Hace poco tuve la oportunidad de observar de cerca la cultura japonesa y, como profesora de empresas familiares, esta experiencia me llevó a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿qué hace que una empresa pueda perdurar durante generaciones sin perder su esencia y, al mismo tiempo, adaptarse a un mundo en constante transformación?

Japón ofrece lecciones valiosas. Sus empresas centenarias permiten comprender que la longevidad no depende únicamente de conservar una tradición, sino de transmitir conocimientos, fortalecer valores y encontrar nuevas formas de crear valor a lo largo del tiempo.

Japón cuenta con más de 30.000 empresas centenarias y algunas superan el milenio. Kongō Gumi, constructora de templos fundada en el año 578, permaneció durante cerca de 1.400 años bajo el liderazgo de una misma familia. El hotel termal Nishiyama Onsen Keiunkan, abierto en el 705, supera las cincuenta generaciones, y la posada Hōshi Ryokan, del 718, sigue en manos de los descendientes de su fundador. Más que antigüedad, estas casas enseñan método.

La conexión intergeneracional: el reto de las empresas familiares

La primera lección es que el legado representa una responsabilidad, no un privilegio. Recibir una empresa familiar no significa solamente heredar acciones, activos o un apellido. Implica asumir el compromiso de cuidarla, fortalecerla y transmitirla a quienes vendrán después. La pertenencia familiar puede abrir la puerta, pero la preparación, la capacidad de liderazgo y la confianza de los demás permiten construir legitimidad.

Una segunda enseñanza es que la tradición debe convivir con la innovación. Las empresas que perduran no necesariamente son las que permanecen iguales, sino aquellas que distinguen entre los valores que deben preservar y las prácticas que necesitan transformar. Mantener viva la esencia exige tener la capacidad de cambiar.

Esta capacidad de adaptación también depende de cómo se prepara el futuro de la organización. Por eso, una tercera lección es que la sucesión comienza mucho antes de entregar el liderazgo. No basta con designar a un familiar como sucesor. Es necesario prepararlo para conocer el negocio, comprender sus desafíos, aprender de la experiencia acumulada y desarrollar las competencias necesarias para tomar decisiones. La siguiente generación debe ganarse el respeto de sus colaboradores y construir su propia legitimidad.

A lo anterior se suma la necesidad de construir confianza y establecer reglas claras. La coherencia entre los valores y las decisiones fortalece la reputación de la empresa. A su vez, profesionalizar la gestión, definir responsabilidades y fortalecer los órganos de gobierno permite proteger tanto a la familia como al negocio. El afecto une a la familia; las buenas prácticas de gobierno contribuyen a asegurar su continuidad.

Hay otro elemento que no puede quedar por fuera: el conocimiento. Las experiencias y los aprendizajes de los fundadores deben transmitirse para que el futuro de la organización no dependa exclusivamente de quienes la crearon.

Estas reflexiones son especialmente relevantes para Colombia. No se trata de copiar el modelo japonés, sino de comprender el valor de su mirada de largo plazo. La continuidad empresarial requiere preparación, confianza, reglas claras y una visión compartida del futuro.

El verdadero legado de una generación no se mide únicamente por la empresa que construye, sino por la capacidad que deja instalada para que las siguientes puedan cuidarla, transformarla y llevarla más lejos.

La pregunta para nuestras familias empresarias es: ¿Qué estamos construyendo hoy para que nuestras empresas sigan siendo relevantes dentro de cien años?

María Piedad López Vergara, profesora del Departamento de Dirección General de Inalde Business School