Se me adelantó Yolanda Ruiz con su columna de ayer en El Espectador (Defensa de las putas). Y lo que allí dice no podrá ser mejor dicho: “Las putas son mujeres como yo” y “si son putas las mujeres que han tenido varias parejas sexuales en la vida, pues encajo en la categoría: soy puta y que no se ofenda la galería” y si se ofende, problema de la galería, añado. “Soy puta si eso significa que defiendo la libertad de las mujeres para tener la vida sexual que prefieran, vestirse como les dé la gana, maquillarse como se les antoje y pintarse el pelo (o tenerlo del largo que les guste, digo yo) que les provoque”, afirma Yolanda Ruiz y millones más estamos dispuestas a reafirmarlo. Pero quedan otros temas por tratar, derivados del tuit de Ignacio Greffenstein –que no fue el único con contenidos similares- y que no voy a dejar pasar mientras llega un nuevo tuit revelador del desatino de muchos de los funcionarios activos, por nombrar o ya salidos de este gobierno. Entonces, sigo el hilo del debate que echó a rodar quien fuera el director del servicio de televisión de la Casa de Nariño.El tuit es mucho más que uno de los “infortunados comentarios” que hiciera Greffenstein en su cuenta personal de Twitter (de perras y zorras ya había trinado). La pregunta tiene doble sentido, malicia e ironía, tal vez para hacerse el gracioso o hacer menos evidente su problema: “¿Por qué habrá en Tweeter tantas fanáticas petristas con pinta de puta?”. Le puede interesar: El Plan País para Venezuela Con la pregunta reafirma su visión sexista y discriminatoria: se pregunta por qué, afirmando así que las hay, pero ni por un momento duda o se cuestiona su percepción. Y no solo es un juicio sobre las mujeres y su santa decisión de hacer lo que quieran con su cuerpo y vestirse o adornarse como prefieran, sino que le suma el “puta” para descalificar su opción política. No solamente las mujeres tienen que vestirse de una cierta forma para ser respetables, sino que deben comportarse políticamente dentro de un marco para ser respetables. La cobardía va más lejos: además, lanzar la pregunta en las redes es esperar una respuesta pensando de antemano que hay una audiencia –de hombres y lamentablemente de mujeres, también- que comparte ese prejuicio tan burdo y básico. La pregunta de Greffenstein busca quórum, llama al grupo para arroparse y apalancar su juicio; para armar gavilla y lapidarlas al unísono en “Tweeter”. Ji ji ji, ja ja ja… Y ahí queda el mensaje completo: el petrismo invoca al fanatismo y muchas de sus seguidoras lucen como putas. Y así les cuelga este par de adornitos negativos, descalificadores: fanáticas (histéricas, locas, intensas, agresivas) y pinta-de-puta (perras, zorras, promiscuas, vendidas). No tienen salvación. ¿Qué es ser puta? Literatura y expertas que hablan del tema hay de sobra. Pero acordar una definición es bastante difícil pues el contenido puede ser tan amplio como estrecha sea la mentalidad de la sociedad. En estos tiempos, el contenido de las cuatro letras es más amplio, desborda lo puramente sexual y la prostitución: puta es la mujer que no sigue unos parámetros establecidos, que rompe el molde de lo que otros consideran deben ser. Vea también: Bogotá, carreras sin calles Me pregunto: ¿qué verán esos hombres y mujeres que así juzgan a otros cuando se arreglan frente al espejo; Greffenstein, a su propio juicio, ¿tiene pinta de qué? Tildar de putas a las mujeres es un acto de violencia. Y lo es porque pretende circunscribir a un solo comportamiento, a una preferencia política específica, a un ejercicio limitado de la sexualidad y a un control de otro sobre nuestro cuerpo, nuestro valor y rol como mujeres. Y después nos preguntamos por qué hay tanta violencia sexual y agresividad contra las niñas y mujeres; después nos cuestionamos por qué en los territorios y en nuestro conflicto armado (que sí, que sí…) hay tantísima agresión contra el cuerpo de las mujeres, contra las decisiones y liderazgo que asumen, contra su voluntad. Para ser “puta” no hace falta ser petrista: toda mujer dueña de su mente y cuerpo puede pensar, actuar y creer o no en lo que le dé la gana. Si eso es ser putas, pues ojalá seamos muchas más, con vida propia, con criterio bien formado, con la libertad y seguridad de hacer lo que consideramos correcto sin que nos tilden de nada; sin muenda ni paliza de esos hombres que destilan prejuicio, tuitean doble moralismo cuando exigen que seamos unas damas en la calle, pero nos desean putas en la cama. Le puede interesar: Turismo mediocre