Este es el mes del maestro y, cada año, vuelvo a escribir recordando la importancia que este rol ha tenido para la sociedad. Pero hoy quiero hacer un llamado especial a los docentes y directivos docentes de este tiempo, especialmente a quienes aún siguen siendo maestros tradicionales y esperan que el sistema cambie para ellos cambiar.
Todos sabemos que el mundo ha avanzado a pasos agigantados, mientras la educación continúa, en muchos casos, anquilosada en el “dar clase”, en el horario establecido de una materia y en un contenido fijo que depende casi exclusivamente del conocimiento del maestro. En mi experiencia he tenido la oportunidad de liderar procesos educativos en instituciones oficiales y no oficiales, y en todos esos espacios he encontrado maestros inspiradores, innovadores, flexibles y comprometidos con la educación. Pero también he visto a quienes esperan que otros tomen decisiones por ellos, depositan todas sus esperanzas en lo que el sindicato logrará y terminan anteponiendo sus intereses personales a los de la educación.
Incluso, he escuchado maestros que me dicen abiertamente que prefieren trabajar en el sector oficial porque se trabaja menos, se exige menos y, en algunos casos, se paga más. Y eso, francamente, me duele.
Escribo esta columna para recordar que el rol del maestro cambió profundamente. El docente ya no es el centro de la clase ni del conocimiento. Hoy, en medio de un mundo dominado por la tecnología y la inteligencia artificial, el maestro debe convertirse en lo más humano de todo lo que rodea a sus estudiantes. Debe ser acompañante, inspirador y guía de proyectos de vida; alguien capaz de entender que, aun en medio de las dificultades, puede convertirse en un oasis y en una esperanza para sus alumnos.
Sí, entiendo que no es fácil. A veces la excusa es la falta de recursos; otras, la ausencia de políticas claras. Pero no puede ser que siempre exista una excusa para no transformarse.
Creo que es urgente que el maestro de hoy se haga preguntas pertinentes sobre su contexto; que lea, que sea crítico, que aprenda sobre inteligencia artificial y conozca el mundo digital. Pero, sobre todo, que cultive la competencia más importante de todas: la capacidad de ser un aprendiz permanente.
También necesita trabajar en su salud mental y en su autocuidado; valorar su familia para poder valorar la de sus estudiantes; ser coherente entre su estilo de vida y los valores que promueve en el ambiente escolar, y contribuir a construir entornos de autoridad, respeto y paz dentro de las instituciones educativas.
El maestro de hoy no es perfecto. Es humano y también tiene sus propias batallas. Por eso, quienes ejercemos roles directivos debemos trabajar constantemente para ofrecer condiciones que les permitan tener calidad de vida, bienestar, mejoramiento continuo y motivación para seguir adelante.
Cada vez es más difícil encontrar los perfiles de maestros que la educación necesita. Pero esa realidad también nos obliga a repensar qué significa ser un buen maestro. No necesariamente es el que más sabe de matemáticas, inglés o filosofía. Muchas veces es aquel que tiene metodologías que permiten que sus estudiantes aprendan a su ritmo; el que se deja permear por las tecnologías digitales; el que crea ambientes para el autoaprendizaje; el que respeta las diferencias y los tiempos de cada estudiante; el que acompaña a las familias y está en constante mejoramiento.
También es indispensable comprender que la manera de administrar las instituciones educativas debe transformarse para ofrecer contenidos pertinentes, capaces de impactar las decisiones futuras de los estudiantes y de motivarlos a construir un proyecto de vida basado en dos pilares fundamentales para la sostenibilidad de nuestro país: el aprendizaje y el trabajo.
Para lograrlo, los maestros necesitan fortalecer sus competencias, flexibilizar su visión sobre los ambientes de aprendizaje y reconocer que hoy los estudiantes pueden aprender desde cualquier lugar, y que incluso la ciudad puede convertirse en un escenario para avanzar en el conocimiento.
Ser un maestro inspirador es un rol que no será reemplazado. El que sí corre el riesgo de ser desplazado por la inteligencia artificial es aquel cuya labor se limita únicamente a transmitir contenidos, dictar clases y repetir información.
Nadie puede competir con el volumen de información que existe hoy en el mundo. Lo que sí podemos hacer —y lo que más necesitamos— es aprender a ser más humanos.
Gloria Figueroa Ortiz, directora general, Organización San José de Las Vegas
