conversar.

David Betancourt: No, a vos, Carlos. Un gustazo. Y el otro año, cuando salga Los hijueputas, volvemos a hablar.

¿Los hijueputas?

David Betancourt: La novela cuenta la salida de Fernando Vallejo de México. El personaje del libro es Fernando Vallejo y pelea con el narrador. Se insultan y se tratan mal.

Y lo más divertido es que Fernando Vallejo insulta al narrador con fragmentos reales de Fernando Vallejo.

Tomé fragmentos de su obra y los puse en su voz para que atacara al narrador.

¿Alguna vez lo visitó?

David Betancourt: No. Prefiero tenerlo de lejitos. Además, lo tengo relativamente cerca, en Medellín.

¿Cómo está Vallejo?

David Betancourt: Está terminando otro libro. Todos los días camina por Laureles, entra al Café Vallejo —que es del hermano—, se toma dos vodkas y sigue para la casa con la perra.

*Entrevista realizada por Carlos Torres Tangarife.