La relación entre educación superior y mercado laboral está cambiando al mismo tiempo que las profesiones, las competencias y las formas de trabajar. Una discusión planteada por The New York Times abre una pregunta que Colombia discutirá de frente el próximo 23 y 24 de septiembre, en la 13.ª Cumbre Líderes por la Educación: ¿para qué debe preparar realmente la universidad?
Gideon Sobek llegó a la universidad pensando que estudiaría Arquitectura. Cambió de rumbo rápidamente porque consideró que era una carrera con pocas posibilidades de éxito profesional. Terminó graduándose en Economía de Lehigh University, una institución de prestigio en Pensilvania, y durante su tercer año ingresó a un programa de honores en negocios internacionales y políticas públicas.
Tenía una beca que cubría buena parte de sus estudios, pero aun así terminó con una deuda cercana a los 20.000 dólares.
Sobre el papel, Sobek tenía un buen perfil. Sin embargo, después de graduarse envió cientos de solicitudes de empleo sin éxito. La situación lo llevó a tomar una decisión: regresar a su universidad para hacer un posgrado.
Su historia es el punto de partida de una columna publicada en The New York Times por Jessica Grose, periodista, novelista y columnista de opinión del diario, quien escribe sobre educación, cultura, familia y la vida contemporánea.
Grose plantea una idea provocadora: incluso las universidades de élite se están convirtiendo en escuelas de formación profesional.
La columnista identifica una presión que los jóvenes sienten incluso antes de entrar al campus: la necesidad de saber qué quieren hacer, escoger una carrera con futuro, acumular experiencia y prácticas y construir desde temprano un perfil atractivo para los empleadores.
Sobek lo resume desde su propia experiencia: antes parecía más fácil conseguir trabajo con una licenciatura en Economía; ahora percibe que las empresas buscan graduados altamente especializados y con experiencia adquirida desde los primeros años de universidad.
Pero ahí aparece la paradoja que atraviesa la columna.
Si los jóvenes están siendo presionados para orientar su educación hacia el empleo, ¿qué ocurre cuando las condiciones de ese mercado también están cambiando?
En Estados Unidos, según los datos citados por Grose, la tasa de desempleo entre los graduados universitarios de 22 a 27 años es de 5,7 %, frente al 7,2 % entre los jóvenes de la misma edad que no tienen título universitario.
El fenómeno no se limita a Estados Unidos. La Organización Internacional del Trabajo reportó que el desempleo juvenil en América Latina y el Caribe llegó al 11,9 % en 2025, casi tres veces la tasa de los adultos.
En Colombia, el DANE registró una tasa de desocupación nacional de 8,0 % en mayo de 2026, un punto porcentual menos que un año antes. Sin embargo, durante el trimestre marzo-mayo las diferencias territoriales fueron marcadas: Quibdó registró 23,9 % y Cartagena 12,8 %. Entre los jóvenes, la tasa nacional de desocupación llegó al 15,3 %.
Los datos muestran un mercado laboral con desafíos distintos según la edad y el territorio. Y plantean una pregunta para la educación superior: ¿cómo formar a los jóvenes cuando no solo cambian las profesiones, sino también las condiciones de entrada al mundo laboral?
¿Qué pasa cuando el trabajo también cambia?
La inteligencia artificial añade otra dimensión al debate. Las tecnologías están modificando tareas y procesos en distintas ocupaciones y obligan a revisar qué conocimientos y competencias tendrán valor en los próximos años.
Si las necesidades de las empresas pueden cambiar durante el tiempo que tarda un estudiante en completar una carrera, formar exclusivamente para una demanda concreta plantea nuevos desafíos.
La discusión, entonces, ya no se limita a qué profesión tendrá más demanda. También implica preguntarse qué capacidades permitirán a una persona desenvolverse cuando esa profesión cambie.
Aprender continuamente, resolver problemas, trabajar con nuevas tecnologías, comunicarse y adaptarse a distintos contextos adquieren así una importancia creciente dentro de la conversación sobre educación y empleo.
Pero esto también lleva a revisar la relación entre universidades y empresas.
La conexión con el mundo productivo puede facilitar la transición de los jóvenes hacia el empleo y ayudar a que los programas respondan a nuevas necesidades. Al mismo tiempo, la universidad tiene otras funciones: investigación, generación de conocimiento, pensamiento crítico y formación ciudadana.
El desafío está en determinar cómo equilibrar esas dimensiones. ¿Debe la universidad formar para los empleos que existen o para que las personas puedan desenvolverse en un mercado laboral que todavía no conocemos?
Una pregunta para la generación del cambio
Ese dilema estará en el centro de la 13.ª Cumbre Líderes por la Educación, “La generación del cambio”, que se realizará el 23 y 24 de septiembre.
El primer día, “¿Qué deberían aprender los jóvenes para prosperar en 2040?” pondrá el foco en las habilidades, conocimientos y capacidades que seguirán siendo relevantes en medio de la aceleración tecnológica y la incertidumbre.
El segundo día, el panel de dilemas “¿Qué universidad necesita el futuro?” llevará la discusión a preguntas concretas: ¿el título sigue siendo la mejor inversión?, ¿formación larga o aprendizaje permanente?, ¿la inteligencia artificial hará obsoletos algunos programas?
Al final de su columna, Grose recupera una imagen de Sobek para describir esa incertidumbre. Él compara la búsqueda de empleo con montar en bicicleta con los ojos vendados: avanzar tiene algo de emoción, pero también genera ansiedad porque no se sabe exactamente dónde se terminará.
La pregunta, entonces, no es solamente para qué empleo prepara hoy una universidad, sino si esa formación seguirá siendo pertinente cuando ese empleo cambie.
Ese será uno de los debates que pondrá sobre la mesa la 13.ª Cumbre Líderes por la Educación.