En los espacios donde se trabaja por y para la primera infancia como lo son los jardines infantiles, ocurre algo que pocas veces se visibiliza con suficiente fuerza: detrás de cada proyecto educativo, de cada aula preparada con intención, de cada estrategia pensada para acompañar el desarrollo de un niño o una niña, suele haber una red de mujeres sosteniendo, creando y transformando.
Lo vemos todos los días. Está en la docente que llega antes que todos para organizar su salón; en la terapeuta que, además de intervenir con un niño, acompaña emocionalmente a una familia; en la coordinadora que escucha, orienta y contiene; y en las gerentes que, más allá de administrar una institución, tienen la responsabilidad de construir culturas de trabajo donde otras mujeres puedan crecer.
Sin embargo, aún persiste un discurso que parece repetirse casi como una sentencia: “Trabajar con mujeres es difícil”, “son muy emocionales”, “entre mujeres siempre hay competencia”. Son frases que se han instalado con tanta fuerza que muchas veces terminan condicionando la manera en que nos relacionamos profesionalmente.
Durante años se nos enseñó, de forma explícita o implícita, que los espacios compartidos entre mujeres eran escenarios de rivalidad. Pero basta mirar con atención lo que sucede en entornos reales de trabajo para comprobar que esa narrativa no solo es limitada, sino profundamente injusta.
En mi trabajo como líder en Dreams Kindergarten he visto otra realidad. He visto a una maestra recién llegada, insegura de su capacidad, transformarse cuando se le dice: “Confío en ti. Hazlo, yo te acompaño”. He visto cómo una profesional que inicialmente dudaba de asumir nuevos retos termina liderando procesos pedagógicos después de encontrar un espacio donde se le permitió aprender sin miedo al error.
También he visto cómo una conversación honesta entre colegas puede cambiar el rumbo de una jornada difícil, porque trabajar con niños y niñas exige sensibilidad, paciencia y una enorme carga emocional. En esos momentos, contar con otra mujer que escucha, orienta o simplemente recuerda que lo estás haciendo bien tiene un valor inmenso. Y eso también es liderazgo.
A veces se piensa que liderar consiste únicamente en tomar decisiones estratégicas, dirigir equipos o alcanzar indicadores. Pero, en escenarios como la educación inicial, liderar también significa detectar el potencial de otras mujeres, impulsarlo y crear las condiciones para que florezca.
Una mujer en un cargo directivo tiene la posibilidad de impactar mucho más que procesos administrativos o pedagógicos. Tiene la capacidad de transformar vidas.
Cuando una líder decide apostar por la formación de una docente, acompañar el crecimiento profesional de una terapeuta o brindar oportunidades reales de desarrollo, genera un efecto que trasciende lo laboral. Muchas veces fortalece la confianza de una mujer que luego llevará esa seguridad a su hogar, a sus hijos, a sus decisiones y a todos los espacios que habita. Ese es, finalmente, el verdadero poder de réplica del liderazgo femenino.
Lo más poderoso es que ese impacto se multiplica. La mujer que fue escuchada aprende a escuchar; la que recibió respaldo aprende a respaldar; la que encontró una puerta abierta entiende la importancia de abrirla para otras. Y cuando eso sucede en contextos de primera infancia, el alcance es aún mayor.
Los niños y niñas observan todo. Aprenden no solo de lo que se les enseña, sino también de lo que ven. Cuando crecen rodeados de mujeres que colaboran, se respetan, se reconocen y construyen juntas, interiorizan una forma distinta de relacionarse con el mundo.
Por eso necesitamos hablar menos de lo “difícil” que es trabajar entre mujeres y hablar más de lo extraordinario que puede suceder cuando elegimos hacerlo desde la sororidad. Porque cuando las mujeres se unen con propósito ocurre algo profundamente transformador: se genera confianza, nacen nuevas ideas, se construyen redes de apoyo y se crean entornos donde todas pueden avanzar.
Tal vez el verdadero liderazgo femenino no se mida por cuántas metas individuales se alcanzan, sino por cuántas mujeres lograron crecer a nuestro lado. Al final, una líder no deja huella por el cargo que ocupa, sino por los caminos que abre.
Y en un mundo que necesita referentes capaces de transformar desde el cuidado, la empatía y la colaboración, quizá la mayor responsabilidad que tenemos como mujeres líderes es esta: asegurarnos de que nuestro éxito nunca sea una puerta cerrada detrás de nosotras, sino una entrada abierta para todas las que vienen después.
María del Mar Torres Triana, propietaria y gerente de la sede Cedritos de Dreams Kindergarten
