Hoy fui community manager, contadora, vendedora, escritora, vocera, jefa y empacadora. Y apenas era media tarde. Cerré el computador con esa sensación rara de haber corrido todo el día sin moverme de la silla, de haber hecho muchísimo y, al mismo tiempo, nada que se pueda señalar con el dedo. Lo más perturbador no fue el cansancio. Fue darme cuenta de que ya me parece normal.
Y si esto les suena, es porque dejó de ser una historia personal para volverse el clima en el que vivimos casi todos. Miremos alrededor: el abogado que tiene un Airbnb, la diseñadora que vende postres por encargo, el profesor que maneja una app los fines de semana, la empresaria que además escribe, graba un Podcast y contesta WhatsApp a medianoche. Ya nadie hace una sola cosa. Hacemos de todo. Y lo llevamos como una medalla.
Crecimos con una promesa sencilla: estudia, especialízate, vuélvete muy bueno en algo y eso te dará una vida. Esa promesa se rompió en silencio. Hoy la especialización suena casi a lujo de otra época. El que sabe hacer una sola cosa da miedo que se quede sin piso; el que sabe hacer veinte, al menos, siempre tiene de dónde agarrarse. Cambiamos la profundidad por la versatilidad, no porque quisiéramos, sino porque tocó.
Y tocó por dos motores que rara vez confesamos juntos. El primero es de pura supervivencia: en un país donde el sueldo no alcanza, el rebusque dejó de ser cosa “de los que la tienen difícil” para volverse el modo de vida de la clase media o del profesional con título y posgrado. El segundo motor es más tramposo, porque viene disfrazado de inspiración: la cultura nos convenció de que trabajar no basta, que hay que “crecer”, tener marca personal, un proyecto aparte, estar en todo. Descansar se volvió sospechoso. Parar, casi una falta de carácter.
El precio lo paga el cuerpo. La Organización Mundial de la Salud ya reconoció el agotamiento (el famoso burnout) como un fenómeno ligado al trabajo, un desgaste crónico que dejó de ser la excepción para volverse ambiente. Pero nosotros lo maquillamos: lo llamamos ambición, disciplina, “echar pa’lante”. Posteamos nuestras ojeras como si fueran un trofeo y celebramos al que durmió cuatro horas como si hubiera ganado algo. Romantizamos el cansancio porque admitir que estamos quemados se siente como admitir que no pudimos.
Y acá está lo que de verdad me inquieta: empezamos a confundir sobrevivir con avanzar. Hacer mil cosas no es lo mismo que construir algo. Mantenerse ocupado no es lo mismo que ir para algún lado. A veces, hacerlo todo es la forma más sofisticada de no llegar a ninguna parte, solo que muy cansados y con la agenda llena. La actividad nos da la sensación de progreso sin la molestia de tener que decidir qué es lo que realmente importa.
No tengo la fórmula, y desconfío de quien la venda en un carrusel de cinco pasos. Pero empiezo a sospechar que, en una época que nos exige hacerlo todo, el verdadero acto de rebeldía (y quizás de lucidez) es atreverse a hacer menos. Elegir. Soltar tres de los veinte frentes para poder sostener bien los que quedan. Especializarse en una vida en lugar de sobrevivir veinte a la vez.
Ojalá pudiéramos dejar de medir nuestro valor por la cantidad de cosas que cargamos a la espalda. Porque el día que descansar deje de parecernos un lujo o una culpa, y vuelva a ser simplemente parte de estar vivos, vamos a descubrir algo incómodo: que nunca necesitamos hacer tanto. Que solo nos daba miedo quedarnos quietos el tiempo suficiente para preguntarnos qué queríamos de verdad.
Eleonora Morales, empresaria de moda. Fundadora de Garage Sale y Luxe by EM
