Había una mujer mayor en la fila. Llevaba un libro mío contra el pecho como quien sostiene una decisión. Cuando llegó a la mesa, me miró a los ojos —de esa manera honesta que tienen las personas que ya no tienen tiempo para máscaras— y me dijo: “Yo trabajé treinta años en una empresa de energía y nunca me atreví a escribir lo que vi. Usted lo hizo por mí”.
Firmé su ejemplar con la mano un poco temblorosa, no por nervios, sino por gratitud.
Esa escena, vivida en la Feria Internacional del Libro de Bogotá en abril pasado, resume una idea que llevo años intentando explicar: escribir no es un acto literario, es un acto de liderazgo. Y como todo liderazgo verdadero, comienza con la decisión de poner en palabras lo que muchos sienten pero pocos se atreven a nombrar.
Llegué a la FilBo con dos libros bajo el brazo y una certeza incómoda. Mi libro titulado Nacimos para ascender nació de mi convicción de que el crecimiento personal no es un lujo de coaches: es la materia prima del liderazgo. Energía, el riesgo invisible, mi primer libro, surgió de algo más urgente —y más solitario—: la conciencia de que el sector energético colombiano carga riesgos que no se ven en los balances, no se discuten en las juntas y, sin embargo, definen el futuro económico del país.
Dos libros aparentemente distantes. Una misma raíz: hacer visible lo invisible.
Durante días firmé ejemplares, conversé con lectores y escuché historias que ningún informe técnico podría capturar. Una joven ingeniera me confesó que dejó su empresa porque allí “nadie quería hablar del riesgo real”. Un empresario del sector industrial me dijo que llevaba años postergando la conversación sobre eficiencia energética con su junta directiva, “porque no sabía cómo nombrarla sin sonar alarmista”. Una estudiante de último semestre me preguntó, con una mezcla de timidez y rabia, si valía la pena dedicar su carrera a un sector que parece moverse con tanta lentitud.
A cada uno le respondí lo mismo: sí vale la pena, pero solo si te atreves a escribir tu propia versión del futuro.
Porque eso es lo que aprendí firmando libros en una feria: la página en blanco y la sala de junta directiva tienen más en común de lo que parece. Las dos exigen claridad. Las dos castigan la tibieza. Las dos premian al que se atreve a poner el dedo donde otros prefieren mirar hacia otro lado. Y las dos, cuando se enfrentan con honestidad, abren puertas que ningún currículum puede abrir.
Lo que planteo en Nacimos para ascender lo he visto decenas de veces en estos años: profesionales que se animan a tomar la silla incómoda, mujeres que asumen liderazgos donde antes solo pedían permiso, empresarios que entienden que crecer no es acumular cargos, sino expandir la responsabilidad por el impacto que se deja en otros. Ascender, en mi diccionario, no tiene que ver con la jerarquía. Tiene que ver con la altura desde la que uno decide mirar.
Y desde esa altura es imposible ignorar lo que cuento en Energía, el riesgo invisible. Colombia es un país que genera cerca del 68 por ciento de su electricidad con hidroeléctricas y, sin embargo, hablamos de sequías como si fueran sorpresas. Tenemos un potencial solar y eólico que envidia toda América Latina y, sin embargo, seguimos administrando la matriz energética con la mentalidad de hace tres décadas. Tenemos empresarios brillantes que toman decisiones de 2026 con información de 1995. Y mientras tanto, el riesgo —el verdadero, el invisible— se acumula bajo la mesa.
Liderar el sector energético colombiano hoy no es un asunto técnico. Es un asunto de coraje narrativo. De gerentes capaces de nombrar lo incómodo antes de que el mercado lo nombre por ellos. De juntas directivas dispuestas a escribir, también ellas, su propia versión del futuro.
Salí de la FilBo con menos libros y más convicciones. La principal: el país necesita más voces empresariales que se atrevan a escribir. No para publicar bestsellers, sino para dejar constancia, para incomodar, para iluminar. Para mostrarle a la siguiente generación —esa estudiante que me preguntó si valía la pena— que sí, que vale, que en este sector hay un país por liderar y una historia por escribir.
Por eso esta columna no termina en un punto. Termina en una invitación: a abrir nuestros corazones a escribir sobre nuestro impacto. A contar lo que hemos transformado, lo que hemos sostenido, lo que hemos arriesgado. No para presumir, sino para inspirar. Porque cada historia escrita con honestidad se convierte en permiso para alguien más que todavía no se atreve.
Si usted lidera, escriba. Si usted nació para ascender, ascienda con palabra. Si trabaja en el sector energético, no espere a que el riesgo deje de ser invisible para nombrarlo. Y si su corazón lleva años cargando una historia que el país necesita conocer, ábralo, escríbala y permítanos conocer su historia.
Alexa Oviedo, CEO de O3 Smarti Cities y autora de Nacimos para ascender y Energía, el riesgo invisible
