Hay mujeres que llegan a una empresa con una hoja de vida llena de títulos, cargos y experiencia, y hay otras que, además de esa trayectoria, llegan con las manos pequeñas de sus hijos marcadas en el corazón. Son mujeres que lideran empresas, equipos y proyectos mientras, en casa, lideran también una de las responsabilidades más importantes de sus vidas: formar seres humanos.
Ser madre y empresaria o líder de una organización es vivir una permanente dualidad, no porque una mujer tenga dos vidas, sino porque aprende a construir una sola, en la que conviven diferentes versiones de sí misma.
La maternidad y el liderazgo empresarial tienen algo en común: ambos exigen tomar decisiones incluso cuando no existe certeza absoluta. En ambos hay días de cansancio, momentos de duda y responsabilidades que no pueden simplemente delegarse y, en ambos, los resultados más importantes no siempre son inmediatos.
Una madre aprende que liderar no significa tener todas las respuestas. Significa escuchar, observar, acompañar, poner límites y confiar. Una empresaria o líder descubre exactamente lo mismo con sus equipos: las personas no necesitan únicamente instrucciones; necesitan propósito, confianza y alguien capaz de reconocer sus capacidades incluso antes de que ellas mismas las descubran.
Pero esta dualidad también tiene un costo. Todavía existe una expectativa social contradictoria sobre las mujeres: se espera que sean excelentes profesionales, pero también madres presentes; que construyan empresas, pero que no descuiden sus hogares; que sean ambiciosas, pero que nunca parezcan demasiado ocupadas.
En ese sentido, sucede habitualmente que, cuando un hombre trabaja largas jornadas, muchas veces se habla de compromiso, pero cuando lo hace una mujer todavía puede aparecer la pregunta: “¿Y sus hijos?”.
Por eso, uno de los grandes desafíos del liderazgo femenino no debería ser demostrar que podemos hacerlo todo, sino aprender que no tenemos que hacerlo todo solas.
Es importante tener presente que delegar no nos hace malas madres, pedir ayuda no nos hace menos capaces y reconocer que estamos cansadas no disminuye nuestro liderazgo. Al contrario, nos hace humanas y nos permite construir equipos y familias donde la responsabilidad sea compartida.
También hay una enorme oportunidad en esta dualidad. Las mujeres que lideran mientras crían tienen la posibilidad de llevar al mundo empresarial aprendizajes que no siempre aparecen en los manuales de administración: la capacidad de negociar después de una noche difícil, la paciencia para explicar diez veces lo mismo, la intuición para detectar que alguien no está bien aunque diga que sí, la habilidad para resolver imprevistos y, sobre todo, la comprensión de que detrás de cada resultado hay una persona.
Incluso, me atrevo a decir que la maternidad puede transformar la manera en que entendemos el poder. Nos enseña que ejercer autoridad no significa controlar, sino orientar; que corregir también puede ser una forma de cuidar y que confiar en alguien puede convertirse en el impulso que necesita para crecer.
Y quizá allí está uno de los mayores aportes de las madres empresarias y líderes de organizaciones: humanizar el liderazgo.
Con lo anterior, no se trata de afirmar que las mujeres lideran mejor por ser madres, ni de convertir la maternidad en un requisito para ser una buena líder. Cada mujer elige su camino y cada historia es diferente.
Se trata de reconocer que, cuando una mujer ha vivido el desafío de formar a otro ser humano, muchas veces desarrolla una mirada distinta sobre el crecimiento, el fracaso, la paciencia y las segundas oportunidades.
En conclusión, considero que ser madre y empresaria no es una competencia entre dos mundos. Es, por el contrario, una conversación permanente entre ellos.
Y quizás el verdadero éxito no está en lograr que ninguno de los dos reclame nuestra atención, sino en construir una vida en la que ambos puedan coexistir sin que tengamos que pedir perdón por querer crecer.
Porque una mujer que lidera una empresa mientras acompaña el crecimiento de sus hijos no está simplemente ocupando dos roles. Está demostrando, con su propia historia, que liderar también es cuidar, que crecer también es acompañar y que el verdadero legado de una mujer no siempre se mide por el tamaño de la empresa que construyó, sino también por las personas que ayudó a crecer en el camino. Esto incluye a su familia y a cada una de las personas que están a su cargo.
María del Mar Torres Triana, propietaria y gerente Sede Cedritos de Dreams Kindergarten