Una de las palabras de moda para describir el fenómeno que ha hecho que la sociedad cada vez este más fragmentada se llama polarización. Muchos la usan para describir de manera superficial todo lo que nos divide como sociedad y para contestar a las dudas históricas que día a día reviven en la coyuntura de la geopolítica.
Sin embargo, la geopolítica desborda esa idea. Es la suma de la historia y de los proyectos futuros, el ejercicio del poder, los intereses y las causas. Por encima de todo, configura un entorno en el que tradicionalmente “cash is king”, mientras con frecuencia se pasa por alto que la democracia se reinventa con cada generación y que, en la práctica, cerca de la mitad de la población mundial vive bajo regímenes que no son democráticos.
En un mundo en el que el promedio de edad de los líderes globales que representan a cerca del 70 % de la población supera los 73 años —con los BRICS como referencia—, mientras las sociedades que gobiernan apenas rondan los 30, la polarización puede leerse como la lucha de las generaciones por visibilizar sus perspectivas o puntos de vista sobre el modelo de país y de sociedad que se debe perseguir. De ahí, que hoy la polarización pueda entenderse como una consecuencia de una Gerontocracia que lleva décadas y en donde los ritmos, las expectativas y las batallas ganadas no logran encontrarse.
Al igual que en la política, esto ocurre con frecuencia en el mundo corporativo, en los gremios y en las instituciones que, durante la segunda mitad del siglo XX y el primer cuarto del siglo XXI, han decidido sobre el futuro de la humanidad, creando un vacío de confianza y acumulando expectativas incumplidas. Esto se evidencia en el cuestionamiento permanente a las formas y reglas establecidas, lo que deriva en tensiones cada vez más distantes e irreconciliables con el modelo político en el que queremos vivir.
La geopolítica, al igual que las familias, parece regirse por el conocido adagio de que “todo el mundo es liberal a los 20 y conservador a los 40”. Y de ahí en adelante, no tanto porque cambien las convicciones, sino porque, tras la mediana edad, muchas decisiones se toman desde la nostalgia del camino recorrido, mientras se reduce la ansiedad por el futuro, lo que genera aversión al riesgo y hace más difícil conectar con las nuevas generaciones.
Es por esto por lo que, en la geopolítica y en la creación de entornos, surge una “figura bisagra”, capaz de reconocer los avances y, a la vez, co-crear nuevos escenarios. Hoy, cuando por primera vez coinciden cinco generaciones en los gremios, la política, las empresas y la sociedad en general, los xennials —una microgeneración caracterizada por haber vivido una infancia analógica y una adultez digital— aparecen como una respuesta a la necesidad de gradualidad, de construir confianza entre generaciones y de aportar a las velocidades que el mundo está exigiendo.
Esta generación está llamada a liderar una tecnocracia de lo posible, sin borrar la historia, reconociendo que el mundo cambió y que se transforma cada vez con mayor velocidad, sin imponer techos de cristal a quienes vienen detrás y acompañándolos en el desarrollo de su potencial. Tal vez hoy vivimos en una gerontocracia porque quienes nos precedieron abrieron espacios, pero no impulsaron sucesiones exitosas, y su desconfianza frente a las nuevas generaciones les dificulta ceder protagonismo. Pero también es una incongruencia, porque esas mismas generaciones, gracias a ese camino previo, son más educadas, globalizadas, mejor informadas y portadoras de ideas que reclaman que el relevo generacional es necesario y que ahora la responsabilidad es construir desde otras orillas.
Cerrar la brecha de la polarización es una conversación intergeneracional, sin apasionamientos, sin querer tener la razón, sin querer convencer al otro, es un ejercicio de intentar construir con los derechos adquiridos y con los deberes que tenemos con las presentes y futuras generaciones, buscando siempre la manera de dejar un legado histórico que permita salir de la “patria boba” y fortalecer la democracia.
Ser parte de esta generación nos da el poder de tender puentes, de construir futuro sin olvidar el pasado, pero sin quedarnos a vivir en él, de reconocer visiones y tendencias. Cuando por primera vez la humanidad debe convivir con más de cinco generaciones, escuchar de forma consciente, aprender de manera constante y mantener un pie en la coyuntura y otro en el largo plazo se vuelve la única respuesta.
Vannessa Bautista Andrade es experta en Geopolítica y Asuntos Corporativos
