Cada ciudad tiene un momento del año en el que el estilo toma el control. Pero en Bogotá ese momento no empieza cuando se encienden las luces de la pasarela o los fotógrafos disparan sus cámaras. Empieza mucho antes, mientras el eco de los desfiles todavía resuena y el equipo vuelve a reunirse para imaginar la siguiente edición.

Lo pienso mientras converso con Ovidio Claros Polanco, el hombre que hoy lidera la institución detrás de uno de los proyectos más ambiciosos de la industria creativa del país: el Bogotá Fashion Week (BFW), impulsado por la Cámara de Comercio de Bogotá.

En la moda, como en los grandes desfiles de París que alguna vez mostró Karl Lagerfeld, lo verdaderamente fascinante ocurre antes de que el público vea el resultado. Horas de precisión, decisiones silenciosas, discusiones creativas y una coreografía invisible que hace posible un momento que dura minutos.

“La construcción de una edición inicia en el mismo instante en que cerramos la anterior”, explicó Claros Polanco. Y ese es el primer secreto: mientras el público recuerda los desfiles, el equipo ya está imaginando el siguiente capítulo. Convocatorias abiertas, comités de selección y meses de curaduría comienzan a dibujar el mapa creativo de la temporada.

Bogotá no llegó aquí por accidente. Durante décadas ha sido uno de los grandes laboratorios del estilo en Sudamérica, una región donde el comercio, la industria textil y la creatividad aprendieron a convivir. Hoy concentra más del 33 por ciento del sector de la moda en Colombia y más de 34.000 empresas orbitan alrededor de esta industria. En ese contexto, el BFW no es solo una pasarela, es una plataforma que convierte talento en empresa.

El equipo creativo del Fashion Lab: Mena Lombard, Adelina Osuna, Roxana Frontini, Michelle Rofe, Rebeca Herrera Feldsberg, Mikel Larrañaga, Gabriela Landa e Inés Sabalza. Foto: JUAN CARLOS SIERRA PARDO-SEMANA

La pregunta que guía la edición 2026 es clara: cómo lograr que el diseño colombiano trascienda el momento del desfile. “La evolución debía centrarse en elevar la competitividad de la industria”, dijo Claros Polanco. La pasarela, entonces, se convierte en el punto final de un proceso mucho más largo.

Durante meses, 147 marcas atraviesan un laboratorio estratégico conocido como Fashion Lab. Allí trabajan con expertos internacionales afinando cada detalle: desde la identidad creativa hasta la capacidad de exportación. No se trata solo de diseñar una colección, sino de construir una empresa que pueda competir en mercados globales.

La selección de los diseñadores también tiene algo de thriller editorial. Un comité integrado por figuras como José Forteza, Andrés Oyuela, Ana Beliza Mercado y Adriana Arboleda revisa cada propuesta con lupa. “No evaluamos únicamente la estética”, explicó el presidente de la Cámara de Comercio. “Revisamos la estructura de las marcas, su coherencia y su capacidad productiva”. En otras palabras: el talento debe venir acompañado de disciplina empresarial.

Poco a poco el rompecabezas comienza a encajar. Joyeros, creadores de cuero, diseñadores de resortwear o streetwear empiezan a dialogar entre sí. La edición encuentra su mapa creativo cuando todas esas voces distintas logran compartir un mismo lenguaje: calidad, innovación y sostenibilidad.Detrás de ese momento existe una maquinaria silenciosa. Un equipo base de seis personas trabaja durante todo el año exclusivamente en el programa, acompañado por más de 20 profesionales de la Cámara de Comercio que coordinan alianzas, producción, logística, hospitalidad, contenidos y comunicación. Una coreografía que rara vez se ve, pero que sostiene cada desfile.

Las tensiones aparecen inevitablemente. La ambición creativa de los diseñadores muchas veces se enfrenta a las realidades productivas o logísticas de una empresa emergente. El BFW, entonces, funciona como puente: un lugar donde la visión artística se encuentra con la estructura empresarial necesaria para sostenerla.

En medio de esa conversación, pienso en algo que siempre he creído sobre la moda. La pasarela es un momento íntimo. Breve. Irrepetible. La moda se convierte en un instante único que no admite repetición inmediata. O sucede con intensidad o no sucede.

Todo el trabajo que ocurre durante meses –las discusiones, las estrategias, las decisiones difíciles–, existen precisamente para alcanzar ese momento perfecto. Cuando finalmente las luces se encienden y el primer look aparece en la pasarela, el público ve apenas la superficie del proceso. Detrás quedan los meses de trabajo, las conversaciones silenciosas y el esfuerzo de una industria que busca pensarse a sí misma con ambición global.