Existe un renglón de la economía que sostiene al país, pero no suele aparecer en los reportes de estabilidad financiera o boletines macroeconómicos. Sin este renglón no se podrían desarrollar las demás actividades de la fuerza laboral: nadie habría preparado el desayuno, cuidado a los niños, atendido al abuelo enfermo, lavado la ropa o, en general, administrado un hogar para hacer posible que el resto de la sociedad funcione. Esa economía, la economía del cuidado, existe. Y su cara es, de manera abrumadora, la cara de una mujer.
Recientemente, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) publicó el Simulador de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado para el hogar y la comunidad, un sitio web que permite calcular el tiempo y el aporte de las personas a su hogar y al país con el trabajo de cuidado que realizan cotidianamente sin remuneración para, posteriormente, ver reflejado dicho aporte en un valor económico hipotético.
Por ejemplo, al marcar una hora (lo mínimo) en cada uno de los ítems evaluados: oficios del hogar, alimentación, ropa y calzado, compras y traslados, cuidado de menores de cinco años, cuidado a personas enfermas o con discapacidad y voluntariado, semanalmente esa persona debería recibir 58.333,31 pesos.
Aunque práctica en el cálculo, la herramienta ha generado debate. Cecilia López Montaño, economista, exministra de Agricultura y Desarrollo Rural, y una de las voces expertas sobre el tema, le pone el dedo en la llaga a ese simulador: “Dividir entre trabajo doméstico y cuidado es obsoleto. Eso se llama ‘economía del cuidado no remunerado’ y es lo que se realiza dentro del hogar sin remuneración. Eso demuestra que en Colombia el debate está atrasado”, dice.
Para López, el problema de fondo es que el cuidado no ha sido tratado como un sector económico con la misma seriedad que la salud o la educación, y eso tiene consecuencias. “En el país sigue la idea de que la mujer está para cuidar. Y el cuidado representa el 20 % del PIB. Para hacernos una idea, la agricultura aporta entre el 9 y el 10 %. Entonces, se está subestimando”, afirma.
Los datos también respaldan la importancia del cuidado no remunerado. Según la Encuesta Nacional de Uso de Tiempo del Dane, en promedio, las mujeres colombianas dedican 7 horas y 35 minutos diarios a este trabajo. Los hombres, 3 horas y 12 minutos. La diferencia es una brecha de 4 horas y 23 minutos cada día. Más del doble del tiempo, que se acumula sin pago y sin reconocimiento.
Por otro lado, cuando se suma el trabajo remunerado y no remunerado, la Cuenta Satélite de la Economía del Cuidado del Dane (promedio 2022 y 2023) muestra que el trabajo conjunto de las mujeres del país suma 13.657 millones de horas más al año que los hombres.
“Lo que queda explícito es la desigualdad de género en quién asume esa carga del trabajo del cuidado”, afirma Adriana Hurtado, directora del Centro de Estudios sobre el Desarrollo de la Universidad de los Andes, quien lleva años estudiando cómo se formó la política de género en Bogotá y cómo derivó en el Sistema Distrital de Cuidado.
Poner cifras es, sin lugar a dudas, el primer paso. La Cuenta Satélite de la Economía del Cuidado y la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del Dane reportó que si todo el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado se convirtiera en empleos de jornada completa, representaría el 47,2 por ciento del total del trabajo del país. Además, mientras los hombres concentran una mayor parte de su tiempo de trabajo en actividades remuneradas (55,6 por ciento), las mujeres solo pueden destinar el 34,4 por ciento a labores remuneradas.
Esta problemática no solo ocurre en Colombia. Según la Organización Internacional del Trabajo, cerca de 708 millones de mujeres en el mundo están fuera del mercado laboral por responsabilidades de cuidado no remunerado (cifra de 2025). Además de ello, el 45 por ciento de las mujeres fuera de la fuerza laboral cita el cuidado como razón principal de esta situación, frente un 5 por ciento de los hombres.
El cuidado: ¿un destino?
“Las mujeres han sostenido gratis a la sociedad”, dice Mía Perdomo, CEO y cofundadora de Aequales, consultora dedicada a cerrar las brechas de género y promover la diversidad en el ámbito laboral.
Esta discusión también permea el mundo corporativo. Según el Ranking Aequales 2025, solo el 16 por ciento de las empresas tienen guarderías en la oficina o convenios con ellas. Las llamadas buenas prácticas de cuidado, que reconocen la brecha de género, se concentran en salas de lactancia (66 por ciento) y home office según edad del bebé (58 por ciento), decisiones que normalmente responden más al cumplimiento normativo que a una redistribución real.
Tener empleo, en todo caso, no reduce la desigualdad: la duplica en forma de doble jornada. Los datos lo confirman: entre la población ocupada, según el Dane, las horas de trabajo conjunto que las colombianas aportan suman 8.070 millones de horas de cuidado no remunerado al año, frente a 4.843 millones de los hombres.
