Hablar de equidad de género desde el sector privado no puede reducirse a una declaración
aspiracional ni a una agenda reputacional. Para quienes ocupamos posiciones de liderazgo
corporativo, es una conversación de competitividad, productividad y sostenibilidad. También es una conversación profundamente humana: detrás de cada indicador hay mujeres que producen, venden, cuidan, lideran equipos, abren negocios, sostienen hogares y hacen posible que la economía funcione antes, durante y después de la jornada laboral.
Colombia ya no puede analizar su desarrollo sin mirar esta realidad. Según la Encuesta de Calidad de Vida 2024 del DANE, retomada por la Fundación WWB Colombia, cerca del 46 por ciento de los hogares, aproximadamente 8,5 millones, tienen jefatura femenina. En esos hogares viven alrededor de 24,6 millones de personas. Es decir, cuando una mujer avanza, no avanza sola: se mueve una familia, se fortalece una comunidad y se amplía la base real de bienestar colectivo.
Pero esa mayor responsabilidad económica convive con una desigualdad persistente en el uso del tiempo. La más reciente Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del DANE, para octubre de 2024 a marzo de 2025, muestra que el 90 por ciento de las mujeres participa en actividades de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, frente al 65,5 por ciento de los hombres. Además, las mujeres dedican en promedio 7 horas y 35 minutos diarios a estas labores, mientras los hombres destinan 3 horas y 12 minutos. Esta diferencia no es un asunto privado; es una limitación económica.
La llamada ‘pobreza de tiempo’ restringe las posibilidades de estudiar, descansar, emprender, acceder a mejores empleos o sostener trayectorias de crecimiento profesional.
La brecha también se refleja en el mercado laboral. En 2025, de acuerdo con el DANE, la tasa de desempleo de las mujeres fue de 11,4 por ciento, frente a 7,0 por ciento en los hombres; y la tasa de ocupación fue de 46,7 por ciento para mujeres, comparada con 71,4 por ciento para hombres. Estas cifras nos obligan a entender que la inclusión no consistente únicamente en abrir puertas de entrada: implica crear condiciones para que las mujeres puedan permanecer, crecer y competir en igualdad de oportunidades dentro de las organizaciones y en la economía popular.
Por eso, el liderazgo empresarial debe mirar más allá de los indicadores tradicionales de
representación. Importa cuántas mujeres llegan a cargos directivos, por supuesto, pero también importa quiénes están en las plantas, en los centros de distribución, en las tiendas de barrio, en las rutas, en los equipos operativos y en los oficios históricamente considerados masculinos.
Una empresa que comprende su cadena de valor entiende que la equidad no se decreta desde una oficina: se construye en los turnos, en las oportunidades de formación, en la seguridad, en la flexibilidad posible, en los criterios de promoción y en la confianza que se le da al talento femenino para ocupar espacios donde antes no era esperado.
En Coca-Cola FEMSA hemos aprendido que crear el futuro implica desafiar esos límites con
hechos concretos. Programas como Cinta Violeta han permitido que más de 700 mujeres ocupen cargos operativos tradicionalmente masculinos, bajo una premisa que, para mí, resume una forma de liderazgo: “Yo soy, yo puedo, yo hago”. No se trata de pedir permiso para participar, sino de demostrar capacidad, abrir camino y convertir cada oportunidad en una evidencia de que el talento no tiene género.
Sin embargo, esta conversación no puede quedarse dentro de las compañías. En Colombia, miles de tenderas sostienen la economía cotidiana de sus barrios y muchas recicladoras de oficio realizan un aporte esencial a la sostenibilidad urbana, aunque su trabajo todavía no reciba siempre el reconocimiento económico y social que merece.
Según cifras citadas por la Fundación WWB Colombia, las mujeres lideran el 35,5 por ciento de los micronegocios del país, pero sus ventas son cerca de 40 por ciento inferiores a las de los hombres. Una de las principales razones es que muchas operan desde sus hogares para conciliar el negocio con el cuidado de hijos, adultos mayores y otras responsabilidades familiares. No es falta de ambición; muchas veces es exceso de carga.
Cuando una empresa acompaña pequeños negocios, fortalece capacidades comerciales, impulsa educación financiera o reconoce la labor de las recicladoras, no está haciendo una acción periférica. Está invirtiendo en productividad territorial, en ingresos familiares, en resiliencia de la cadena de valor y en oportunidades reales de formalización. Por eso es tan importante seguir construyendo oportunidades junto a más de 15.000 propietarios y propietarias de pequeños negocios beneficiados por distintos proyectos, y seguir dignificando los oficios que conectan sostenibilidad, economía circular y desarrollo comunitario.
Mi convicción personal es sencilla, pero exigente: las mujeres no necesitan discursos que las idealicen; necesitan sistemas que no les cobren doble por avanzar. Necesitan empresas capaces de identificar barreras reales, medir avances, corregir sesgos y entender que el cuidado también es infraestructura para el crecimiento. La OCDE ha señalado que ampliar los servicios de cuidado infantil y de atención a personas mayores puede impulsar la participación femenina en la fuerza laboral formal. Esa recomendación debería leerse como una agenda económica, no solo social.
También creo, desde mi propia experiencia, que el liderazgo femenino debe ser visible sin perder autenticidad. Llegar a una posición de decisión no significa parecerse a modelos ajenos, sino ejercer con rigor, criterio, sensibilidad y carácter propio. Yo pude abrirme camino, y quiero que más jóvenes puedan hacerlo; no desde la excepción, sino desde una normalidad construida sobre oportunidades reales. Que una niña, una operaria, una tendera, una recicladora, una profesional joven o una madre cabeza de hogar puedan mirar el futuro sin sentir que debe escoger entre cuidar, trabajar, aprender o liderar.
Todavía tenemos mucho por aprender y corregir. Y justamente ahí está el desafío. Si queremos organizaciones más productivas, más innovadoras y más sostenibles, debemos reconocer que las mujeres no solo participan en la economía: la sostienen.
El crecimiento de Colombia también dependerá de nuestra capacidad para convertir ese
reconocimiento en decisiones empresariales, políticas públicas y culturas de trabajo que permitan que más mujeres puedan decir, con hechos y no con permiso: “Yo soy, yo puedo, yo hago”.
Johana Cerpa, vicepresidenta Legal y de Asuntos Corporativos de Coca Cola Femsa