OPINIÓN

Claudia Mesa Sierra

La sororidad que no se practica no existe

El crecimiento de más mujeres en posiciones de liderazgo ha puesto sobre la mesa una conversación incómoda: la solidaridad entre mujeres no puede darse por sentada. La verdadera sororidad exige generosidad, honestidad y la decisión consciente de no repetir los patrones que tantas veces se han cuestionado.
29 de mayo de 2026 a las 9:45 p. m.

Hay una palabra que hoy circula con fluidez en los discursos de liderazgo femenino, en los paneles de mujeres exitosas, en los perfiles de LinkedIn y en los eventos donde nos reunimos a celebrar cuánto hemos avanzado: sororidad. La pronunciamos con convicción, la aplaudimos, la tuiteamos y sin embargo, muchas mujeres saben, en silencio, que la han buscado y no la han encontrado.

No se trata de generalizar. Se trata de nombrar algo que cuesta decir en voz alta: El liderazgo femenino, cuando se ejerce desde el ego y no desde la generosidad, puede ser tan destructor como cualquier otro. Y algo más difícil aún: una mujer con poder también puede aislar, silenciar y desacreditar a otra.

La sororidad real no vive en los eventos de networking ni en la foto del panel. Vive en el momento incómodo en el que una mujer con experiencia le dice a otra, con honestidad y sin crueldad: “Esto no está bien encaminado, te lo digo porque me importa tu camino”. Vive también en la generosidad de mostrar el camino, no de guardarlo como ventaja competitiva. Vive en la capacidad de acompañar sin necesitar que la otra te deba algo a cambio.

Cuando la sororidad tiene condiciones, cuando solo funciona si estás de acuerdo, si sigues el guion, si no incómodas la narrativa de quien lidera el grupo, deja de ser sororidad y se convierte en una forma más sofisticada de control. Lo más doloroso no es el daño que hace a quien lo recibe; es que perpetúa exactamente aquello contra lo que decimos luchar.

Hemos crecido escuchando que la peor enemiga de una mujer es otra mujer. Me niego a aceptar eso como una verdad universal, pero me obliga a hacerme una pregunta más útil: ¿Por qué seguimos repitiendo los patrones que criticamos? ¿Por qué algunas mujeres que llegaron alto construyen muros en lugar de escaleras? La respuesta, quizás, es que el sistema que aprendimos a navegar nos enseñó que el poder es escaso, que hay pocos lugares en la mesa y que protegerlos requiere guardia permanente. Ese aprendizaje no desaparece por el solo hecho de ascender.

El verdadero liderazgo femenino no empieza en el título ni en el cargo. Empieza con la decisión consciente de no reproducir lo que nos lastimó; en reconocer que cuando destruyes el nombre de otra mujer, cuando la aislas porque no hace lo que esperas, cuando hablas mal de ella en los espacios donde debería sentirse segura, no estás liderando, estás repitiendo. Y las consecuencias de esa repetición no son abstractas: se destruyen familias, carreras, confianzas. Se destruyen mujeres que estaban aprendiendo a creer en sí mismas.

A esa mujer que hoy siente que no llegará porque alguien se encargó de cerrar puertas que debían estar abiertas, quiero decirle algo con claridad: llegarás. No porque el camino sea fácil, sino porque hay otras mujeres, muchas, que entienden la sororidad como una práctica y no como un discurso, que saben que su éxito no disminuye cuando otra también triunfa. Que han aprendido, a veces con dolor propio, que la conversación siempre es mejor que el silencio, que la retroalimentación honesta es un acto de respeto, y que acompañar a alguien en su crecimiento no quita nada.

La sororidad que necesitamos no es perfecta ni libre de tensiones. Implica conversaciones difíciles, desacuerdos que se dicen de frente y vínculos que se construyen fuera de la lógica del beneficio mutuo inmediato. Implica estar dispuestas a ser incómodas, a dar sin saber cuándo se devuelve, a extender la mano hacia quien aún no tiene el mismo piso.

Mientras eso no ocurra con más frecuencia y más intención, la sororidad seguirá siendo solo una palabra bonita que resiste bien en un título, pero que poco tiene que ver con lo que muchas mujeres viven cuando nadie está mirando.

Y si algo nos ha enseñado el camino es que lo que no se practica, no existe.

Claudia Mesa Sierra, managing director de CBA Board para Colombia