Cuando el Círculo de Mujeres Semana Dinero me invitó a reflexionar sobre el camino hacia un legado multiempresarial, pensé que, para quienes no me conocen, debía contar desde dónde hablo. Soy diseñadora industrial y empresaria chilena. Durante más de 20 años he participado en empresas de diseño, tecnología y espacios colaborativos. También en el mundo gremial emprendedor. Vistas en conjunto, podrían parecer el resultado de un plan. La verdad es que ese plan nunca existió. Cada proyecto surgió de una inquietud y, casi siempre, del encuentro con personas que sabían hacer cosas que yo no.

Mi primera gran escuela fue Medular. Comenzamos fabricando muebles en Chile cuando muchos sostenían que producir localmente no tenía sentido y que era más fácil importar. Veinte años después, la empresa continúa diseñando y produciendo. Allí nació una convicción que me acompaña hasta hoy: antes de buscar talento afuera, debemos aprender a reconocer el que tenemos cerca.

Esa idea me llevó a asociarme con una empresa de tecnología, aunque no era ingeniera ni conocía en profundidad ese mundo. Lo que sí pude reconocer fue la capacidad de sus creadores y una ambición que compartíamos: hacer tecnología de alto nivel desde Chile. Nos equivocamos de producto más de una vez y vimos cómo algunas empresas locales preferían soluciones extranjeras. Eso nos obligó a demostrar que un desarrollo latinoamericano también podía competir globalmente.

Otra experiencia comenzó con el sueño de construir una ciudad para desarrollar talento. El modelo inicial fracasó. Probamos distintas fórmulas hasta descubrir que la viabilidad estaba en los espacios de trabajo compartidos. Así nació IF, que hoy reúne 13 edificios en Santiago de Chile y 4.500 miembros. La causa permaneció, pero la solución cambió por completo. Allí comprendí la diferencia entre perseverar y obstinarse: perseverar es mantenerse fiel al problema que queremos resolver, no a nuestra primera respuesta a ese problema.

“El éxito no es crecer solo, es abrir camino para otros”: Alejandra Mustakis

También hubo momentos en que se dudó de mí por ser mujer, diseñadora y no responder al perfil tradicional de quien dirigía una empresa o un gremio. Decidí que abrirme espacio no podía significar renunciar a una manera más empática y colaborativa de liderar. Ocupar un lugar no debería exigirnos parecernos a quienes estuvieron antes.

A una mujer que ya creó una empresa y quiere construir la siguiente le propondría tres preguntas: ¿Qué problema sigue sin resolver?, ¿qué talento necesita sumar? y ¿qué parte de su primera solución está dispuesta a cambiar? Esas respuestas importan más que una nueva idea brillante.

Agregaría una convicción: pensemos regionalmente desde el comienzo. Colombia, Chile, México o Perú no tienen por qué ser estaciones sucesivas; pueden formar parte del diseño original de una empresa.

Mi camino se construyó confiando en el talento local, asociándome con personas mejores que yo en otros campos y cambiando el modelo cuando la realidad lo exigía. Una empresa puede comenzar con una idea. El legado aparece cuando aprendemos a convertir esa idea en oportunidades para muchas otras personas.