Cada vez más docentes coinciden en una preocupación silenciosa dentro de las aulas, y es que, lo que antes parecía “asegurado”, ahora es una de las más grandes dificultades: retener la atención de los estudiantes.
Niños y jóvenes cuentan con un acceso más próximo a los aparatos electrónicos y esto, aunque trae muchas ventajas, como la cercanía con la información y el conocimiento o la conectividad con sus pares en la distancia, también ha traído serie de dificultades para sostener la concentración, baja tolerancia a la frustración y dependencia constante de estímulos digitales hacen parte de una realidad que hoy preocupa tanto a padres como a educadores.
Para 2024, un estudio de la Revista Latam de Ciencias Sociales y Humanas identificó que el 17,1 % de la población de 10 a 14 años en Colombia parecía del Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), una condición que se puede gestar o intensificar por el uso desmedido de estímulos, como son las redes sociales o los videojuegos.
Frente a este panorama muchos educadores empiezan a preguntarse qué se debe hacer, o cómo afrontar esta situación, pero hay un análisis más profundo ¿Se están perdiendo habilidades esenciales como la disciplina, la paciencia y la formación del carácter?
Mientras gran parte del sistema educativo continúa acelerando la incorporación de tecnología, plataformas digitales y metodologías automatizadas, distintas voces dentro del ámbito educativo han comenzado a advertir sobre los efectos que esta hiperestimulación puede tener en los procesos de aprendizaje y desarrollo emocional.
Para Santiago José Castro Agudelo, rector del British International School, el debate no consiste en rechazar la tecnología, sino en preguntarse qué habilidades esenciales podrían estar debilitándose en medio de una cultura dominada por la inmediatez: “Muchos avanzaron rápidamente hacia herramientas tecnológicas que prometían transformar la educación, pero hoy vemos generaciones con mayores dificultades para sostener la atención, tolerar la frustración y desarrollar hábitos sólidos”.
La responsabilidad no recae solamente en el educador o las instituciones. Ese impacto de las pantallas en la concentración también es una problemática que debe atenderse desde el hogar, por ejemplo, poniendo de límites de tiempo, identificando formas para manejar el aburrimiento y formar niños y jóvenes que sean capaces de interactuar con el mundo real más allá de los estímulos digitales.
Castro insistió en que recuperar aspectos básicos como el respeto, la disciplina y la capacidad de esfuerzo no significa retroceder, sino fortalecer herramientas fundamentales para la vida adulta.
“Volver a lo básico implica aprender a esperar, equivocarse, levantarse, trabajar en equipo y desarrollar criterio propio. La innovación también debería ayudarnos a formar personas emocionalmente más fuertes”, explicó.
Finalmente, Castro propuso también poner sobre la mesa preguntas sobre salud mental, crianza, regulación emocional y el impacto que tiene la hiperconectividad en la vida cotidiana de niños y adolescentes.