Hay momentos en los que la vida tiene una manera silenciosa de detenernos. No avisa, no pide permiso. Simplemente baja el volumen de todo lo demás y nos deja frente a lo esencial. Es entonces cuando comprendemos que algunos de los problemas que hoy nos quitan el sueño solo existen porque tenemos el privilegio de estar aquí para vivirlos.

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Qué fácil es acostumbrarnos al milagro de la vida, a la voz de nuestros padres, a la risa de nuestros hijos, a la compañía de quien amamos, a una conversación con un amigo, o una rutina que repetimos sin pensar.

La costumbre es medir la abundancia por lo que conseguimos, acumulamos o alcanzamos. Incluso en ocasiones se nos pasa la vida persiguiendo lo que no tenemos, y en esa carrera olvidamos que la verdadera riqueza siempre estuvo en lo que no podemos comprar: la salud, la vida de quienes amamos, una familia reunida, una conversación pendiente que todavía podemos tener, la posibilidad de despertar mañana y empezar de nuevo.

La paradoja es que muchas veces necesitamos perder algo para descubrir cuán importante era. Una enfermedad para apreciar la salud que antes ignorábamos. Una despedida para recordar el valor de una persona. Un accidente para mirar de otra manera el mañana o una experiencia dolorosa para tomar conciencia de lo esencial.

¿Por qué esperar a que algo falte para reconocer su presencia?

Quizás uno de los grandes aprendizajes de la vida sea desarrollar la capacidad de agradecer antes de perder. Ser sensibles y ver lo maravilloso antes de que las circunstancias nos obliguen a mirar aquello que la rutina ha vuelto invisible. El estar aquí, el poder compartir con quienes amamos, tener salud, tener la posibilidad de conversar, equivocarnos y volver a empezar o simplemente celebrar que tenemos un día más, es quizá uno de los milagros más grandes que la vida nos ofrece.

Son pequeñas escenas que parecen insignificantes hasta que comprendemos que algún día podrían convertirse en recuerdos. Aprender a mirar lo verdaderamente esencial cambia la experiencia de estar vivo. No siempre podemos cambiar lo que sucede, pero sí podemos transformar la manera en que lo percibimos.

La felicidad no consiste en tener una vida sin problemas, sino en desarrollar la lucidez suficiente para reconocer que, incluso en nuestros días imperfectos, existen pequeños regalos que algún día nos podrán faltar.

Ese abrazo que todavía podemos dar. Esa conversación que aún podemos tener. Esa sonrisa que todavía podemos disfrutar. La salud que nos permite vivir, amar, caminar, soñar y seguir construyendo.

Por eso, tal vez el verdadero secreto de vivir bien sea mucho más sencillo de lo que creemos: estar presentes, amar sin límites, agradecer lo cotidiano y aprender a disfrutar lo que realmente importa mientras todavía lo tenemos.

Dra. Greys Pérez Martínez, fundadora de Victoria Home Health and Spa