Todo comenzó con un trueque, la forma de intercambio en la que las familias indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta entregaban café a cambio de alimentos, herramientas y artículos básicos, pero recibían mucho menos del valor real de su producto.

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Años antes, la violencia y la falta de oportunidades habían llevado a la familia de Claribeth Navarro Izquierdo a salir del territorio. Su madre, una mujer arhuaca de la sierra, insistió siempre en que debía formarse para luego regresar a ayudar a su comunidad.

Por eso, cuando Claribeth terminó sus estudios de Derecho, volvió a la montaña con la idea de poner ese conocimiento al servicio de las familias productoras. “Cómo devolverles a nuestras comunidades desarrollo e impacto social, mejorando sus condiciones de vida a través de la asociatividad, fue el propósito”, recordó en el Foro Colombia Rural de SEMANA.

En 2020, nueve familias de la comunidad de Yurua –que en lengua arhuaca significa templo del agua– se reunieron para pensar una organización propia. La llamaron Seynekun, un nombre ligado a la mujer, la madre tierra y la naturaleza, principios que terminarían marcando el modelo asociativo que después se consolidó como Asoseynekun.

Con el apoyo inicial de la Federación Nacional de Cafeteros y una producción de apenas 10.000 kilogramos de café, dio sus primeros pasos en un entorno donde la única opción conocida era vender barato o no vender. Hoy, 25 años después, exporta a tres continentes.

Claribeth Navarro Izquierdo Representante legal de la Asociación de Familias Productoras Indígenas Seynekun (Asoseynekun) y lideresa indígena del Cesar Foto: Alejandro Acosta

Del trueque al mundo

Hoy, la organización agrupa a cerca de 400 familias –arhuacas, kankuamas y campesinas– y opera a través de una comercializadora propia. El año pasado registró más de 13 exportaciones, con envíos de café y cacao a mercados como Francia, Países Bajos y Japón.

“Evitar toda esa intermediación y hacer ese contacto directo entre los asociados y los clientes, con trazabilidad completa. Ya no solamente estábamos hablando de café”, explicó Saúl Mindiola Romo, gerente de la comercializadora.

Para lograrlo, la organización construyó cinco centrales de beneficio donde aplican protocolos de fermentación y medición de temperaturas que le permiten cumplir con los estándares que exigen los mercados europeos y asiáticos. “Hablar de producto indígena es hablar de calidad.

Hablar de producto de la Sierra Nevada es hablar de calidad ante el mundo”, afirmó Mindiola, quien destacó que hoy la comercializadora tiene más clientes y más diversificados que cuando inició, con exportaciones directas a puerto de destino que antes parecían inalcanzables.

Saúl Mindiola Romo, gerente de la comercializadora Asoseynekun Foto: Alejandro Acosta

El volumen habla por sí solo. Hoy la organización mueve alrededor de 50 toneladas anuales de café y cerca de 25 de cacao, frente a los 10.000 kilogramos iniciales. Pero más que los números, lo que cambió fue la posición de negociación. La organización pasó de tomar precios a fijarlos.

La apuesta del cacao

Uno de los capítulos más ilustrativos de esta historia es el del cacao. Cuando Asoseynekun decidió diversificar su oferta más allá del café e incorporar cacao de la Sierra Nevada, la respuesta inicial del mercado internacional no fue alentadora. “Un día estábamos en París con un montón de muestras y no nos las quisieron recibir”, relató Navarro, hoy representante legal de Asoseynekun.

“Nos dijeron: ‘Es que ustedes son el país de las muestras’. Y nosotros respondimos: ‘Espérense, que vamos a ser más que eso’”. Incluso, en algún momento, la junta directiva de la organización le sugirió abandonar el cacao y concentrarse únicamente en el café. Navarro se negó. Hoy, contó, varios de esos clientes que rechazaron sus productos se convirtieron en sus principales compradores.

La diferencia la hicieron las centrales de beneficio y la especialización en calidad. Mientras el kilo de cacao en el mercado nacional cayó a cerca de 9.000 pesos –frente a los 30.000 de hace un año–, Asoseynekun logra venderlo en mercados internacionales a precios hasta seis veces más altos.

“Nuestros clientes han aprendido que aquí la calidad se paga, pero también todo el trasfondo cultural que tiene nuestro producto”, explicó Navarro. Por eso, la caída de precios que golpeó al sector en 2026 no los afectó de la misma manera que a quienes venden únicamente en el mercado doméstico.

Rubén Escamilla, director país de Socodevi en Colombia Foto: Alejandro Acosta

Identidad como activo

Rubén Escamilla, director país de Socodevi –la ONG canadiense que acompañó a Asoseynekun entre 2019 y 2025 a través del programa Agroemprende Cacao, con una inversión de 36 millones de dólares canadienses–, aseguró que la apuesta nunca fue competir por volumen con las grandes potencias productoras de cacao, sino diferenciarse desde el origen y la calidad del producto.

“Cuando vamos a ayudar a vender ese cacao, que yo sepa, solo hay una Sierra Nevada y un pueblo arhuaco. Somos únicos. No vas a pretender competir con Ghana ni con Costa de Marfil. Ellos producen cualquier cantidad, pero es otro tipo de cacao. Busquemos quiénes son nuestros competidores directos y cómo podemos ir entrando”.

Esa identidad, visible incluso en los trajes de origen con los que Navarro y Mindiola se presentaron en el foro, forma parte del valor diferencial con el que han logrado posicionar sus productos en mercados internacionales.

Los clientes visitan las comunidades, conocen la historia detrás del cacao y el café, y terminan construyendo una relación de largo plazo con la organización. “Ese es el servicio posventa”, dijo Escamilla. “Construir tejido social y empresarial. Esa es la apuesta”.

Socodevi llegó con una premisa clara: el cacao tenía que ser una empresa sostenible. Por eso el programa no empezaba por la producción, sino por el mercado: a quién venderle, si se puede competir y si los volúmenes lo sostienen.

El modelo de Asoseynekun no funcionó en solitario. Detrás hay una articulación que involucra a la Gobernación del Cesar, la Agencia Presidencial de Cooperación, el Gobierno de Canadá y empresas del sector minero-energético.

“Fue como la pirinola: todos ponen”, resumió Escamilla. “Nosotros somos invitados como organización de afuera, pero los dueños del territorio son organizaciones como Asoseynekun”.

Navarro destacó que la asociatividad también permitió llevar desarrollo social donde el Estado no llegaba: construcción de escuelas, puentes y mejoras en vías para los productores. “No solamente pensamos en los asociados, sino en cómo beneficiamos colectivamente y cómo dignificamos sus ingresos para que sean familias sostenibles”, dijo.

“El campo no es un lugar de sacrificio. Tenemos que verlo como un lugar de oportunidades”

Para Mindiola, por su parte, la clave estuvo en saber con quién aliarse en cada eslabón. Los socios aportan tecnología, ayudan a diversificar clientes y asesoran en estándares internacionales. “Hoy Europa nos exige no solamente un producto de gran calidad, sino toda la trazabilidad, todas las certificaciones”, señaló.