OPINIÓN

Natalia Zuleta

El miedo de revelar que hemos vivido

En esta columna, una reflexión sobre la presión cultural por ocultar el paso del tiempo y reivindica la belleza de un rostro que conserve las huellas de la vida, las experiencias y la verdad de quien lo habita.
3 de agosto de 2026 a las 7:45 p. m.

Hace unos días me detuve frente a una caricatura en Instagram. No tenía más que una jeringa acercándose al rostro de una mujer y una frase: “Que parezca que no he vivido”.

Me quedé mirándola durante varios minutos. No porque hablara de procedimientos estéticos, sino porque, para mí, resume una de las mayores contradicciones de nuestro tiempo. ¿En qué momento empezamos a desear que nuestros rostros no contaran nuestra historia?

Confieso que esa frase tocó un lugar muy profundo en mí. No porque me sea ajeno el deseo de verme bien. Al contrario. Soy vanidosa, me gusta cuidarme, hacer ejercicio y sentirme bonita. Pero también sé que, algunas mañanas, cuando me miro al espejo, aparece ese temor oculto que compartimos muchas mujeres: el miedo a envejecer, a perder la juventud y, con ella, la sensación de perder también nuestra valía.

La experiencia: el activo que estamos subestimando

Vivimos en una época en la que la imagen nunca había ocupado tanto espacio. Las redes sociales nos muestran rostros impecables, cuerpos aparentemente perfectos y vidas cuidadosamente editadas. Sabemos que muchas de esas imágenes están filtradas, retocadas o construidas. Sin embargo, seguimos comparándonos con ellas. Es una trampa de la que resulta difícil escapar cuando está al alcance de la mano.

La escritora Susan Sontag advertía hace décadas que las mujeres vivimos bajo un doble estándar frente al envejecimiento: mientras a los hombres se les permite envejecer como una señal de experiencia o carácter, a nosotras se nos exige conservar una juventud permanente. Tal vez por eso seguimos luchando contra el tiempo, como si las huellas de la vida fueran un defecto que hubiera que corregir.

Y, sin embargo, ¿qué otra cosa son esas huellas sino la evidencia de que hemos vivido?

Cada mañana, cuando me descubro frente al espejo, no veo solamente un rostro. Veo una historia. Es algo que he elegido hacer desde que me comprometí con cultivar mi espiritualidad. Las cicatrices de mi cuerpo hablan de mi maternidad y de heridas que ya sanaron. Mis tatuajes guardan recuerdos y declaraciones que me conectan con mis creencias. Las líneas que empiezan a dibujarse en mi piel son también el mapa de las risas, las preocupaciones, las noches en vela, los aprendizajes y las pérdidas que me hicieron quien soy.

Claro que también veo mis inseguridades. Sería deshonesto decir lo contrario. Yo también quisiera, algunas veces, detener el reloj. Pero cada vez estoy más convencida de que una cosa es cuidarnos y otra muy distinta borrar nuestra biografía.

Lo que me preocupa no son los procedimientos estéticos. Cada mujer tiene derecho a decidir sobre su cuerpo. Lo que me inquieta es la conversación cultural que parece decirnos que envejecer es fracasar y que la única versión aceptable de nosotras es aquella que aparenta no haber atravesado el tiempo.

Mientras algunas niñas empiezan rutinas de cuidado facial antes de cumplir diez años, muchas mujeres adultas intentan recuperar la apariencia de una juventud que ya cumplió su propósito. Unas quieren crecer demasiado rápido. Otras hacen todo lo posible por no hacerlo nunca. En medio de esos extremos, pareciera que olvidamos habitar con serenidad la etapa de la vida que realmente nos corresponde.

Nos cuesta aceptar que el paso del tiempo nos muestra una versión diferente de nosotras mismas.

Para mí, la madurez también tiene una belleza propia, una que nace de la sabiduría interior construida a lo largo de los años. Es la belleza de quien ha amado, ha perdido y ha vuelto a empezar. La de quien ya no necesita demostrar tanto porque ha aprendido a conocerse.

Hace poco leí otra frase de Susan Sontag que parecía responder directamente a aquella caricatura: “Las mujeres deberían permitir que sus rostros muestren las vidas que han vivido. Las mujeres deberían decir la verdad”.

Me gustó pensar que nuestros rostros, con sus marcas y su belleza, también dicen la verdad. La verdad de nuestras luchas, de nuestras alegrías y de todo aquello que sobrevivimos para llegar hasta aquí. Esa es una verdad hermosa. Porque la forma en que miramos nuestro rostro termina siendo también la forma en que miramos nuestra vida. Y yo quiero que parezca que sí he vivido.

Natalia Zuleta, presidente Junta Directiva Gimnasio Fontana