Hay momentos que nos recuerdan, de manera inesperada, lo frágil que puede ser la vida.

El terremoto del 10 de agosto dejó daños materiales, hogares afectados y familias enfrentando una nueva realidad, pero, sobre todo, dejó historias de quienes, en cuestión de segundos, vieron cambiar sus vidas.

Porque detrás de cada estadística hay una historia, una familia, un hogar, unos sueños, unos proyectos y una vida que, de un momento a otro, tuvo que detenerse para dar paso a algo mucho más urgente: estar a salvo.

El talento ya no busca un empleo: busca un propósito

Para algunas personas, la emergencia significó perder a sus seres queridos, sufrir daños materiales o perder temporalmente su hogar, sus espacios de trabajo o aquello que habían construido durante años. Pero existen impactos que no siempre aparecen en las cifras: el miedo de un niño, la angustia de una madre, la preocupación de unos padres o la incertidumbre de no saber cuándo volverá a sentirse seguro.

Y hay una sensación especialmente difícil de explicar: querer proteger a quienes amamos y, por unos instantes, no poder hacerlo. Esa sensación de impotencia que aparece cuando lo único que queremos es saber que nuestros seres queridos, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo y todas esas personas que hacen parte de nuestra vida están bien, pero no tenemos el control sobre lo que está ocurriendo.

Quizás por eso, en una emergencia, antes que colaboradores, líderes o profesionales, todos volvemos a ser simplemente personas. Personas que sentimos miedo, que nos preocupamos por los nuestros y que necesitamos saber que no estamos solos.

En estas últimas semanas, desde mi responsabilidad como líder de Talento Humano y Administrativa de una empresa líder en la zona más afectada por el terremoto, he tenido la oportunidad de estar más cerca de nuestros colaboradores y sus familias. He podido escucharlos, conocer sus historias y comprender, de primera mano, sus necesidades.

Esta experiencia me ha reafirmado una convicción que para nosotros siempre ha sido fundamental: detrás de cada colaborador hay una persona, una familia y una realidad que, como organización, debemos conocer, comprender, acompañar y apoyar.

También me ha permitido ratificar que, en una crisis, liderar significa algunas veces tomar decisiones rápidas y difíciles. Pero otras veces significa detenerse, sentarse al lado de alguien, escuchar sin tener necesariamente todas las respuestas y hacer una pregunta que parece sencilla, pero que puede significarlo todo:

¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? ¿Cómo está tu familia?

Porque acompañar no siempre significa tener la solución inmediata. A veces significa simplemente hacerle saber a alguien que no está solo.

En momentos de incertidumbre, las organizaciones no solo tenemos la responsabilidad de garantizar la continuidad del negocio. También tenemos que cuidar, estar presentes, escuchar y acompañar y, al mismo tiempo, tener la capacidad de tomar decisiones oportunas, responsables y ágiles que nos permitan seguir adelante.

Porque cuidar y garantizar la sostenibilidad del negocio no son caminos opuestos. Una organización fuerte es aquella que es capaz de cuidar a su gente mientras mantiene su capacidad de responder y cumplir su propósito.

Las crisis ponen a prueba nuestra capacidad de respuesta, pero también ponen a prueba nuestra cultura. Nos muestran quiénes somos cuando las circunstancias nos exigen actuar más allá de lo habitual.

Y es ahí donde entendemos que el cuidado no puede ser solamente una reacción frente a una emergencia. El verdadero cuidado se construye mucho antes de que llegue la crisis: en la cercanía de nuestros líderes, en nuestra capacidad de escuchar, en los canales que ponemos a disposición de nuestra gente y, sobre todo, en la certeza de que, cuando lleguen los momentos difíciles, nadie tendrá que afrontarlos solo.

Quizás una de las grandes lecciones de estas semanas es entender que la recuperación no termina cuando pasa la emergencia.

Reconstruir toma tiempo. Recuperar la tranquilidad toma tiempo. Volver a las rutinas toma tiempo.

Cada persona, cada familia y cada comunidad encuentra su propio ritmo para hacerlo. Por eso, acompañar también significa tener paciencia, entender que no todos necesitan lo mismo ni viven los procesos de la misma forma y mantener la cercanía cuando la urgencia ha pasado y comienza una etapa que puede ser incluso más desafiante: volver a empezar.

Como líder de Talento Humano, esta experiencia me deja una convicción aún más profunda: poner a las personas en el centro no puede ser un discurso. Tiene que reflejarse en la manera como decidimos, priorizamos y actuamos.

Las organizaciones hacemos parte del tejido empresarial y nuestra fortaleza no se mide únicamente por nuestros resultados, nuestra capacidad financiera o nuestra continuidad operativa. También se mide por la forma en que respondemos cuando nuestra gente más nos necesita.

En el Banco de Occidente sabemos que cuidar a nuestra gente también significa cuidar a sus familias. Porque cuando ayudamos a una persona a levantarse después de una situación difícil, también estamos contribuyendo, desde nuestro lugar, a que nuestro país pueda hacerlo.

El terremoto nos recordó que no podemos controlar cuándo llegan los momentos difíciles. Pero sí podemos decidir cómo respondemos ante ellos.

Podemos elegir la indiferencia o la empatía. La distancia o la cercanía. La reacción individual o la solidaridad colectiva.

Yo elijo creer en organizaciones que están presentes. Que escuchan antes de responder. Que actúan con responsabilidad, pero también con humanidad. Organizaciones que entienden que cuidar a las personas no es una iniciativa aislada ni una respuesta extraordinaria, sino una manera de liderar.

Porque, en determinados momentos, cuidar no significa hacer algo extraordinario.

A veces, cuidar simplemente significa estar.

Ángela María Ceballos Buitrago: Vicepresidente de Talento Humano y Administrativa del Banco de Occidente