Hay una escena que veo con frecuencia en Divino Wine Bar: una mesa pide una recomendación, quieren una botella especial. Hablamos de países, cepas, y presupuestos; finalmente eligen un vino, lo disfrutan, se acaba la botella y todos quedan contentos.
Hasta ahí, nada extraordinario. Lo curioso es que cuando la botella se acaba, les pregunto qué les gustó del vino y la respuesta suele ser: muy rico, estructurado, elegante, con cuerpo.
Y entonces es cuando me pregunto: ¿cuándo empezamos a buscar vinos que no nos desafían en nada?
Durante años, el mundo del vino trabajó para resolver muchos de sus problemas. La tecnología mejoró, los productores aprendieron más sobre sus viñedos, las bodegas se modernizaron y el conocimiento se volvió más accesible. El resultado ha sido extraordinario; nunca había sido tan fácil encontrar una buena botella. Hace apenas unas décadas era normal encontrarse con vinos desequilibrados, defectuosos o simplemente mal hechos. Hoy son cada vez más escasos. La calidad promedio ha subido de manera impresionante.
Eso debería ser una gran noticia y lo es.
Pero también siento que en el afán de hacer vinos mejores, terminamos haciendo vinos más parecidos, fruta madura, equilibrio, suavidad, redondez, lo que hace que una copa guste rápidamente y menos de aquello que la hace inolvidable.
Lo veo permanentemente. Clientes que llegan buscando algo diferente y terminan escogiendo lo mismo, lo que conocen, restaurantes con cartas enormes, pero los vinos más vendidos son de perfiles similares, productores que empiezan a elaborar vinos que respondan a un mercado, críticos que terminan premiando ciertas características y no es una crítica, es la lógica de un negocio.
Hace poco me invitaron a una cata con vinos de países distintos, había botellas de Argentina, España, Chile y California, todos estaban magníficamente elaborados, tenían buena estructura, fruta bien definida y precisión. Eran vinos que cualquier consumidor habría disfrutado sin dificultad.
Pero al terminar me encontré haciéndome una pregunta incómoda: si me hubieran quitado las etiquetas, ¿habría reconocido con claridad de dónde venía cada uno?
Porque el vino nació precisamente para expresar diferencias de clima, de suelo, de cultura, de tradición, de interpretación.
Hoy todos pueden estar extraordinariamente bien elaborados. La pregunta ya no es si son buenos, la pregunta es si siguen contando historias distintas.
Y esa, sospecho, será una de las grandes conversaciones del vino en los próximos años.
La verdadera discusión será cómo seguir haciendo vinos diferentes, cómo preservar la identidad de los lugares, cómo evitar que la búsqueda legítima de calidad termine borrando los matices que hacen único a cada origen.
Porque el vino es una de las pocas bebidas en las que todavía importa profundamente de dónde viene, importa el clima, importa el suelo, importa la cosecha e importa la mano de quien lo hizo. Sería una lástima que, en la búsqueda de la perfección, termináramos sacrificando aquello que hizo grande al vino desde el principio: su capacidad de saber a un lugar y no a una fórmula.
Porque al final, cuando abrimos una botella, no estamos buscando solamente que sea buena, también queremos que nos cuente una historia, que no podría haber sido escrita en ninguna otra parte.
Fadia Badrán, fundadora y CEO de Grupo Madero