¿Cómo debe entender Colombia la transición energética para que responda a las necesidades reales del país?
Ana Rojas (A.R.): La transición energética no puede entenderse solo como un cambio de tecnologías: es, ante todo, una transformación social.
Debe responder a preguntas concretas: cómo garantizar que cada familia acceda a energía segura, cómo fortalecer la competitividad de los territorios y cómo llegar a las comunidades más desatendidas.
En Colgas creemos que una transición exitosa combina sostenibilidad, confiabilidad y acceso. El reto no es solo transformar la matriz, sino que esa transformación genere bienestar y oportunidades para las personas.
En una transición que suele enfocarse en energías renovables, ¿por qué es importante hablar también del gas licuado?
A.R.: Las renovables son el destino, pero la transición necesita puentes.
Colombia es un país de geografías diversas, donde extender redes convencionales puede tomar décadas. El gas licuado ofrece algo único: es una energía distribuida por naturaleza, flexible y portátil, hoy llega a donde otras soluciones llegarán mañana.
Además, frente a la leña o el carbón, reduce emisiones y contaminación en los hogares. Por eso es un energético habilitador de la transición: no compite con las renovables, las complementa donde el país más lo necesita.
¿Por qué el acceso energético también es una conversación de desarrollo social?
A.R.: Porque la energía es un habilitador de desarrollo humano.
Cuando una familia accede a un energético seguro, gana salud, tiempo y capacidad productiva: cocinar sin humo, estudiar de noche, emprender en su territorio.
Una transición que no sea incluyente dejaría atrás a millones de personas; por eso el acceso debe estar en el centro.
Colombia aún enfrenta retos de pobreza energética. ¿Cómo puede contribuir el gas licuado a cerrar esas brechas?
A.R.: Las cifras hablan por sí solas: el 20,6 % de la población, cerca de 9,5 millones de colombianos, vive en pobreza energética multidimensional, y alrededor de 1,5 millones de hogares aún cocinan con leña, con efectos graves en salud y deforestación.
Cerrar esa brecha exige soluciones accesibles, seguras y confiables desde ya. El gas licuado llega donde otras infraestructuras aún tienen limitaciones, sin esperar grandes obras.
En Cauca y Córdoba hemos acompañado la sustitución de leña por gas: 9.486 familias ya avanzaron hacia una energía más limpia y digna. Es la transición energética en su expresión más concreta.
¿Qué decisiones necesita tomar Colombia para acelerar una transición energética sostenible?
A.R.: La primera es garantizar la oferta en firme de GL: hoy cerca del 60 % del que consume Colombia es importado, y la seguridad del suministro es condición para planear inversiones de largo plazo.
La segunda es reconocer al GL en la política pública como energético de la transición, con reglas claras que habiliten infraestructura de importación y almacenamiento.
Así podrá cumplir su papel de puente hacia energéticos más limpios, sobre todo en los territorios donde el acceso y la confiabilidad siguen siendo el mayor desafío.