En una reciente y reveladora conversación en el pódcast ‘Los hombres sí lloran’, conducido por el actor Juan Pablo Raba, Carlos Vives dejó de lado su faceta de estrella internacional para profundizar en las cicatrices que definieron su identidad.
El intérprete de ‘La tierra del olvido’ relató cómo la separación de sus padres, la quiebra económica de su hogar y un traslado forzoso a la capital colombiana a los 11 años, se convirtieron en los pilares de su carrera artística.
Para Vives, la vida en Santa Marta representaba la seguridad: “pantalón corto y chancleta”, según sus propias palabras. Sin embargo, ese entorno se desvaneció cuando percibió el inminente fin del matrimonio de sus padres.
“Yo empecé a presentir que eso se iba a acabar. Esos últimos años de Santa Marta los tengo como un recuerdo triste, porque tú como niño sabías que eso venía”, confesó el cantante.
Mientras su padre, un médico recordado por su labor social en Ciénaga y Santa Marta, permanecía en la costa, Carlos se trasladaba a Bogotá con su madre, enfrentando una soledad que marcaría su adolescencia.
Uno de los puntos más llamativos de la entrevista fue la percepción que el joven Vives tenía de Bogotá antes de conocerla. Influenciado por programas de la época como ‘Casos Juzgados’, el artista admitió que sentía pánico de la ciudad.
“Ese programa me produjo una imagen de Bogotá tenebrosa. Para mí, como costeño, venir a Bogotá me dio terror. Llegamos a un apartamento y yo no era capaz de bajar a la calle”, relató.
Esa timidez, agudizada por el choque cultural y el miedo a la inseguridad que proyectaba la televisión, lo mantuvo recluido durante sus primeros días. Irónicamente, años más tarde, Vives terminaría estudiando actuación con Boris Roth, el director de aquel programa que alimentaba sus temores infantiles.
A pesar de admitir dificultades académicas en materias como física y química, el artista halló su lugar en el coro y las “murgas” intercolegiales. Fue en el colegio donde conoció a figuras como Santiago Moure, con quien dio sus primeros pasos en el teatro.
“El colegio fue como me encuentro... la música me empieza a sociabilizar”, explicó. A pesar de vivir en la capital durante más de cinco décadas, Vives tomó la decisión consciente de no abandonar su acento ni sus raíces: “Yo mi costeño siempre lo alimenté porque para mis compañeros yo era el exótico; ellos no me querían ver hablando de ‘tu’ o de ‘usted’”.
El testimonio de Vives en ‘Los hombres sí lloran’ sugiere que su éxito no fue producto de una ambición de fama, sino de una necesidad de aferrarse a un mundo que sentía perdido. Ante las presiones de la industria para imitar sonidos extranjeros, Carlos se refugió en los recuerdos de su padre y en la música que escuchó de niño.
“Tal vez todo el camino de la música fue el mayor alimento para construir ese artista. Me aferré a no perder ese mundo”, sentenció Vives.
Hoy, a través de su fundación, el samario trabaja en los mismos lugares donde su padre ejerció la medicina, cerrando un ciclo de identidad que comenzó con una maleta llena de miedos y una guitarra que le permitió conquistar la ciudad que alguna vez lo aterró.