Pasamos buena parte de nuestra vida intentando tener el control.
Planeamos el próximo semestre, el siguiente año, los próximos cinco o diez años. Lo hacemos en las organizaciones, con nuestras familias y con nuestra propia vida. Construimos presupuestos, estrategias, proyectos, metas. Y está bien hacerlo.
El problema aparece cuando confundimos planear con controlar y olvidamos algo que nos constituye como seres humanos y que, a veces, nos incomoda: somos profundamente vulnerables.
El pasado 10 de agosto, Colombia literalmente se movió bajo nuestros pies. En segundos, muchas certezas también se movieron.
Para algunos fue un susto. Para otros, miedo. Y para muchos colombianos comenzó una experiencia de pérdida, dolor e incertidumbre que todavía continúa.
Las crisis tienen esa capacidad: nos recuerdan que no somos infalibles, que no podemos controlarlo todo y que, por más autónomos que creamos ser, necesitamos ser sostenidos. Por Dios, para quienes vivimos desde la fe; por nuestra familia, nuestros amigos, nuestras comunidades y también por desconocidos que, en momentos como estos, deciden convertir la empatía en acción.
Quizás por eso una de las imágenes más esperanzadoras de estos días ha sido ver nuevamente aparecer el nosotros.
Personas ayudando, donando, limpiando, reconstruyendo, acogiendo familias, movilizando recursos. Generosidad, solidaridad, compasión y esperanza dejan de ser conceptos y se convierten en comportamientos.
Pero hay algo que no podemos olvidar cuando disminuya la urgencia. Ahora estamos resolviendo. Después tendremos que procesar lo vivido.
Porque llega un momento en que la emergencia empieza a convertirse en cotidianidad. La casa dañada se vuelve el paisaje diario. Una familia que vivía en tres lugares termina compartiendo uno. Aparece la silla de quien ya no está. Se acumula el cansancio de quien lleva semanas sosteniendo a otros.
Y allí el cuidado emocional seguirá siendo indispensable.
Los primeros auxilios psicológicos no significan hacer terapia improvisada. Significan algo mucho más humano: observar, escuchar y conectar. Ayudar a recuperar la seguridad física, emocional y mental; identificar qué necesita la persona en ese momento; escuchar sin obligarla a volver a contar la tragedia; ofrecer información confiable; acercarla a sus redes de apoyo y saber cuándo necesita ayuda profesional.
Acompañar tampoco significa decir: “Ya pasó”, “por lo menos estás vivo”, “tienes que ser fuerte» o «deberías agradecer”.
No podemos imponerle gratitud al dolor.
Una persona puede agradecer estar viva y sentir miedo. Puede tener fe y estar triste. Puede reconocer que otros perdieron más y, aún así, sentirse profundamente afectada. Legitimar una emoción no significa quedarse atrapado en ella; significa reconocerla para poder gestionarla.
Y esto también incluye a quienes no estuvieron en el centro de la tragedia. A quienes cuidan. A quienes sostienen. A quienes están lejos. Incluso a quienes se preguntan: “¿Por qué ellos sí se salvaron?”, mientras otros no.
Cada experiencia necesita su propio tiempo para ser comprendida, elaborada y, eventualmente, resignificada.
Tal vez esta crisis pueda dejarnos también un aprendizaje colectivo: volver a distinguir entre lo urgente y lo verdaderamente importante.
Seguir planeando, sí. Construir estrategias, también. Pero sin olvidar abrazar hoy, conversar hoy, agradecer hoy, reparar hoy y servir hoy.
Porque esta también es una lección de liderazgo.
El liderazgo no consiste en ser invulnerable ni en tener todas las respuestas. Requiere la humildad de reconocer cuándo necesitamos ayuda y la grandeza de estar disponibles cuando otros la necesitan.
Jesús dejó quizá una de las definiciones más poderosas de liderazgo: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir”.
Cuando el piso se mueve, muchas cosas dejan de parecernos tan importantes. Y quizá allí aparezca una pregunta que vale la pena conservar cuando todo vuelva, poco a poco, a la normalidad:
¿Para qué quiero liderar, si no es para poner aquello que soy, sé y tengo al servicio de otros?
Luchy Mejía, master Coach – Experta en Emociones y CEO Potencial Humano Integral y LuchyAcademy