Usted es profesor de física en Harvard. Prepara sus clases, diseña actividades participativas y, al terminar, descubre que otro grupo de estudiantes aprendió más en menos tiempo, gracias a una IA. No es ficción.
Un estudio publicado en Scientific Reports comparó el aprendizaje de 194 estudiantes mediante un tutor de IA y clases presenciales de aprendizaje activo. Los resultados inmediatos favorecieron al grupo que utilizó IA. No significa que una máquina sea mejor maestro, pero sí nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando la tecnología supera algunas de las tareas que considerábamos esenciales para enseñar?
Podríamos verlo como una amenaza y apresurarnos a defender la presencialidad. Prefiero interpretarlo como una advertencia sobre dónde no debemos competir. Si nuestra propuesta de valor consiste en transmitir contenidos, explicar conceptos y entregar respuestas, las plataformas tecnológicas podrán hacerlo cada vez mejor y más rápido. La velocidad no debería ser nuestra vocación. Y la universidad no puede reducirse a una fábrica de respuestas.
El verdadero desafío es distinguir entre adquirir información y formarse como persona. Una cosa es obtener la respuesta correcta; otra, comprenderla, cuestionarla y asumir la responsabilidad de actuar a partir de ella.
La universidad ofrece tiempo, convivencia y experiencia. Puede poner a un joven frente a un problema sin solución evidente, confrontarlo con quienes piensan distinto, permitirle equivocarse, recibir orientación y volver a intentarlo. Puede convertir conocimiento en criterio y formación del carácter.
Pero nada de esto ocurre automáticamente por compartir un salón o un campus. Una clase presencial puede ser tan pasiva como un video. La diferencia está en las experiencias que diseñamos y en los maestros capaces de acompañarlas. Maestros que, idealmente, además de ser muy buenos en lo que enseñan, deben ser maestros de vida.
Por eso, incorporar inteligencia artificial no debería limitarse a digitalizar cursos o automatizar evaluaciones. Quienes lideramos instituciones educativas tenemos que preguntarnos qué capacidades humanas estamos ampliando con cada nueva tecnología.
La IA puede personalizar apoyos, liberar tiempo y enriquecer el aprendizaje. Sería absurdo renunciar a esas posibilidades. Lo que no podemos delegar es la finalidad de educar: formar personas libres, con juicio propio, capaces de convivir, decidir y servir.
La universidad del futuro no se justificará por el acceso al conocimiento, sino por lo que sus profesores y estudiantes sean capaces de hacer con él.
Tal vez la IA no esté poniendo en duda el futuro de la universidad. Nos está obligando a recordar para qué existe.