La vida es una historia que escribimos permanentemente. Sin embargo, nos cuesta salir de la narrativa clásica de inicio, nudo y desenlace. Parecemos seguir un guion preestablecido de rutinas para que todo ocurra dentro de un orden simple y predecible.

En especial, a las mujeres nos gusta sentir que tenemos todas las tareas chequeadas y hasta los imprevistos contemplados. Somos poco dadas a la improvisación porque implica incertidumbre y la incertidumbre, muchas veces, nos quiebra por dentro.

Hay palabras y lugares que se convierten en tabúes que llevamos tatuados en la piel. Hoy quiero hablar del placer, pero no de ese placer que se ha asociado con la lujuria o con la búsqueda vacía de satisfacción. Visto desde una perspectiva más amplia, el placer es una forma de conectarnos con la vida desde la presencia, el gozo y, por qué no, la gratitud. Es como ponernos un traje liviano, uno que no aprieta y nos permite movernos con mayor fluidez.

El miedo de revelar que hemos vivido

A lo largo de los años he aprendido a ver la vida como una obra de arte. Podemos construir nuestros días de manera artesanal, incluso dentro de la rutina. Y eso depende de nosotros. No necesitamos un libro de autoayuda para comprender que solo tenemos una vida y que no es eterna.

Ese llamado debería encontrarnos cuando estamos bien, para transformar el bienestar en un mayor deleite, y no únicamente cuando enfermamos o perdemos la posibilidad de hacer todo aquello que hubiéramos querido. Es entonces cuando recordamos esa lista de deseos que fuimos abandonando para cumplir tareas inmediatas que nos roban el aliento y, a largo plazo, drenan silenciosamente nuestro propósito.

Pensando precisamente en el placer como un conductor energético de la felicidad, me senté a escribir una lista de pequeños placeres. Son simples, pero me llegan al alma: el primer sorbo de café en la mañana, escribir en un café, salir con un amigo, contemplar un atardecer en el mar, escuchar música a todo volumen cuando voy sola en el carro, tomar una copa de vino después de un día devastador, ver una película en la cama o comprar esa blusa que tanto he deseado.

Todos ellos pertenecen a ese universo de placer femenino que he aprendido a cultivar, preservar y proteger sin culpa.

La culpa, esa gran enemiga de la felicidad y el bienestar, siempre aparece para amargarnos la fiesta. Es esa voz que nos acusa de ser egoístas o que cuestiona cada pequeña decisión que tomamos para darnos gusto y sentirnos bien. Darle valor a lo simple y disfrutar de la vida son poderosos antídotos contra el remordimiento y el miedo.

Ahora intento escuchar únicamente esa voz de niña que me pide regresar a las pequeñas libertades que me hacen bien. Amia Srinivasan, filósofa y ensayista británica, afirma: “No siempre escuchamos el deseo; a veces escuchamos una fuerza política que nos dice qué no deberíamos desear”.

La pregunta, entonces, es: ¿Sabemos realmente qué deseamos? ¿O deseamos aquello que la sociedad espera de nosotras?

Yo he aprendido a escuchar la voz inquieta de mi intuición, esa que me invita a vivir, a divertirme, a fluir y, algunas veces, a pensar menos. Las cargas se alivianan cuando nos reconciliamos con el deseo y el placer, cuando los convocamos en aquellos espacios de la vida que son valiosos para nuestra intimidad y nuestros sueños.

Es una especie de alquimia que espera ser activada. De repente, aprendemos a disfrutar con mayor intención las cosas más simples, esas que nos pertenecen y que nadie puede disfrutar por nosotras.

Mientras escribo esta columna, saboreo mi cappuccino favorito y me entrego al placer de inspirarme, acompañada por personas que, en otras mesas, conversan sobre la vida.

¿Alguna vez han hecho su propio inventario de pequeños placeres?

Háganlo. Puede que allí descubran no solo lo que les gusta, sino también la vida que verdaderamente desean vivir.

Natalia Zuleta Triana, presidente Junta Directiva y directora de Estrategia y Desarrollo Corporativo