Ahora bien, esta desigualdad comienza desde mucho antes. Un análisis del Centro de Estudios Económicos de Colombia, titulado Trabajo doméstico y de cuidado no remunerado: una realidad de las niñas colombianas sobre trabajo doméstico y de cuidado en Colombia muestra que las niñas del país ya asumen esas cargas en la infancia, mucho antes de que exista una opción de hacerlo. El patrón se repite de generación en generación, invisible precisamente porque se ha confundido con la ‘naturaleza de ser mujer’.
Frente a esto, Perdomo describe el mensaje que el sistema envía desde el principio: “No es que el hombre era proveedor y la mujer era cuidadora, y estaban en igualdad de condiciones cada uno con sus tareas. Eso no es cierto: las tareas del cuidado siempre han estado en un lugar de jerarquía inferior a las tareas que tienen que ver con proveer y con ganar dinero”, argumenta.
Hacia la ejecución de una política pública
Desde 2023, Colombia cuenta con un Sistema Nacional de Cuidado creado mediante la Ley 2281 de 2023 (ley que creó el Ministerio de Igualdad, cuya continuidad se está debatiendo en el Congreso actualmente); desde 2024 comenzó su implementación a través de la Política Nacional de Cuidado.
“Por primera vez Colombia cuenta con una Política Pública del Cuidado que tiene en el centro a las personas cuidadoras y que creó más de 80 programas que se están implementando en el territorio para dignificar la vida de las cuidadoras”, dice Natalia Moreno Salamanca, directora de Cuidado del Ministerio de la Igualdad.
Los avances jurídicos son reales. El artículo 84 del Plan Nacional de Desarrollo reconoció el cuidado no remunerado como una actividad productiva dentro de la política rural. Además, la política gubernamental reconoció el cuidado como derecho fundamental y autónomo. Y, según afirma Moreno, el presidente Gustavo Petro firmará en los próximos días un decreto que crea la Comisión Intersectorial del Sistema Nacional de Cuidado.
El país tiene actualmente 12 sistemas locales de cuidado. Casos como las Manzanas del Cuidado de Bogotá (que con corte a septiembre de 2024 había atendido a más de 420.700 mujeres), los Círculos de Cuidado de Medellín (con los que más de 6.868 mujeres cuidadoras han accedido a los servicios de este sistema), y las Comunidades del Cuidado (proyecto que comenzó el fortalecimiento de 34 organizaciones comunitarias en territorios del Pacífico y el Caribe) muestran avances programáticos en el tema.
Pero los datos de seguimiento cuentan otra historia. De 95 acciones que debían reportarse en el primer corte de la Política Nacional de Cuidado, solo 56 fueron validadas, el 58,9 por ciento, según el Informe de Seguimiento 2025 -1 de la Política Nacional de Cuidado. “El primer reto que tenemos es mantener la institucionalidad. Sin dirección de cuidado, no hay quien coordine el sistema y le haga seguimiento a esta política”, concluye Moreno.
Hasta aquí se comprende la importancia del cuidado en el presente, pero el futuro del cuidado en Colombia es una cuenta regresiva. La población colombiana envejece y la tasa de fecundidad cae. En los próximos años, habrá más adultos mayores que necesitan cuidado y menos personas jóvenes, sobre todo menos mujeres jóvenes disponibles para absorber esa carga gratuitamente.
Si el 16, 4 por ciento de las mujeres ya hace cuidado de personas del hogar frente al 3,6 por ciento de los hombres, ¿qué ocurrirá cuando la demanda de cuidado aumente significativamente y la gratuidad del trabajo femenino no sea una opción?
Al respecto, López propone reconocer el cuidado como sector, pues, según dice, si el cuidado se reconoce como un sector económico, puede regularse, formalizarse, generar empleo y crecer para atender la demanda.
“El Estado solo no puede responder por todo el cuidado de la sociedad. Tiene que haber una participación del sector privado. El Estado tiene que saber cuánto asume para los sectores que no pueden defenderse, y tiene que estimular al sector del cuidado para que crezca”, afirma la exministra.
La tensión entre el modelo actual y el modelo que propone López no está resuelta. Pero hay un punto de convergencia: el modelo en el que las mujeres sostienen gratis casi la mitad del trabajo del país no es sostenible. No es justo y pronto tampoco será funcional.
El simulador del Dane sobre la economía del cuidado recuerda que es el momento de que, contra todo pronóstico, las sociedades reconozcan que las mujeres no son naturalmente cuidadoras y que el costo de esa condición lo han pagado en silencio y sin contrato, por años, con trabajo real y no remunerado. Ese trabajo, que hace posible que las sociedades funcionen, no debe ser gratuito, y mucho menos romantizado. Solo cuando se logre este cambio de paradigma también se ampliarán otras discusiones igual de importantes, como la del autocuidado.
