Hace unas semanas revisaba perfiles en LinkedIn y me detuve en uno: Chief Growth Officer. Veintiséis años, dos años y medio de experiencia. En el cargo anterior decía Head of Strategy y había durado once meses.
No es un caso raro. Cada vez veo más gente joven con cargos muy altos y creo que eso está diciendo algo sobre cómo se están pagando hoy los trabajos, pues muchas empresas están pagando con títulos.
El canje es sencillo. La empresa no puede pagar lo que pide el mercado, entonces ofrece otra cosa: un nombre. Director. Head of. Chief. Y funciona, porque un nombre se siente como un logro y un logro no se discute igual que una cifra.
Quise saber si era una impresión mía y no lo es. El fenómeno se llama en inglés job title inflation y tiene cifras. Una encuesta de MyPerfectResume a mil trabajadores, publicada en 2025, encontró que el 92 por ciento cree que las empresas usan los cargos para simular un progreso que no existe, y que el 91 por ciento piensa que los cambios de título están reemplazando a los aumentos. El 39 por ciento recibió un cargo más alto sin un peso más. El 15 por ciento aceptó ganar menos a cambio de un título que sonara mejor.
Del otro lado hay quien lo acepta. Según una encuesta de Robert Walters, la mitad de la generación Z tomaría un cargo para el que no está calificado y el 51 por ciento espera un ascenso cada año. Es decir, que hay una oferta y una demanda que se encontraron.
Vale la pena mirar el título como lo que es: una moneda. Alguien la da, alguien la recibe y vale lo que los demás dicen que cuesta. Pero tiene dos cosas que la hacen distinta a cualquier otra forma de pago.
La primera es que darla no cuesta nada. Subir un sueldo cuesta dinero todos los meses. Cambiar un cargo cuesta una línea en un contrato.
La segunda es que es visible. El salario es un secreto, casi un tabú. El cargo está en LinkedIn, en la firma del correo, en la escarapela del evento. Es la única parte del pago que puede ver todo el mundo.
Un director hoy no significa lo que significaba hace diez años. La palabra sigue igual, pero ya no dice cuánto gana esa persona, ni cuánta experiencia tiene. Nadie devaluó el cargo a propósito. Se devaluó de tanto repartirlo.
Lo curioso es quién termina pagando. No la empresa que lo dio, sino el que tiene el título en la mano cuando ya no vale. El profesional joven que en dos empleos más va a llegar a una entrevista con cargo de director y recorrido de coordinador. El que se demoró veinte años en poder llamarse director y hoy comparte el nombre con alguien que lleva dos. Y las empresas que nunca inflaron nada, que ahora tienen que averiguar en cada entrevista lo que antes entendían con una sola palabra.
Eso ya se nota. En los procesos de selección serios la pregunta dejó de ser cuál era su cargo y pasó a ser cuánta gente le reportaba, qué presupuesto manejaba, qué decidió usted. Se dejó de creer en el título y se empezó a preguntar por los resultados.
Puede que ahí termine todo esto: en hojas de vida que cuenten decisiones en vez de nombres. Sería un mercado más justo, uno donde no se sube de categoría cambiando una palabra.
Mientras tanto el canje sigue funcionando. Y funciona por una sola razón: porque lo seguimos aceptando.
Eleonora Morales, empresaria de moda. Fundadora de Garage Sale y Luxe by EM